jueves, 2 de abril de 2015

LIBROS: MAR DE TORMENTA , de Evan Thomas

Titulada en el original Sea of Thunder: Four Commanders and the Last Great Naval Campaign 1941-1945, este libro es uno de los más interesantes y uno de los que mejor explica, con gráficos incluidos, todas las circunstancias que rodearon a la batalla del Golfo de Leyte, el último gran enfrentamiento naval de la Guerra del Pacífico, en el que tomaron parte más de trescientos buques y casi 200.000 hombres. Un libro de historia que se lee como una novela trepidante en la que toman parte algunas de las figuras más destacadas de Japón y Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. De hecho creo que es uno de los mejores libros sobre ese conflicto que he leído precisamente porque hace algo nada fácil, que es transformar a las figuras históricas en seres de carne y hueso, gente metida en situaciones excepcionales, desde los oficiales superiores a la marinería, cuyas voces se escuchan en el libro a través de diarios, documentos oficiales, comunicados entre las flotas japonesa y estadounidense, mensajes y entrevistas con algunos de los protagonistas que constituyen la verdadera sabia de las fuentes de documentación utilizadas por el autor para construir su relato.
Un ejemplo de libro sobre la guerra en el que podemos “escuchar” las reflexiones de los mandos japoneses implicados en el conflicto, como Ugaki, empeñado en su diario en captar la esencia del momento, presa de la ambivalencia y las contradicciones, los sentimientos opuestos, hijo de un Japón que pasa del feudalismo a la modernidad en menos de un siglo,  pero más tarde que occidente, y que encuentra en el sacrificio de los 47 ronin uno de sus relatos morales más extendidos, inculcado en los niños japoneses desde la escuela.
También aporta el libro información interesante sobre la manera de entender la guerra en el mar por parte de los encargados de tomar decisiones en el conflicto, con la doctrina del Navalismo el pulso entre los aviones tomados como herramienta por el japonés Yamamoto y los acorazados que esgrimía el norteamericano Bill Halsey. En el origen de ese pulso, las doctrinas de Billy Mitchell. El navalismo, la doctrina de Alfred Thayer Mahan, que a finales del siglo XIX predicaba la grandeza de las naciones según su capacidad para ejercer el dominio en los mares merced al empleo de grandes flotas de combate. Era doctrina especialmente seguida por los británicos y también por Theodore Roosevelt, que en 1907 había mandado a su Gran Flota Blanca a dar la vueltas al mundo. Los japoneses estaban entregados a esta teoría de Mahan, y perseguían obstinadamente la batalla naval definitiva, el Kantai Kessen, el combate decisivo. Los japoneses trabajaban sobre la estrategia de reducir el número de naves enemigas con torpedos y derrotar al resto de naves del contrario con un cañoneo final que protagonizarían los acorazados. La clave era superar el alcance de la artillería del enemigo, y para eso se habían creado las piezas de 457 milímetros del Yamato y el Musashi, llamadas a mantener la distancia de las naves estadounidenses, cuyas piezas de 406 milímetros no podrían alcanzar a los buques japoneses. Trafalgar, Tsushima y la batalla de la Bahía de Manila eran ejemplos favoritos de los partidarios de esta teoría de la batalla determinante en el mar que proponía Mahan.
Los japoneses tenían en su panoplia de armas el Zero, avión más rápido y maniobrable que los del enemigo, pero menos sólido y seguro, con un talón de Aquiles en el mecanismo de cierre del combustible que les hacía arder a la menor ocasión. El problema de los japoneses con la aviación lo aborda Thomas de manera contundente cuando afirma: “Los nipones se estaban quedando sin aeroplanos y, sobre todo, sin pilotos cualificados. En 1942, su Armada había perdido casi un millar de aviones de combate, y en el plazo de un año, se habría quedado sin otros seis mil, tres veces el número de aeronaves con que había comenzado la guerra. Las fábricas de Japón seguían produciendo, a esas alturas de la contienda, miles de aparatos, si bien a duras penas. Los estadounidenses, por su parte, habían logrado quintuplicar ese ritmo de fabricación. Los aviadores de primera línea de Yamamoto, que habían recibido un magnífico adiestramiento, no dejaban de unir sus almas a las de sus ancestros en el santuario de Yasukuni, y el cuartel general imperial estaba empezando a sustituirlos con pilotos bisoños. El comandante en jefe quedó consternado al descubrir que, de los 60 que conformaban la última remesa llegada a la base avanzada de Rabaul, no pasaban de 16 los que habían manejado un Zero con anterioridad”.

