domingo, 22 de noviembre de 2015

PIRATERÍA EN LA ANTIGÜEDAD


He acabado las lecturas del domingo con el muy interesante libro Piratería en la Antigüedad.
Un par de horas de lectura de historia cada día no les vendría nada mal a algunos guionistas. 
Henry A. Ormerod escribió este libro como recopilación de sus conclusiones sobre un tema que le apasionaba, y hoy, como afirma Luis Alberto De Cuenca en el prólogo de la edición española, Piratería en la antigüedad es “el más importante ensayo que se ha llevado a cabo sobre la piratería en esa estapa”. Es cierto. Pero lo más interesante es que las informaciones, reflexiones, pistas y conclusiones que el autor hiciera sobre lo que ocurría en los mares Egeo y Mediterráneo entre los siglos VI y III a.C. resulta muy interesante como reflexión para los acontecimientos posteriores que afectan a nuestra propia actualidad. Algunos de los elementos definitorios de la piratería en esa época bien pueden aplicarse sin muchas componendas o adaptación a la piratería somalí que ha copado las páginas de nuestros medios de comunicación en fecha reciente, e incluso a otros temas de terrorismo internacional que aquejan nuestra actualidad.

Así que al final todo depende de cuánta intención de extrapolación le pongamos a la lectura, pero resulta sin duda esclarecedora sobre cómo se crean este tipo de conductas ajenas a la legalidad vigente, marginadas del sistema de derecho internacional, alimentadas por la pobreza, el hambre, la guerra y los intereses de los poderosos de uno y otro lado.

Un ejemplo de a lo que me refiero lo encontramos en un párrafo que Ormerod dedica a una etapa de la piratería en la Roma republicana: “El crimen de Roma no fue solo la negligencia y la no adopción de una ordenada vigilancia de las aguas. Los piratas lograron adquirir su propio lugar en el sistema económico, y la creciente demanda de esclavos procedentes de Italia no fue una causa menos de la prosperidad alcanzada y de la tolerancia de que disfrutaron por parte del gobierno. Actuando como ordinarios mercaderes de esclavos, frecuentaron el puerto de Delos, donde sabemos que a diario decenas de miles de esclavos cambiaban de dueño y que eran precisamente los piratas y recaudadores de impuestos los principales proveedores del mercado. El carácter depredador de estos últimos podía competir fácilmente con el de los piratas, hasta el punto de que cuando se pidió un contingente a Nicomedes de Bitinia en la época de las guerras cimbrias, este contestó que la mayoría de sus súbditos había caído en manos de los recaudadores y se hallaba por entonces en la esclavitud. Como resultado de esa competencia entre piratas y recaudadores de impuestos, no cabe duda que los habitantes de estas provincias y sus estados clientes trataron de evitar los estragos de unos acatando las reglas de los otros, situación que poco podía perjudicar a las comunidades piráticas. Su número se vio aumentado por la incorporación de nuevos hombres procedentes de todos los países, y especialmente de sus vecinos levantinos. No sólo se unieron a ellos nuevos individuos, sino que ante la falta de protección ofrecida por el gobierno romano, las mismas ciudades integraron abiertas alianzas con los piratas”.

            ¿Les suena?

            A ver si también les suena esto otro a algo relacionado con nuestra más rabiosa actualidad: cuando Roma tomó medidas y atacó a los piratas cilicios, éstos se aliaron con Mitrídates, en una alianza que recordaba la de los piratas berberiscos con el sultán de Turquía en el siglo XVI. Así, los almirantes turcos, hasta la batalla de Lepanto, se formaron como piratas en la costa berberisca, lo mismo que ocurría con los almirantes de Mitrídates, formados con los piratas cilicios o piratas ellos mismos. Al inicio de la tercera guerra mitridática, Mitrídates contaba con una marina algo más mermada que en conflictos anteriores, a pesar de lo cual reunió 400 trirremes y un número considerable de naves de 50 remos y embarcaciones más ligeras que en su mayor parte eran barcos piratas.

            Afirma Ormerod otra cosa que puede aplicarse también a cómo entienden algunos las cosas en nuestro propio tiempo:”El saqueo de los vecinos era para los primitivos habitantes de la zona mediterránea una forma de industria permitida y fomentada por la comunidad en tanto que las víctimas fueran gentes de otras tribus”.

            El propio Aristóteles escribía: “Desde cierto punto de vista, el arte de la guerra es un arte natural de apropiación”. Un cachondo, Aristóteles.

            Eso por no hablar de la denominada “acción vindicativa personal” como justificación para lo que esgrimía Demóstenes en su discurso contra Aristócrates, cierta ley que contemplaba que si cualquier ciudadano ateniense recibía una muerte violenta en un estado extranjero, los parientes del fallecido tendrían legitimidad para disponer de las vidas de las personas de no más de tres ciudadanos del estado en cuestión hasta que éste se comprometiera a juzgar al culpable o el propio culpable se entregara a la justicia para recibir su castigo. O el caso del mesenio Euaephnos, que al no conseguir que las autoridades espartanas enjuiciaran al asesino de su hijo, se propuso acabar con cuantos ciudadanos de Esparta cayeran en sus manos.

            Por cierto, después de leer este libro he confirmado una vez más que entre Julio César y Pompeyo, me cae mejor el segundo. Detalle anecdótico significativo: capturado por los piratas, César se agarró un ataque de ego herido de tres pares de narices cuando solo pidieron por su rescate 20 talentos, y les convenció de que él valía más, hasta conseguir que pidieran 50 talentos. Frente a eso, Pompeyo, nombrado procónsul durante 3 años para combatir el problema piratesco con 120.000 hombres, veinte legiones y 400 jinetes, y acabó con la piratería en un tiempo récord, con una estrategia brillante no sólo para combatir a las comunidades piráticas, sino para solucionar algunos de los problemas de base que las generaban. 

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