lunes, 10 de agosto de 2015

TOKIO AÑO CERO, de David Peace


Novela policíaca que se sale de los límites de la novela policíaca y va más allá. Novela negra que rompe las fronteras de la novela negra y va mucho más allá que la novela negra.

David Peace nos invita a un paseo por la tragedia de los supervivientes en la primera novela de su Trilogía de Tokio, que es muy recomendable tanto para los seguidores de las novelas policíacas de James Ellroy como para quienes hayan disfrutado con cualquiera de las dos temporadas de la serie True Detective.

Soy uno de los supervivientes”, repite el protagonista.

Me pongo la camisa y los pantalones.

La misma camisa y los mismos pantalones que he llevado durante los últimos cuatro o cinco años, la misma camisa y los mismos pantalones que mi mujer me ha cosido y me ha remendado, cosido y recosido una y otra vez, igual que los calcetines y los zapatos que llevo en los pies, el chaquetón de invierno que llevo encima de la ropa y el sombrero de verano que llevo en la cabeza”.

Estamos en Tokio. Tokio ocupado de un Japón que acaba de perder la Segunda Guerra Mundial e intenta sobrevivir entre los escombros de sus ciudades devastadas por los bombardeos y derruidas por la derrota y sus consecuencias más inmediatas. Un Japón mirado desde el punto de vista de los japoneses, los derrotados. En ese paisaje, la aparición de los cadáveres de unas jóvenes violadas y asesinadas hacen que comience una investigación que se prolongará durante mucho tiempo, entrelazándose con las subtramas de corrupción policial, los cambios de identidad para escapar a los juicios como criminales de guerra, los ajustes de cuentas entre formosanos, coreanos, chinos y japoneses, y un asesinato en el seno de una organización criminal que empieza a constituirse como el ejemplo del ascenso al poder de la yakuza en la nueva sociedad japonesa.

Mano maestra es la que aplica Peace a este rompecabezas de literatura criminal en el que brillan sus recursos de literatura con mayúsculas, jugando con la voz narrativa a varios niveles y trabajando el punto de vista en un trepidante viaje narrativo que hace difícil apartarse de la novela para irse a hacer otra cualquier cosa. Peace maneja sus inagotables y sorprendentes combinaciones y recursos narrativos para atraparnos en una telaraña capaz de obsesionarnos, al mismo tiempo que pinta un impresionante cuadro de época que tiene la virtud de servir no sólo para explicar las raíces de nuestro mundo actual, hundidas en el mundo que surgió tras la Segunda Guerra Mundial, sino también para mostrar un terrorífico viaje existencial de sus personajes.

Las cosas no cambian nunca. Hay guerras y hay restablecimientos. Las cosas no cambian nunca. Hay guerras y hay victorias. Las cosas no cambian nunca. Hay guerras y hay derrotas. Las cosas no cambian nunca. Hay ocupaciones y hay elecciones. Las cosas no cambian nunca. Porque siempre hay una segunda reunión. Las cosas no cambian nunca. Siempre hay una segunda reunión para discutir sobre la primera.

            No cambian nunca. No cambian nunca. No cambian nunca.

            Para que todo el mundo discuta la mejor manera de no hacer caso de las conclusiones de la primera reunión. Para que todo el mundo finja que la primera reunión nunca tuvo lugar. Para que todos prometan dejar las cosas exactamente tal como estaban antes de la primera reunión”.

Los piojos, la bilis, los trenes abarrotados, las montañas de escombros, son elementos esenciales de ese paisaje que salta desde lo privado a lo colectivo con una flexibilidad envidiable, jugando con las repeticiones que nos atrapan como una telaraña en cuyo centro está ese asesino en serie tras cuyas huellas se van desplegando las complicadas vidas de los policías, mafiosos, Vencedores, y perdedores de esta trama de existencias destruidas por la guerra, perfectamente extrapolable a cualquier otro país, a cualquier otro momento en el que el conflicto bélico  parece haber terminado, pero no es así en absoluto. Porque la guerra sigue. Siempre sigue. De uno u otro modo. Incluso cuando han terminado los bombardeos.

Las frases repetidas que reflejan la obsesión del protagonista y la monotonía de una vida sin más objetivo que el de seguir respirando en el segundo siguiente, entre los escombros, son una constante en todo el relato.

Todos los trenes.

