miércoles, 25 de diciembre de 2013

LA GUERRA DE AFGANISTÁN VISTA DESDE DENTRO: LOS PÁJAROS AMARILLOS, de Kevin Powers



Cada año intento pasar la tarde de Nochebuena leyendo un libro. Este año le ha tocado a una historia sobre la guerra de Afganistán, así que ahí va la tercera recomendación de libro de este blog para las vacaciones navideñas.
Mosul y  Tal Afar fueron los escenarios que llevaron a la guerra al autor de esta novela, un soldado más del ejército de los Estados Unidos desplegado en la zona. ¿Un soldado más? Quizá no. Esta novela dice lo contrario.
Lo primero que quiero aclarar es que no coincido con una de las frases promocionales de la solapa, por mucho que venga firmada por Tom Wolfe. No creo que esta novela sea “El equivalente de Sin novedad en el frente, sobre las guerras arábicas de Estados Unidos”. Además la frase no me gusta demasiado, porque esas “guerras arábicas” no son sólo de Estados Unidos. De un modo u otro han acabado por meternos a todos en el lío. Si dicha frase atiende a que son ellos los que empezaron la movida y nos arrastraron al charco a los demás, me vale. Pero en Afganistán no han luchado y muertos sólo estadounidenses, también han combatido tropas de otros países, incluyendo militares españoles. Así que la frase del señor Wolfe sobre las “guerras arábicas de Estados Unidos” me crispa un poco, más aún viniendo de uno de los grandes escritores estadounidenses salido además del mundo del periodismo. Durante más de una década los militares españoles han estado luchando en esas “guerras arábicas” que menciona el señor Wolfe. La guerra en Afganistán comenzó el 7 de octubre de 2001 con la Operación Libertad Duradera del ejército estadounidense, pero también con la Operación Herrick de las tropas británicas. La invasión la llevaron a cabo los Estados Unidos y el Reino Unido. A finales de diciembre de ese año, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas estableció la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF), con el objetivo de asegurar Kabul y las áreas próximas a la capital. La OTAN asumió el control de la ISAF en 2003, y en julio de 2009 la ISAF tenía desplegados en la zona cerca de 64.500 militares de 42 países, de los cuales 29.950 eran soldados de Estados Unidos. Así que al final esto es como lo de los espartanos en las Termópilas, que estaban los 300 de Esparta, vale, pero también otros 700 tespios, que no salen, o casi, en las películas, porque afearían las cuentas épicas del asunto.
Eso y que además la novela no me parece emparentada, ni de lejos, con Sin novedad en el frente, de Erich Maria Remarque, principalmente porque pienso que, como ocurre en el cine y la televisión, distintas guerras dan lugar a distintas muestras narrativas, según la idiosincrasia particular del conflicto que se aborda en las mismas. Y la guerra “arábica” en Afganistán no tiene nada que ver con la Primera Guerra mundial que aborda Sin novedad en el frente. De buscarle algún parentesco, lo haría con la guerra de Vietnam, y ni siquiera eso, porque para empezar el escenario geográfico y las fuerzas en conflicto son distintas. Por ejemplo, acudiendo al cine, digamos que su protagonista tiene mucho en común con esa especie de Ulises perdido en su vuelta a casa que es el personaje interpretado por Martin Sheen cuando comienza Apocalypsis Now, y tiene también mucho en común con esos otros Ulises perdidos en el camino de retorno desde la guerra al mundo cotidiano tan presentes en las historias sobre la guerra de Vietnam. Bartle, el protagonista, nos confiesa: “El vuelo entre Alemania y Estados Unidos era relativamente corto; el océano Atlántico era el último obstáculo que nos separaba del hogar, la tierra de la libertad, de los reality shos, de los centros comerciales y de las trombosis”.
