lunes, 30 de mayo de 2016

ROBIN: EL HIJO DE BATMAN, VOLUMEN UNO

Aderezada con un tono de aventura exótica y paisajes y personajes de fantasía que refuerza su argumento, es una estimulante propuesta de cómic-cómic, tebeo-tebeo, viñeta con vocación de viñeta. Es agradable tropezarse con un producto de cómic que no intenta ser otra cosa, sino simplemente entretenimiento edificado a partes iguales sobre la base de lo conocido -el personaje del nuevo Robin, el hijo de Batman, el nieto de Ra´s al Ghul-, que para ser sincero siempre me ha parecido más interesante como personaje al borde de la locura paranoide y el gamberrismo atroz que sus predecesores en la mitología de Batman. El personaje de Robin tradicional, como el de Bucky en el Capitán América, el de Crispín en las aventuras del Capitán Trueno, el de Pedrín con Roberto Alcázar, y tantos otros similares, siempre me han parecido una castaña, un lastre que restaba credibilidad al personaje principal. Eso me ha pasado incluso cuando leía estos cómics en la infancia. Por eso pienso que frente a esa fórmula tradicional del Robin de turno, esta otra versión medio psicópata e imprevisible del personaje, por improbable y fantástica que resulte, es un soplo de aire fresco que aplaudo. 
El niñato gamberro que intenta orientarse en el laberinto de psicopatías que lo adornan y persiguen, criado para ser un asesino, tiene todo aquello que le faltaba a sus predecesores para ser algo más que un adorno secundario tras la alargada sombra del héroe. Funde todo el tópico a patadas y se busca en este tomo su propio mundo, su propio paisaje aventurero disparatado. De paso, nos da otra lección sobre por qué el niño-Annakin de George Lucas en La amenaza fantasma es un personaje francamente defectuoso. Este otro crío, este Robin encabronado y a su manera atroz, es mucho más divertido, y desde esa autodefinición paródica afincada en el puro disparate, resulta mucho más interesante y creíble que el relamido Annakin de Star Wars y mucho más entretenido que sus también relamidos antecesores en la mitología del Hombre Murciélago. 
Definitivamente me quedo con este cabezón gamberro, en el que, no obstante, sigue brillando una chispa de inocencia que pienso se traslada al lector desde la oportunidad de retomar lo más ingenuo y trepidante que tiene el género de aventuras. 
 

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