jueves, 22 de octubre de 2015

LEER EN EL RETRETE, de Henry Miller

Tal y como recuerda la solapa del libro Leer en el retrete, su primera obra, Trópico de Cáncer, no se publicó hasta 1934 y fue prohibida por la Corte Suprema de Estados Unidos alegando que su contenido era obsceno. 
¡Hay que ver cómo sufre la credibilidad de la democracia cuando la casan con la censura!
Obsceno. 
Hasta 1964, la Corte Suprema de Estados Unidos no anuló la sentencia por obscenidad de sus libros. 
Era Henry Miller, un escritor al que dediqué unas cuantas horas de gozosa lectura cuando era más joven, en mi época postadolescente y cuando estudiaba periodismo, además de buscarme a mí mismo leyendo entre líneas de sus libros y de los libros de Charles Bukowski. 
Por eso me hizo ilusión descubrir el otro día en la biblioteca este libro de título muy prometedor: Leer en el retrete. 
Confieso que nunca he practicado tal deporte, y después de leer el libro, me alegra mucho haber renunciado al mismo, no por pudibundez, escrúpulos u otras zarandajas parecidas, sino simplemente porque se me ocurren mejores sitios en los que meterme a leer. 
Miller utiliza el retretismo lector para atacar los convencionalismos como siempre hizo en su obra. Es mero pretexto por tanto lo de leer o no leer en el retrete para que el demoledor Miller embista contra las memeces de nuestra sociedad, que según he podido confirmar una vez más leyendo este libro, siempre son las mismas y siempre están de moda. 
Miller apunta que él prefiere leer en un bosque. Pues miren ustedes, eso sí que lo he hecho, o algo parecido. En el parque del Retiro de Madrid, sentado en un banco  para aprovechar una hora libre entre clases. O el pasado martes, con el paraguas abierto, resguardado de una lluvia ligera, en un banco de madera sin respaldo, pero devorando un bocata de jamón y libando parsimoniosamente de una lata de cerveza, justo enfrente de la Puerta de Alcalá, localización privilegiada para leer un par de capítulos de un libro sobre la caída de los imperios en la Edad del Bronce. 
Es un buen sitio para leer, y para demostrar que puedes estar rodeado de gente y de ruido, de autobuses que suben y bajan, y no por eso dejas de zambullirte en el libro que tienes entre las manos. 
No se me ocurre mejor prueba de la magia de la letura, que es de algún modo un tema que también aborda Miller en este libro, aunque a modo de subtrama, porque lo que persigue es embestir contra otro tipo de cosas. 
Por eso en uno de sus párrafos apunta: "Hay, los ha habido siempre, algunos escasos individuos que ya no necesitan ningún libro, ni siquiera el libro "sagrado". Y son precisamente los sabios, los despiertos. Saben perfectamente qué está pasando en el mundo. No contemplan la vida como un problema o un suplicio, sino como un privilegio y una bendición. No pretenden llenarse de conocimiento, sino de sabiduría. No los mueve el miedo, la ansiedad, la ambición, la envidia, la codicia, el odio ni la rivalidad. Están profundamente inmiscuidos en el mundo, y al mismo tiempo alejados de él. Disfrutan de cuanto hacen porque participan de modo directo. No tienen ninguna necesidad de leer libros sagrados, ni de actuar con santidad, porque su percepción de la vida -y de sí mismos- es íntegra y, en consecuencia, todo les resulta íntegro y sagrado".  
En su texto sobre el asunto, Miller reflexiona: "Ahora leemos, según mi opinión, principalmente por las siguientes razones: una, alejarnos de nosotros mismos; dos, armarnos contra peligros reales o imaginarios; tres, mantenernos al nivel de nuestros vecinos o impresionarlos, que lo mismo es; cuatro, para saber qué está pasando en el mundo; cinco, para pasarlo bien, es decir, pra obtener un estímulo que nos permita una actividad mayor y más elevada y una existencia más rica (...). no hace falta reflexionar demasiado pra concluir que, si uno estuviera a buenas consigo mismo y todo anduviera bien en el mundo, sólo sería válida la última razón, la que menos peso tiene en el presente".
Me pregunto qué pensaría Miller, que falleció a sus 89 años el 7 de junio de 1980 de un mundo como el nuestro en el que mucha gente no lee absolutamente ningún libro, o casi ningún libro en todo un año. Quizá les dijera a los escépticos y a quienes se resisten con uñas y dientes a caer en la trampa mágica de la lectura lo que dice en Leer en el retrete, a saber:  "Hay un libro que forma parte de nuestro ser, está contenido en él y lo registra. Hablo de nuestro ser, no de aquello en que nos convertimos. Empezamos la escritura de ese libro al nacer y la continuamos después de la muerte (...). Terminamos el libro de la vida en el más allá porque nos negamos a entender lo que hemos escrito aquí y ahora". 
Quede claro que leer no es un castigo, ni un esfuerzo, ni una gimnasia mental (aunque es mejor y mucho más completa gimnasia mental que hacer sudokus y jugar al Tetris), sino un placer. Y además un placer barato. 
Yo leo al mes varios libros de biblioteca y compro y leo como mínimo otros tantos en ese mismo plazo. 
Y lo hago porque me gusta. Y porque me permite abrir puertas que ni siquiera me abre el cine. 
Lo hago porque disfruto más leyendo que haciendo cualquier otra cosa, excepto fornicar. 
Es de lo que habla Miller en el principio de su texto, del placer inmenso y de la necesidad de la lectura como bálsamo mental. No es extraño que en una ocasión fuera despedido cuando le pillaron leyendo a Nietzsche en lugar de atender a su trabajo como corrector de un catálogo de venta por correo. 
Por cierto el texto del epílogo escrito por Enrique De Hériz, titulado Del canon al retrete, un viaje de ida y vuelta, tampoco tiene desperdicio y aporta algunas reflexiones y datos muy curiosos. 
Un texto breve, pero intenso. Una hora, máximo, de lectura muy bien aprovechada. 
Sesenta minutos de disfrute bien invertidos. 
 

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