martes, 5 de mayo de 2015

ROMA CONTRA CARTAGO, de Nic Fields

Un buen libro para aclarar algunas características de la evolución del ejército de la Roma republicana, el paso de la falange heredada de los griegos a la legión manipular, la distribución de las fuerzas, forma de disponerse en el campo de batalla, etcétera. 
Además es un recorrido por las guerras púnicas, especialmente por la segunda guerra púnica, el enfrentamiento entre cartagineses y romanos en el que tuvieron un papel destacado los habitantes de Iberia (según los cartagineses) o Hispania (según los romanos). 
Es un buen primer paso para ir entrando en esa etapa en la que todavía el ejército romano no es profesional, sino que está formado por ciudadanos, y seguir el recorrido del cartaginés Aníbal y su hermano Asdrúbal por las principales batallas que los enfrentaron con los cónsules romanos tanto en Italia como en la península ibérica. Las batallas de Trebia, Trasimeno y Cannas, Metauro y Zama, forman parte también de este recorrido que comenzó con el ataque de Aníbal contra Sagunto, ciudad protegida por los romanos, en Iberia, y culminaría con el cara a cara de Escipión, luego llamado el Africano, con Aníbal, en la batalla de Zama. 
Una píldora de historia concentrada, bien ilustrada para dejar claro cómo estaban constituidas y cómo trabajaban en el campo de batalla las legiones romanas, en el que queda explicado lo que significa la frase "el combate llegó a los triarios" como forma de expresar una situación desesperada, o lo que realmente significaba para los romanos Hannibal ad portas (¡Anibal en las puertas!), en un momento en que Roma vivía cada día al filo del abismo de la Historia. 
El libro incluye una reflexión curiosa del autor, Nic Fields, que posiblemente muchos no compartan, pero que merece ser tenida en cuenta. En su opinión tres grandes generales ocupan los primeros puestos entre los que trabajaron la guerra en la antigüedad. El primero sería Alejandro Magno, del que Fields recuerda que el ejército con el que realizó sus impresionantes conquistas se lo dejó hecho su padre, Filipo II de Macedonia. Le seguiría Pirro de Épiro, el mercenario que llegó a ceñirse la corona de Macedonia en dos ocasiones y reclamada su ayuda por la colonia griega de Tarentum en 281 a.C., había luchado contra Roma, derrotando a los romanos en las batallas de Heraclae y Ausculum, pero con pérdidas tan importantes para su ejército que sus victorias no sirvieron sino para acuñar el término "victoria pírrica", es decir, aquella que no le granjea al vencedor gran cosa visto lo que ha tenido que sacrificar para conseguirla. El tercer general destacado sería Aníbal, que se miraba en el espejo de estos dos antecedentes a los que admiraba, y según Fields, consiguió superarlos como estratega y como táctico, lo que le permitió mantener operaciones militares en territorio enemigo durante los quince años que permaneció en Italia venciendo a las legiones romanas. Y eso mandando un ejército de mercenarios que a pesar de dicha condición le guardaban lealtad en su mayoría. Algo nada fácil de conseguir. El potencial romano para el reclutamiento de nuevas legiones y los malos resultados de Asdrúbal y Magón, a los que había dejado al cargo del control de Iberia, además de la derrota de su hermano Asdrúbal en Metauro y la poca disposición de respaldarle de la propia Cartago, impidieron a Anibal llegar más lejos en su ataque contra Roma. 

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