Y más tarde habla casi como el capitán Willard interpretado por Sheen en Apocalypse Now:  “Lo normal se había vuelto extraordinario y lo extraordinario, aburrido. Y sobre lo que pudiera pasar entre lo normal y lo extraordinario, yo sólo sentía una confusión apática (…) Los fantasmas de los muertos llenaban los asientos de todas las salas por donde pasé (…) Seguí adelante porque sentía pánico de ser el único que no siguiera (…) Para entender el mundo y el lugar que se ocupa en él, hay que estar siempre en peligro de ahogarse…”
O, como le dice al protagonista su sargento, del que estoy todavía intentando decidir cuánto tiene del sargento Burns interpretado por Tom Berenger en Platoon, de Oliver Stone, aunque obviamente se inspira en algún personaje real que el propio autor conoció cuando estaba en el frente: “Sólo hay un camino a casa, soldado. Tienes que mantenerte anormal en esta puta mierda”.
Kevin Powers demuestra que se puede escribir novela bélica totalmente antibelicista, algo que ciertamente también hizo Erich Maria Remarque en Sin novedad en el frente, pero inevitablemente su poesía de la muerte está marcada por el tableteo de otras formas de matar: “Caminábamos por callejones, veíamos los restos mortales de los enemigos caídos en una emboscada y apartábamos sus armas con los pies. Rígidos y pestilentes, los cadáveres se pudrían al sol. Unos yacían en ángulos extraños, con la espalda ligeramente curvada sobre el suelo, y otros se habían dislocado en ángulos absurdos que convertían su descomposición en un eco de algún tipo de geometría morbosa (…). Más que desplegarnos, parecía que seguíamos la destrucción a medida que ésta se desplegaba (…). El hombre había sido un arma contra su voluntad. Lo habían capturado, lo habían asesinado, lo habían eviscerado, habían llenado de explosivos su cavidad abdominal, lo habían detonado, cuando estuvieron seguros de que lo habíamos visto y después, atacaron”.
Algunos de los monólogos del protagonista de la historia dejan claro que se puede hablar sobre la experiencia de la guerra sin mitificarla u otorgarle virtudes formativas hiperbolizadas de las que trágicamente carece, porque la guerra no forma, más bien deforma, no construye, sino que destruye. Necesaria o no, lo cual siempre es discutible dependiendo de desde qué punto de vista esté contada la historia o la inclinación política de cada cual, la guerra tiene como objetivo destruir al enemigo, privarlo de su capacidad de respuesta, dejarlo totalmente inerme ante nuestras propias fuerzas. No hay “guerras limpias”, no hay nada aséptico en la guerra y no hay forma de salir inmune de una guerra. Por eso hay que pensárselo tanto antes de meterse de cabeza en ese pozo de barro sucio que es la guerra. Y, eso sí, una vez dentro, intentar sobrevivir dejándose el mínimo pellejo posible en ello.
La noche que me alisté, estaba demasiado oscuro para que mi madre me viera”.
Ese tipo de frases que definen en pocas palabras todo un mundo de dolor y pesar relacionado con la guerra son la marca, el sello, la firma de Powers en este poderoso relato que a ratos transcurre como una balada de Bob Dylan llamando a las puertas del cielo y en otros momentos se despliega como un momento de acción estilo Kathryn Bigelow para En tierra hostil o La noche más oscura, que a día de hoy me siguen pareciendo las dos mejores películas sobre esas “guerras arábicas” de las que habla Tom Wolfe, acompañadas por la serie Generation Kill.
De día hacíamos guardia por turnos; dormíamos dos horas y cabeceábamos una detrás de nuestros fusiles. No veíamos enemigos; ni siquiera nos los imaginábamos por el rabillo del ojo; estábamos demasiado cansados incluso para eso”.
Finalmente una reflexión del protagonista que sin duda sale de las mismas tripas del escritor y su experiencia en combate, pero que puede valer para cualquiera que libra la pelea cotidiana con la existencia incluso sin pisar nunca un frente de guerra, porque en el fondo, la vida siempre es otra forma de hacer la guerra: “Nada aísla más que tener una historia especial; al menos eso es lo que pensaba en aquella época. Ahora sé que todo el dolor es el mismo”.

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