sábado, 28 de diciembre de 2013

LA MALDICIÓN DEL ALTAR ROJO, de Vernon Sewell


Especialista de la serie B británica y el fantástico más modesto, Vernon Sewell hizo del cine de explotación su territorio favorito tocando todos los géneros que se le ponían a tiro, e incluso pudo presumir al final de su carrera de haber dirigido a numerosas estrellas del terror y la ciencia ficción. Por ejemplo en La maldición del altar rojo puso delante de las cámaras a dos de los más notables iconos del género del escalofrío: Boris Karloff y Christopher Lee, añadiendo a la fórmula a Barbara Steele, diva del terror europeo que además ejerce de bruja satánica con los cuernos grandotes y afilados y un escote de vértigo. Añadan a eso que pudo quitarle la ropa a una de las rubias de plantilla de la Hammer Films, Virginia Wetherell, y no me negarán que el hombre puede estar friquisatisfecho de haberse ocupado de llevar a la pantalla esta adaptación del relato de H.P. Lovecraft Los sueños en la casa de la bruja.
            Producida por Tigon, que es la más modesta de las tres productoras que abordaron el terror en el cine británico de los sesenta y setenta (junto a Hammer Films y Amicus, que iban por delante), La maldición del altar rojo se rodó en 1968 y fue la penúltima película del gran Boris Karloff, sin el cual el género de terror sería simplemente inexplicable tal y como lo conocemos. 
 Hay quien piensa que la película es floja, y ciertamente puedeque vista desde la actualidad así lo parezca, pero conviene hacer un cierto viaje al pasado y recordar que en ese mismo año 1968 el terror estaba a punto de vivir la gran convulsión del Nuevo Terror que iban a desatar películas como La semilla del diablo, de Roman Polanski y La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero, aunque estas reescrituras del género no eran la tónica dominante en el cine terrorífico filmado en gran Bretaña en aquel momento, que se regía por la fórmula impuesta en las produccinoes de la Hammer Films con sus producciones sobre Drácula, Frankenstein, la Momia y compañía. Mirada bajo ese punto de vista, La maldición del altar rojo es una variante de éstas últimas, sujetándose a esa especie de canon para fabricar el miedo en el cine en el que dominan los decorados laberínticos con absoluto protagonismo de los interiores, los relatos básicos del terror con la anécdota estirada hasta el giro final, la presencia de sólidos actores que venden la fábula con una absoluta entrega a sus personajes defendiendo las numerosas secuencias de diálogo en plano contra plano que constituyen la columna vertebral de la narración y trabajando sus personajes como auténticas máscaras del género, en el mejor sentido de la palabra. 
 
            Lo grotesco y la intriga, la sugestión y la composición de planos abigarrados en interiores, constituyen la base de esta forma de entender la narrativa terrorífica que puedo asegurar en sus tiempos ejercía poderosa inquietud en los espectadores. 
 
Lo que ocurre es que nosotros hemos cruzado ya la frontera del Río Negro del terror y estamos al otro lado, en un territorio que este tipo de producciones no llegaban siquiera a imaginar. Pero mirada con perspectiva, esta película es un aceptable entretenimiento que sirve bien como testigo del terror que se hacía desde la serie B a finales de los años sesenta, en el que prima más lo pulp (no hace falta más que ver el ceremonial brujeril dirigido por Barbara Steele para pensar en las portadas de las revistas de quiosco con relatos terroríficos que poblaban el cómic en esas fechas) que lo realmente terrorífico, y donde el suspense sustituye al terror propiamente dicho, construyendo un tipo de narración inquietante que a muchos, desde la nostalgia, nos recuerda cómo se vivía el terror en aquellos momentos, mirando los espectaculares  dibujos de la atracción feriante del tren de la bruja, con erotismo de perfil bajo representado por aquellas féminas de vaporosos o semidestrozados vestidos y melenas al viento ejecutando o sometiéndose a inquietantes ceremonias ocultistas. 
Entretenida y más curiosa de lo que parece. Aunque vista desde hoy podamos pensar que podría tener mucha más caña terrorífica en sus ceremoniales y desenlaces, eso no respondía en absoluto al canon del cine de la época.  

No hay comentarios: