domingo, 22 de diciembre de 2013

NAVIDAD: ¿QUÉ NARICES ES LA NAVIDAD?: AJEDREZ, FAMILIA Y SUPERVIVENCIA

Pues miren ustedes, mientras el personal se zambulle en la piscina de zombis de la Puerta del Sol, que quien esto escribe procura esquivar en estas fiestas como si fuera el punto cero de una pandemia de muertos vivientes que se desplazan al son de la consigna: "¡compraarrrr.... compraarrrrr!", para mí la Navidad se ha convertido en otra cosa. 
Principalmente en partidas de ajedrez con mi padre y con mi hermano. 
El ajedrez sigue siendo el mejor juego de guerra y estrategia. 
Lo confirmo cada año. De hecho, casi cada domingo. 
Esta tarde, después de comer y con el polvorón y el segundo café compitiendo por encamarse con mis papilas gustativas, he ganado dos partidas y he perdido otras dos. 
Eso es la Navidad para mí: ajedrez en familia. 
Y fútbol. Ver fútbol en la tele. 
He tenido que venirme otra vez a casa a terminar un texto de análisis de Tiburón que tengo que entregar mañana para un libro en el que participo haciendo un "cameo" de tecla, pero me ha dado tiempo a ver la primera parte del Getafe-Barcelona. 
Cantando los goles mientras amenazo a mi hermano con la reina. 
La reina negra. 
Al final me gana la segunda partida. Empate a 1 en el marcador. Empate a 2 en el marcador del partido. 
Mi padre mirando por encima de nuestro hombro comprobando que él es un maestro cojonudo que nos enseñó a jugar al ajedrez, pero no aprendimos lo suficiente y él sigue dándonos en los morros casi en cada partida. 
No hay manera de ganarle. 
Y yo me alegro. 
Así que, veamos, en la lista de lo que es la Navidad tenemos ajedrez y partidos de fútbol en la tele... 
Bien, bien, bien. 
Luego, claro, está el belén que monta mi madre con las figuras y lucecillas, y el árbol lleno de más lucecitas y más pelotas de colores. Mi hermano y yo reclamamos AC/DC en la musiquilla del árbol, pero en las tiendas de chinos sólo tienen tonadillas navideñas. 
Faena. Aceptamos a regañadientes siempre que el volumen de la tonadilla no pase los decibelios mínimos para que no se nos ponga cara de gilipollas navideño, carapadre y pagafantas. 
Faltaría más. 
Navidad es mi hija poniendo el árbol y el belén en mi propia casa... lo cual me permite revolver en la montonera de libros que tengo en el lugar donde va el árbol y descubrir unos cuantos que no recordaba que tenía. 
Es como si los regalos llegaran con anticipación y sin gastarme un duro. 
He rescatado del montón tres novelas de Tarzán, dos del Coyote, una biografía de Rommel, otra de Anthony Mann, un libro sobre el ejército soviético en la Guerra Fría, y dos joyitas para el cinéfilo: el libro El público nunca se equivoca, de Adolph Zukor, y The Complete Book of Scriptwriting, de J. Michael Straczynski... ¡con el guión completo de La llegada de las sombras, de la serie Babylon 5!
Caen casi todos esta Navidad o dejo de llamarme como me llamo. 
Por cierto, la Navidad también es leer. 
Mucho. 
Y perdonar lo imperdonable, si hace falta. Principalmente porque ya se ocupan los capullos de ponerse la soga al cuello ellos solos. Sólo hay que darles cuerda suficiente para que se ahorquen y obedientemente van y meten la cabeza dentro. 
No sería la primera vez, ni será la última. 
Así que decido aquí y ahora, aprendiendo de lo que me han enseñado los últimos dos años, que la venganza es cosa del diablo y no mía. 
Teimpo al tiempo. 
¿Qué no es la Navidad? 
Pues miren ustedes: comprar, regalos, zambullirse en las multitudes de la Puerta del Sol a comer uvas el día de fin de año, esperar que te toque la lotería, ver el coñazo de recital de Raphael que nos haya preparado este año la primera o la repetición de los capítulos navideeños de Los Simpson. Como alternativa, nosotros vemos o bien alguna entrega de Star Wars, si la ponen, o algún programa de música en el que haya heavy. Si no hay heavy, aceptamos jamonas bailarinas como alternativa viable, siempre que la canción no sea excesivamente moñas. 
El regalo es que tengamos gente con la que celebrar el asunto. 
Pero tampoco nos pongamos moñas.
Ni a belén pastores, ni la virgen se está peinando, ni las muñecas de famosa ya se acercan al portal... 
Highway to Hell y de ahí nos vamos arriba. 
La Navidad, para quien esto escribe, es eso. Pero, ojo, que nadie la use para hacer chantaje emocional y vaciarnos la bolsa o convertirnos en unas nenazas sentimentales y cagonas que tienen miedo de la soledad y lloran como perracas porque no tienen una legión de familiares dando saltos por los pasillos de la casa. 
Una de las putadas que tiene la Navidad es precisamente esa: que siempre nos falta alguien. Y más que nos van a faltar conforme pasan los años. 
Así que disfruten de las Navidades, porque son, esencialmente, una época para sobrevivir sin que te vendan la burra ni te atraquen emocionalmente. 

 

1 comentario:

Pablo Amigo dijo...

"Ver el coñazo de recital de Raphael que nos haya preparado este año la primera o la repetición de los capítulos navideños de Los Simpson"
jeje...