lunes, 17 de agosto de 2015

EL AGENTE DE LA CONTINENTAL, de Dashiell Hammett

Si tuviera que hacer una lista de cien libros imprescindibles para una colección esencial ésta edición de El agente de la continental que agrupa los relatos escritos por Dashiell Hammett sobre el investigador que da título al volumen estaría sin duda entre los primeros puestos. Se trata de la edición en la colección Libro de bolsillo de Alianza Editorial, la quinta reimpresión del volumen, de 1989 (la primera es de 1977) con traducción de Carmen Criado. He leído y releído el libro en varias ocasiones a lo largo de los años. Pero reencontrarme nuevamente en estas vacaciones con esta colección de relatos ha sido  como volver a tropezar con un viejo paisaje ya conocido pero que con el paso del tiempo miras de otro modo y se ha revalorizado, adquiriendo un nuevo relieve de significados que en mi primera visita no llegué a advertir. 
El libro es esencial para todo aficionado al relato policial, a la novela negra, al cine negro incluso. Y además está protagonizado por un personaje, el detective sin nombre, el Agente e la Continenta, que a través de su protagonismo en la novela Cosecha roja fue la inspiración no sólo para el ronin interpretado por Toshiro Mifune en la película de Kurosawa Yojimbo, sino que además, y a través de ésta, inspiró también de algún modo el personaje de pistolero sin nombre interpretado por Clint Eastwood en el arranque de la Trilogía del Dólar de Sergio Leone, Por un puñado de dólares. Una encarnación posterior del mismo la encontramos en el personaje interpretado por Bruce Willis en la película de Walter Hill El último hombre.

            El Agente protagonizó otra novela, La maldición de los Dain, igualmente esencial para los aficionados al género literario que nos ocupa, que fue adaptada a la televisión como miniserie con James Coburn como protagonista en 1978. Dicho sea de paso, la versión del Agente de Coburn era completamente distinta a la descripción que sobre dicho personaje nos da la literatura, y de hecho estaba inspirada más bien en el propio escritor, Dashiell Hammett, cuyas experiencias reales ejerciendo varios años como detective de la Agencia Pinkerton habían servido fielmente como fuente de inspiración paras estos relatos.

            En el libro se incluyen los relatos La décima pista, La herradura dorada, La casa de la calle Turk, La muchacha de los ojos de plata, El Menda, La muerte de Main y El crimen de Farewell. Además esta edición incluye una introducción muy interesante de Steven Marcus donde repasa la biografía de de Hammett y repasa algunas claves esenciales de su trabajo como escritor, algunas de las características que definen su obra, marcada por la contradicción de la que nos habla Marcus en su texto, y lo que supone su irrupción en el paisaje de la novela policíaca como punto de ruptura con las novelas de intriga de cuarto cerrado anteriores a la novela negra propiamente dicha. De hecho, en el libro es fácil advertir esa evolución desde la novelas de enigma hasta la serie negra, en un viaje donde Hammett se confirma como puente esencial para pasar de una variante a otra. Por ejemplo en el primer relato incluido en esta colección, La décima pista, arranca con un planteamiento que parece extraído directamente de las intrigas del whodunit, o ¿quién lo hizo? propia de autores como Agatha Christie, pero rápidamente desmiente la persecución de pistas y apuesta por el instinto del protagonista mientras se dirige con paso firme hacia el territorio de la novela negra, con ese ataque en el transbordador. En La herradura dorada se confirma ese camino hacia la serie negra con la búsqueda de un arquitecto inglés que ha desaparecido. Aquí la descripción y el diálogo materializan ya las claves de otro lenguaje para el género, en el que el sentido del humor cínico está ya incluido como clave esencial que marca la psicología del protagonista.

            “Me dirigí al otro extremo del salón y me senté a la mesa de uno de los apartados. Antes de que pudiera siquiera acomodarme en mi asiento, se instaló junto a mí una chica larguirucha que no sé qué extraña operación se habría hecho en el pelo, pero lo tenía de color púrpura.

-          ¿Me invitas a una copa?

