viernes, 8 de noviembre de 2013

OPERACIÓN PROTEO, de James P. Hogan

Ciencia ficción, hazañas bélicas, viajes en el tiempo, intriga… Todo eso y algo más ofrece esta novela de ciencia ficción con vocación de best-seller que haría un buen papel como base para una adaptación a la televisión en clave de miniserie en manos de, por ejemplo, alguien como J.J. Abrams.
Lo más interesante es su planteamiento del viaje en el tiempo: no puedes cambiar el presente viajando al pasado. Lo que ocurre es que puedes crear un universo o línea temporal paralela, dando lugar a acontecimientos que conforman un nuevo universo completo distinto a aquel del que partiste en tu viaje en el tiempo.
En la línea de asuntos abordados por Fringe, para entendernos. Pero situándose sobre todo en torno a acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, en torno a una conspiración organizada por un grupo que responde al nombre de Supremacía y puede desplazarse en el tiempo a su gusto, actuando de manera decisiva en el ascenso al poder de un Partido Nazi alemán desacreditado en 1926 viajando con una máquina del tiempo que es el Órgano Catedral, ubicado en Brasil en el año 2025.
El tema permite desarrollar además el subgénero de las ucronías, haciendo que la historia arranque en los Estados Unidos de 1975, cuando el presidente John Fitzgerald Kennedy envía una misión de viajeros del tiempo hacia el pasado para intentar frenar el avance del nazismo en su propia línea temporal. Afirma uno de los personajes de la novela que: “La pulsión central del hombre era construir y preservar. Los interludios de destrucción eran las aberraciones”. Aunque no coincidamos con esa idea, un tanto optimista (yo diría que la aberración en nuestra especie es la destrucción, es lo que se nos da mejor, y lo raro en nuestra conducta es la construcción y la preservación), la novela es curiosa sobre todo por su planteamiento de ciencia ficción, aunque flojee en el tema de intriga y sea algo dispersa en el tratamiento de un protagonismo coral mal equilibrado que la acerca en ocasiones en exceso al territorio del best-seller, sin contar con los atributos de las novelas superventas de gente como Dominique Lapierre y Larry Collins, o Michael Crichton, por poner ejemplos de la misma familia de planteamiento.
No es el Parque jurásico de los viajes en el tiempo y las ucronías sobre la Segunda Guerra Mundial, pero se acerca. De ahí que la parte más interesante me parezca la que habla de los viajes en el tiempo, detalles como el que explica un personaje cuando apunta: “Para volver a unirte al universo que dejaste, tienes que conservar la relación de sincronización. De lo contrario, si intentas entrar en su pasado, por ejemplo, lo que implica la capacidad para alterarlo, simplemente entrarás en una nueva ramificación en vez de volver a tu universo (…) No habrías vuelto al mundo que dejaste”.
            Eso elimina las paradojas temporales, pero además descarta la excusa de que nadie debe haber viajado en el tiempo porque no nos hemos enterado, ya que estaríamos hablando de un universo paralelo al nuestro.
            Así que, insisto, lo más interesante de la novela es esa mezcla de distopía, ucronía y viaje espaciotemporal. Lo más floto la parte de acción bélica. Lo más curioso la incorporación al relato de personajes reales, como Heydrich, Winston Churchill, Einstein, Roosevelt, Himler, Canaris… Hay incluso citas a Batman y Superman.
            La explicación final peca un poco de ser más propia de la novela de intriga estilo Agatha Christie, un ¿quién lo hizo? que abarca distintos momentos de la historia en distintas líneas temporales y resulta un tanto embrollado.
            Me quedo con una frase que me vale también para tenerla en cuenta con la actual oleada de cine de superhéroes de nuestros días: “La gente que cree que trabaja para superhombres tiende a confiar demasiado en ellos, en lugar de imponerse por su cuenta”.

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