sábado, 15 de agosto de 2015

GUERRA BIOLÓGICA: CIUDAD OCUPADA, de David Peace



Después de Tokio año cero, David Peace prosigue su trilogía de Tokio con Ciudad ocupada, novela inspirada en las obras de Ryunosuke Akutagawa, como Jigokumon, La puerta del infierno, y en la película de Kurosawa que inspiraron, Rashomon. Estamos ante la fórmula de las distintas versiones de un mismo hecho, con lo cual el uso de la primera persona que hiciera en la novela anterior da paso a la multitud de voces de los protagonistas del suceso que se cuenta: el atraco a un banco perpetrado a base de obligar a ingerir veneno a todos los trabajadores de la entidad, punto de partida que posteriormente le permite al autor entrar de lleno en el desarrollo de armas biológicas probadas con prisioneros por Japón antes y durante la Segunda Guerra mundial.
            La primera persona sigue siendo protagonista, como el monólogo interior, pero en esta ocasión se constituye en un coro con protagonismo múltiple que nos aporta distintos puntos de vista, lo cual deriva en una compleja novela que a pesar de su exigencia para el lector es tan adictiva como Tokio año cero y nos conduce por un laberinto aún más complejo si cabe que el de aquella. La estructura recuerda la fórmula de cartas, diarios y mensajes con la que Bram Stoker construyó su Drácula, pero mucho más elaborada, ambiciosa y con una complejidad que supera de largo la obra sobre el conde vampiro.
            Si en la anterior novela destacaba la manera de exponer el procedimiento policial, sobre todo en lo referido a la investigación sobre los cadáveres y los lugares en que se ha cometido el crimen, así como el interrogatorio de los sospechosos, etcétera, en esta ocasión Pace construye un puzle que aborda tanto la visión de los investigadores como la de los conspiradores e incluso la de las víctimas del asesinato, que nos hablan desde las primeras páginas de la novela. El diario del policía, que se convierte en contrapunto narrativo de las voces más poéticas de los muertos con las que arranca la trama o el protagonismo del escritor, desvela el tapiz de conflictos y luchas por el poder dentro de la policía.
            El escritor de “ese libro que no es un libro” es un protagonista más de la trama, y su inclusión como tal constituye una reflexión interesante y lúcida sobre el papel del narrador. Al mismo tiempo, narrados en tercera persona, los fragmentos del escritor atrapado con todos los implicados en el círculo mágico de velas de la puerta negra introducen una pincelada sobrenatural en el relato, incorporando a la elaborada alquimia de la novela una mezcla de terror que cruza la fantasía propia del cine de terror japonés con el relato de terror cotidiano y real derivado de los experimentos con las distintas armas biológicas.
            El tema de la guerra y el pasado, la subtrama de los supervivientes, clave tanto en Tokio año cero como en esta nueva novela de Peace, se materializa en esta ocasión en el personaje de la superviviente al envenamiento, que reflexiona: “Pero la guerra no se ha terminado. Y una taza no es una taza. Y la medicina no es medicina. Un amigo no es un amigo y un colega no es un colega (…). La guerra no se termina nunca”.
            La ciudad ocupada del título. El jeep norteamericano que mancha de barro a los viandantes. El oficial norteamericano cuyo nombre esgrime el asesino para ganarse la confianza de las víctimas del envenamiento… son algunas de las huellas de la ocupación que se van introduciendo en el relato de intriga propiamente dicho.
            La manera en la que Peace aborda esa construcción de su novela como laberinto genera una lectura absorbente, obsesiva, “en las ruinas  de esa ciudad, las ruinas de este libro
            tu libro, ese libro
            echado a perder; aquí, donde fluctúas entre la desesperación y la euforia, al desesperación que te causan la muerte y la destrucción, la euforia que te causan la muerte y la destrucción, aquí, entre los ríos de tinta y las montañas de papel, entre las hogueras de palabras y los fosos del suelo, esos fosos que hay que llenar con cenizas, con las cenizas de esas hogueras
            las cenizas del significado”.
            Un oficial norteamericano que investiga el programa de armamento biológico japonés introduce un nuevo aspecto en el relato que abre la perspectiva del género de intriga conspirativa y al mismo tiempo permite a Peace abordar el tema de la corrupción.
            Antes y durante la Segunda Guerra Mundial, los japoneses habían estudiado la guerra biológica: defensiva y ofensiva, con vistas a defenderse de un posible ataque soviético con ese tipo de armas en Manchuria. Estudiaron los agentes, peste, cólera, disentería, salmonella, ántrax… Según afirmaban, los rusos habían utilizado armamento biológico en Manchuria en 1935. El principal centro de armamento biológico estaba en Pingtan, cerca de Harbin, Manchuria. Allí se desarrolló la bomba Uji para inocular la peste, con pruebas en humanos de las que fueron víctimas prisioneros chinos y norteamericanos, o la bomba Ha. Allí alcanzaron nuevas cotas de temible perversidad en sus experimentos la Unidad 73.
            El oficial Murray Thompson descubre y habla de todo ello en su voz en off, que sigue a una especie de prólogo de las teorías de conspiración que hace el personaje de la superviviente: “En esta ciudad donde las cosas se registran públicamente y se borran en privado, esta ciudad de medias verdades y mentiras enteras”.
            Añadan a estos personajes a Kogoro Shimizu, el Detective Mágico, o los relatos del periodista que afirma: “Conozco este río y conozco esta montaña. El olor de estos fuegos y el sabor de estas cenizas. Lo sé todo de las falsedades, lo sé todo de las mentiras. Porque soy un maestro de las Falsesades y un maestro de las Mentiras. Mi negocio son las falsedades y son las mentiras. Porque soy un periodista y estos son mis relatos”.
            El periodista aporta al conjunto al reflexión del papel de los medios de comunicación en nuestros días, y la corrupción creciente de ese papel, que puede ser tan aplicable al momento histórico en que se desarrolla la novela como a nuestra más rabiosa actualidad, levantando testimonio del descorazonador papel de la prensa en nuestros días.
            EN LA CIUDAD INVENTADA, un día nuevo una historia nueva, una historia más para un día más; siempre hay un día más y siempre hay una historia más en la ciudad inventada”.            
            Y finalmente, demoledoras conclusiones: “Estoy listo porque creo que tú, camarada sabes igual que yo que la guerra está dentro de cada hombre, da igual cuales sean sus ideas políticas, da igual cual sea su religión, da igual su nacionalidad y da igual su raza. Es el abismo que se abre bajo las pieles de todos y dentro de nuestros cráneos. Y en cuanto uno se asoma a ese abismo como nos hemos asomado nosotros, ya no podemos apartar la vista, porque el abismo nos devuelve la mirada, nos tiñe los corazones de negro y el pelo de gris. Y con los corazones negros y el pelo gris ya no somos humanos, ya no somos más que guerra, no somos más que asesinato y muerte”.

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