domingo, 2 de febrero de 2014

HENDERS Y EL “BIO-THRILLER”, de Warren Fahy

Una isla perdida en el océano Pacífico habitada por una fauna de bichomonstruos de todo tipo que han evolucionado al margen del resto del planeta y cuyas crías nacen ya embarazadas y en algunos casos pariendo a sus descendientes, como una especie de muñeca rusa brutal repleta de colmillos y púas para ensartar a sus víctimas antes de devorarlas. Todo en la isla de Henders parece construido para devorar y ser devorado prácticamente desde que viene al mundo, en una orgía de sangre que convierte el lugar en un ecosistema letal para cualquier otra especie ajena al lugar, incluidos los humanos. Añadan dibujos de algunos bichos en el interior, un mapa de la isla y un montón de páginas de algo que los editores del asunto han calificado, con notable optimismo, todo hay que decirlo, como, cito textualmente: “un nuevo género: el bio-thriller”.

Por bautizar cosas que no quede, aunque el denominado “bio-thriller” no es un nuevo género y la novela tampoco es nada nuevo. Más bien es un refrito de ideas argumentales que se inspira en tres fuentes clásicas de estos asuntos. La primera y más obvia es, citada en el propio texto, la película King Kong. La original, la de los años treinta. ¿Recuerdan la isla del Cráneo? Pues eso.

La segunda es, obviamente, y citada en los agradecimientos finales por el propio autor, Michael Crichton, o más claramente, su novela Parque jurásico. Por cierto, Crichton podría ser calificado como un cultivador afinado del “bio-thriller” muchos años antes que la novela Henders. Concretamente empezó a cultivar el bio-thriller con su novela La amenaza de Andrómeda, allá por 1969. De manera que de “nuevo género” nada. Lo que en los textos promocionales de Henders llaman “bio-thriller” lleva mucho tiempo entre nosotros.

Lo cual me lleva a la tercera fuente de inspiración de esta novela, igualmente citada en el texto por el autor: H.G. Wells.

Si hubiera que buscar a un fundador del “bio-thriller” como género literario, sería sin duda este padre esencial del género de ciencia ficción, que se pasó la vida pronosticando y haciendo prospectiva de la capacidad del hombre para intentar imitar a Dios, viajando en el tiempo (La máquina del tiempo), modificando su cuerpo (El hombre invisible), creando nuevas especies (La isla del doctor Moreau), matándose con nuevas formas de destrucción masiva (La vida futura y la aviación) o siendo invadido por marcianos que finalmente han de enfrentarse a un enemigo invisible accidentalmente convertido en el mejor aliado de la especie humana… precisamente por la vía de las armas biológicas y el “bio-thriller” (La guerra de los mundos).  

Bio-thriller era La isla del doctor Moreau con su manipulación genética o El alimento de los dioses presagiando lo devastador que puede ser intervenir genéticamente con el alimento del ganado, por no hablar de la variante de la doctrina de Darwin que Wells expuso en La máquina del tiempo para imaginar el futuro más lejano de nuestra especie: los élficos Eloi y los orcos Morlocks, que no he podido evitar recordar cuando he leído la novela Henders al tropezarme con los hendros…

De hecho, la novela Henders no necesita ser la primera en ningún género ni la fundadora del “bio-thriller”, precisamente porque su gracia está precisamente en su capacidad para reunir todos estos referentes y fuentes de inspiración y fabricar una ficción científica que aún pastando en el territorio del best-seller no se deja avasallar por las características más negativas del mismo y es bastante convincente y en algunos momentos francamente entretenida.

El resultado es un homenaje a toda la literatura de ciencia ficción que ha devorado el autor para construir su propia Isla del Cráneo o su propio Parque jurásico, configurándose como digno émulo de Michael Crichton en esto del best-seller alarmista y catastrofista. La colección de bichomonstruos es muy divertida, como digo incluye dibujos interiores, y hasta me he tropezado con algunos párrafos que tienen  su gracia, como el diálogo en el que el científico vendehúmos Thatcher Redmond, criaturilla mediática tan atroz como muchas de las que pueblan nuestra actualidad, señala: “¿No sería deliciosamente irónico si en nuestra precipitación por arrojasr luz en todos los rincones para disipar nuestro primitivo terror a la oscuridad, abriésemos una caja de Pandora que nos borrara de la faz del planeta?”. Que viene a ser casi lo mismo que puede pasarnos en cualquier momento con las nuevas tecnologías, caso de que la extinción no haya comenzado y esté en marcha sin que nos demos cuenta porque su ritmo es suficientemente lento como para aniquilarnos sibilinamente y sin despertar nuestras sospechas.

O ese otro mensaje sobre el mismo personaje que tan bien define a muchos científicos, periodistas, polemistas, tertulianos, creadores de opinión y demás fauna mediática de nuestros tiempos: “la clase de truco de salón que los científicos empleaban para explotar la opinión popular y llamar la atención: haz una afirmación temeraria que se aproveche de los miedos actuales, adjudícale una “probabilidad conservadoramente baja” que parezca verosímil y luego ¡insiste en ello!”

Esos “mercaderes del miedo” que tenemos hoy en día y esos vendehúmos que nos rodean proponiéndonos que persigamos nuestros sueños están bien definidos por el autor de la novela cuando, definiendo la inclinación política de Thatcher Redmond, el inevitable y finalmente un tanto tópico villano de su historia, que adquiere mayor protagonismo en la parte final y más floja de la misma, pasada la página 250, afirma: “Nunca había sido un animal político, no se había adherido a la derecha o a la izquierda en el espectro político. Pero era capaz de ir en cualquiera de las dos direcciones si ello le reportaba algún beneficio. Aunque pareciera irónico, se había decantado hacia la izquierda con el fin de convertirse en un capitalista. Se había transformado en un defensor del medioambiente para su enriquecimiento personal. Su plan consistía en explotar la causa ecológica en beneficio propio”.

Ustedes y yo conocemos a más de uno que responde perfectamente a esta definición.

Resumiendo: una de las novelas de bichomonstruos más divertidas que he leído, mejor de lo que me temía a pesar de jugar en el campo del best-seller y especialmente para los que se quedaron con el “mono” de este tipo de relatos después de leer Parque jurásico o ver King Kong.

Ahora ya sólo falta que la lea algún ejecutivo de la productora The Asylum y rueden la versión cinematográfica en lujoso cine cutre de mazmorra y serie Z.

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