Los japoneses también contaban con los acorazados Yamao y Musashi, gemelos que eran mantenidos como joyas navales del Imperio del Sol Naciente, que se reservaban alejados de los combates, siguiendo la idea de la mayoría de los integrantes de la Armada imperial japonesa, que pensaban que los acorazados no debían malgastarse. El Yamato y el Musashi, como nos explica Evan Thomas en su libro, eran “iconos nacionales, símbolos poco menos que religiosos al mismo tiempo que armas de destrucción y elementos estratégicos de disuasión. Se hacía necesario guardarlos como un tesoro, como reliquias, y evitar que sufriesen menoscabo –ni siquiera un arañazo, podría haber parecido en ocasiones-. Con el tiempo, el mismísimo emperador acabaría por perder la paciencia con la poca disposición de la Armada a arriesgarse a perder acorazados sacrosantos”.

Entre otras ideas curiosas aplicadas por los japoneses al conflicto encontramos el Puente Aéreo de Bombardeo, ideado por Jisaburo Ozawa, comandante de la Flota Móvil, la fuerza de ataques de portaaviones japoneses, que con este sistema esperaba dominar a unas fuerzas enemigas que duplicaban casi las suyas en número de barcos. La clave era que los portaaviones se sirvieran de sus bases insulares para incrementar su radio de acción, volando de los campos de aviación en tierra, en Saipán o en las Islas Marianas, a las embarcaciones y de vuelta lo mismo. Eso les permitiría bombardear las embarcaciones enemigas que se encontraban entre las bases terrestres y los portaaviones japoneses. El problema para aplicar esta idea era que no contaba con la superioridad creciente de los aviones estadounidenses y sus mejoras en el campo del radar.
            Por su parte entre las características pintorescas de las fuerzas estadounidenses encontramos la alternancia en el mano de la flota de Spruance y Halsey, que incluso llamaba a confusión entre el enemigo nipón, ya que cuando estaba mandada por el primero recibía el nombre de Quinta Flota y bajo el mando del segundo tras producirse el relevo entre ambos pasaba a denominarse Tercera Flota, lo cual podía hacer pensar al enemigo que se trataba de dos flotas distintas, o así al menos lo pretendían los estadounidenses. Los norteamericanos idearon su propia estrategia para enfrentarse con los japoneses: saltar como las ranas esquivando las islas, esto es, la estrategia de circunvalación, una idea que llevaba dando vueltas en las academias militares desde 1940, y que evitó muchas bajas acercando el final de la guerra, sustituyendo los asaltos frontales y sangrientos contra los bastiones japoneses en las islas frente a las sacrificadas y decididas tropas japonesas por maniobras evasivas destinadas a aislar a las guarniciones japonesas de sus cuarteles generales.
            Estos son sólo algunos de los temas abordados por el libro de Evan Thomas, que también incluye la creación de los kamikazes por parte de Onishi, los problemas de comunicación entre los efectivos japoneses para coordinar los ataques, el bombardeo del aeropuerto Henderson en Guadalcanal en octubre de 1942 que los marines denominaron la “noche Púrpura”, la competencia de los zapatos marrones (aviación) con los zapatos negros (marina) y el pulso entre cruceros y acorazados contra portaaviones en la pugna por el poder en la flota estadounidense, la construcción rápida en cadena de los destructores de la clase Fletcher como manera de superar el número de efectivos puestos en el campo de batalla por los japoneses, la doctrina japonesa del Gyokusai, la gema rota, que afirma que es preferible ser una piedra preciosa hecha añicos que una teja sin romper, el papel de la Armada del general McArthur, llamada Séptima Flota, como víctima de los errores de Halsey en la batalla del Golfo de Leyte… y mucha más materia interesante para conocer mejor y reflexionar sobre lo ocurrido en el frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.
                Especialmente significativo y propicio a la reflexión es un párrafo que el autor dedica a lo que denomina el “estilo bélico” de Estados Unidos, que según afirma “consistía en abrumar al enemigo con una potencia de fuego superior a la suya. Las colosales fábricas y los conocimientos técnicos que poseía la nación le permitían gastar dinero y metal, en lugar de vidas humanas, para obtener la victoria. La Gran Flota Azul constituía , a fin de cuentas, un ejemplo sobresaliente de capacidad excesiva de destrucción. Halsey no quería entablar una lucha limpia contra los nipones: lo que pretendía era tener todos los elementos de su parte”.

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