Todas las estaciones. Todos los trenes

En cursiva siempre para los pensamientos del protagonista, que viaja con esa voz en primera persona pero con varios registros que le otorgan carácter de narrador omnisciente. Que nos habla desde esa voz interior continuamente expandiendo las fronteras de la primera persona en la narración del relato policial, alternando las pistas sobre su mundo interior con las pinceladas que permiten al autor describirnos el mundo exterior: “Dos vagones especiales reservados exclusivamente para los Vencedores, un vagón de segunda clase con asientos duros para los Perdedores privilegiados, y una larga ristra de vagones destartalados de segunda y tercera para el resto de nosotros”.

El resumen perfecto del momento y la situación histórica y social que vive el Japón de los primeros años de posguerra.

El Japón en el que se desarrolla la difícil investigación del inspector Minami, de la Jefatura Metropolitana de policía, empeñado en averiguar la identidad de una de las víctimas del asesino que sigue sin identificar. Un policía que le dice al jefe de la mafia: “Hemos perdido la guerra. Todos tenemos secretos”.

En algunos momentos de la lectura el texto le revela al lector una especie de segunda naturaleza o identidad, mostrándose como un haiku, o mejor aún como una asociación de varios haikus que arrastran la trama de intriga hacia el territorio de la poesía a través de esas frases cortas, en cursiva y de un ritmo una musicalidad que percute en la mente del lector, conduciéndonos hasta pasajes que consiguen hacernos sentir la mutilación de las emociones que viven los personajes.

Todo el mundo habla de los minutos que parecen horas. De las horas que parecen días. De los días que parecen semanas. De las semanas que parecen meses. De los meses que parecen años.

De ese año que ha pasado tan despacio como una década.

Y ahora sólo queda monotonía…”

La huella de la guerra se hace notar en todos y cada uno de los habitantes de ese Japón recreado por David Peace en el que el monólogo interior del inspector Minami y el asesinato de las jóvenes son caminos para conducirnos hasta esa sensación de desasosiego existencial que impregna todas y cada una de las páginas de esta novela.

Las ramas de los árboles cuelgan bajas en medio del calor del día nublado y las hojas de las ramas están cubiertas de polvo y suciedad. En este parque había estatuas antes de que la guerra se volviera contra nosotros, cuando todavía había héroes que celebrar y metal de sobra. Restaurantes, salones de té, exhibiciones florales y conciertos sinfónicos, pistas de tenis y un campo de béisbol, antes de que convirtieran el parque en una extensión de huertos y baterías antiaéreas”.

Hay un millón de urnas de cenizas de caídos en la guerra todavía sin reclamar por sus afligidas familias”.

Y entre todo eso, Minami, el policía corrupto pero empeñado en descubrir la verdad sobre los asesinatos y de paso desvelarnos la verdad sobre sí mismo, tropieza en la barra de un bar, en un momento que podría haber salido perfectamente de una película dirigida por Akira Kurosawa con las mismas hechuras que las de Vivir (Ikiru), con un soldado que fue declarado muerto en la guerra, pero que sigue vivo, y al regresar con su familia, es repudiado por ésta, que le considera un fantasma.

David Peace no necesita cuatrocientas y pico páginas para desentrañar las claves del crimen, sino para pintar ese fresco del Japón de posguerra en el que despliega las consecuencia del conflicto a una escala y con un nivel literario que convierte esta novela en un curso de narrativa policial y de retrato social que sigue las vidas de unos personajes que se sienten como “pececillos minúsculos en un océano revuelto”.

Y de paso reescribe las claves de la novela negra y sus personajes, por ejemplo la figura de la mujer fatal, más fatal que nunca: “Pienso en ella todo el tiempo”, esa frase repetida una y otra vez a lo largo de la novela. O ese pasado que regresa para atrapar a los personajes, materializado en otra frase repetida una y otra vez: “Nadie es quien dice ser”.

            El trabajo con la voz dominante en el relato, la primera persona con la voz interior que reflexiona y sirve como motor impulsando al protagonista y resumiendo su localización a medio camino entre el presente y el pasado, pero aparentemente sin futuro. La manera en la que David Peace trabaja la memoria y la forma fragmentada de los recuerdos que logra transmitir a su texto. Los casos que se entrecruzan y sirven como líneas de guía desde la intriga para llevar al lector hacia otros territorios más intimistas y reflexivos que describen la realidad cotidiana como una pesadilla existencialista. Todo eso se alía con otras muchas características para hacer de Tokio año cero una obra maestra.

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