La mueca que esbozó probablemente pretendía ser una sonrisa. Fuera lo que fuera, me heló la sangre en las venas y ante la posibilidad de que la repitiera, decidí rendirme.

-          Sí –respondí, y pedí una botella de cerveza al camarero que se había apostado, expectante, a mis espaldas”.

Curiosamente, al contrario de lo que ocurrirá con el personaje de Sam Spade, protagonista de una de las novelas más célebres de Hammett, El halcón maltés, en estos relatos, el Agente colabora activamente con la policía, e incluso pone al servicio de la investigación los recursos aparentemente superiores que los de la propia policía, de la Agencia Continental para la que trabaja. Ejemplo de ello son las apariciones del Sargento O´Gar, jefe de la Sección de Homicidios del departamento de policía de San Francisco, ciudad donde transcurren la mayor parte de las peripecias de esta colección de relatos. Con su pinta de sheriff del lejano oeste, sombrero incluido, O´Gar es una especie de asociado secundario en algunos de los casos del Agente. Eso sí, en el desenlace brilla el peculiar sentido de la justicia del Agente, que es capaz de acusar a un hombre de un crimen que no ha cometido para hacerle pagar el crimen que sí cometió pero que no puede probarle. La casa de la calle Turk introduce un aspecto muy interesante de estos relatos con vistas a definir uno de los iconos claves de la novela y sobre todo del cine negro, la mujer fatal, materializada en el personaje de Elvira, de la que el Agente afirma: “Era tan bella como Lucifer y dos veces más peligrosa (…). El Esperpento habría corrido menos peligro jugando con un bidón de nitroglicerina que con aquella muñeca. Esa mujer era un peligro público. No sabía el pobre Hook lo que se le venía encima”.

No es casualidad que sea en este relato donde el Agente se zambulle ya totalmente en el territorio de la novela negra, dejando atrás definitivamente, olvidados en el pasado, los primeros compases de novela de intriga más tradicional con los que se iniciaba La décima pista. Volveremos a encontrarnos con Elvira, prototipo de la mujer fatal, en otro relato, La muchacha de los ojos de plata, que incluye un momento de flaqueza del Agente que podría estar en cualquier clásico del cine negro, pero personalmente me ha recordado sobre todo Retorno al pasado, de Jacques Tourneur, aunque sospecho que Hammett al crear el agente estaba pensando más bien como referencia visual no en el protagonista de aquella, Robert Mitchum, sino en Spencer Tracy.

            De sí mismo, el propio agente afirma en el siguiente relato, El Menda: “No soy ni tan joven ni tan viejo como para entusiasmarme con cada mujer que resulte agradable a la vista”,  para dar luego otras pistas sobre su manera de pensar: “No es que me pareciera galante por parte del Menda que la registrara, pero tenía mis razones para no impedírselo. En primer lugar estaba deseando saber en qué consistía aquel botín de que tanto hablaban. En segundo lugar no soy un caballero andante. Esa mujer había traicionado a sus compinches y era en gran medida la responsable de lo que estaba ocurriendo”.

            Y, más adelante: “Ser detective consiste en capturar delincuentes, no en hacerse el héroe”.

            En ese mismo relato encontramos una descripción de la acción que define perfectamente por qué la novela negra es más cinematográfica que las intrigas de enigma en cuarto cerrado estilo Agatha Christie: “De pronto una cortinilla flotó en el aire azotada por la lluvia. De la abertura que dejó surgieron unas pálidas ráfagas de fuego. Oí la voz amarga de una pistola de cañón corto. Siete veces”.

            Estamos ya plenamente en territorio hard boiled.

            La muerte de Main es toda una escuela de dosificación del misterio que además tiene puntos en común con El halcón maltés, no sólo por el papel de esa tiara del rey escita, sino por la aparición de personajes pintorescos como Bruno Gungen. De paso, el Agente deja clara su postura, que es la de Hammett, en cuanto a la Ley Seca: “Si cree que voy a sacarle a la luz los trapos sucios de su familia, está tan equivocado como la Ley Seca”. La mujer vuelve a estar en el epicentro del enigma, como en todos los relatos que incluye el libro, también en El crimen de Farewell, que tiene puntos en común con la novela La maldición de los Dain

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