lunes, 15 de junio de 2015

HOLY TERROR, de Frank Miller.

Tenía curiosidad por echarle un vistazo a la novela gráfica que iba a ser de Batman contra Al Qaeda pero acabó siendo otra cosa.
Y tengo que confesar que me ha defraudado. 
Frank Miller arranca con la persecución de Natalie, “ladrona felina” (Catwoman), que lleva a cabo Fixer (Batman), y desde el primer momento planea por todo el despliegue de viñetas la sombra de El regreso del Señor de la noche y de 300… aunque esta novela gráfica no es ni lo uno ni lo otro.
Expectativas. Las peores enemigas del creador aunque sean las mejores aliadas del que tiene que vender la creación. Una paradoja más en todo lo relacionado con la creación.
Las expectativas con esta novela gráfica eran altas. Y además venían acompañadas de la anécdota de las propias declaraciones de Miller, que lo había vendido como una pieza de “propaganda” políticamente incorrecta y por la propuesta inicial de que la historia fuera protagonizada por Batman, con el título de Holy Terror, Batman, allá por 2006. Luego pasó de ser una historia del Hombre Murciélago persiguiendo a terroristas musulmanes en las calles de Gotham a ser una historia de Fixer persiguiendo a terroristas musulmanes en las calles de Empire City.

Las primeras páginas de persecución de vértigo por los tejados de la ciudad pierden en el duelo de comparación con aquellas otras páginas de persecución en El regreso del señor de la noche, construidas con la verticalidad de las viñetas como aliado. Aquí esa misma sensación se pierde, y aunque tratándose de Miller cadas viñeta es un despliegue espectacular, en mi opinión aquí está por debajo de El regreso del señor de la noche y 300, por mucho que algunos de sus compañeros de oficio, como Mark Millar o Dave Gibbons, le echaran un capote calificando esta novela gráfica de obra maestra, más o menos. La realidad es que el dibujo está por encima de un guión bastante flojo, simplón, digno de la peor película de cine de acción ochentera producida por la Cannon. Es un guión obvio, previsible, sin grandes sorpresas desde el momento en el que se empantana en la parte más propagandística y furibunda que se resuelve en puro pataleo infantiloide ante los atentados del 11 de septiembre de 2001. Francamente, me interesaba mucho más esa primera parte de pelea realmente bestia de Fixer/Batman con Natalie/Catwoman, puro sadomasoquismo que habría sido un tema mucho más interesante que todo lo que se relaciona posteriormente con la cruzada del primero –poco creíble, metida con calzador- contra los terroristas. Ese encuentro sadomasoquista de los dos personajes en las primeras viñetas está muy por encima del panfleto que viene después, tras la explosión, tras los clavos disparados al aire en Empire City,con Fixer y Nina rodeados de fuego, Miller se encuentra rápidamente superado y da la sensación de que argumentalmente ha mordido más de lo que puede masticar. Esa salida a modo de homenaje con las viñetas de los rostros d de las víctimas es simplona, ese minuto de silencio visual con esas viñetas vacías es una caída en el tópico, cuando no en el lloriqueo pedante que se niega a profundizar más allá en la sensación terrible de la pérdida de los seres queridos. La reacción a esa perdida es propia de un niño con pataleta o un adolescente inmaduro y furioso, es la “Diplomacia postmoderna” a la que alude el propio diálogo. Ni siquiera en un territorio que Miller explotó con brillantez en El regreso del señor de la noche, el de la crítica a los medios de comunicación, el cine blockbuster como sustitutivo domesticado de la necesidad de violencia, consigue despegar con un comentario realmente interesante.
Este cómic podría haber sido un revulsivo, una crítica sólida al nuevo concepto del cine de superhéroes, a la idea de retribución a cualquier precio, pero se pierde en una orgía de sangre y venganza donde su flojo guión no está a la altura de su despliegue visual, más conservador en todo caso que en otras obras de Miller. Además el guión trata de forma banal, superficial, sin respeto, un tema que requiere más compromiso y más seriedad. Dejándose arrastrar por el panfleto, Miller queda atascado ante un tema que requiere más reflexión y equilibrio, en lugar de un despliegue de maniqueísmo extremista que se extingue finalmente en un desenlace simplón que parece negarse a ir más allá del una violencia exhibicionista.
Miller vuela por debajo de su talento en esta ocasión, tira por el camino más fácil, se deja arrastrar por una incomprensible vagancia a la hora de valorar todos los aspectos del problema que plantea. No se trata tanto de que sea políticamente correcto o no. Es que parece inaudito que abordando este asunto haya perpetrado un guión que parece sacado de un mal capítulo de los dibujos animados más cutres de las Tortugas Ninja. 

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