domingo, 22 de septiembre de 2013

UNA CHICA DE BUEN VER, de Jim Thompson

Lo primero que llama la atención de Una chica de buen ver es la compleja relación entre el protagonista, Dusty, botones de un hotel, y su padre, que se ha convertido en una carga de la que no puede librarse, narrada en un tono cotidiano, incluso costumbrista, que a ratos parece sacarnos del paisaje de novela negra que marca el resto del relato. Totalmente creíble, esa tragedia cotidiana se mezcla con el personaje de Bascom, que ejerce como incógnita, con el hotel como telón de fondo o laberinto en el que se materializan los conflictos emocionales de los personajes.
            La muchacha que da título a la novela es la baza oculta y el comodín de Jim Thompson en esta especie de partida de poker con el lector. No aparece casi en la primera parte de la novela, donde se nos descubre el amasijo de problemas personales a los que se enfrenta el protagonista, ese botones del turno de noche cuyos pasos seguimos por el tortuoso camino que va a conducirle a uno de esos callejones sin salida en el que gusta meter a sus personajes el autor.
            En esta ocasión, al contrario que en otras novelas de Thompson, el monólogo tiene menos protagonismo, el personaje no habla con nosotros ni busca confesarse con el lector como en otras novelas, sino que es como si estuviéramos dentro de su cabeza, en todo momento. Así, no tenemos forma de escapar a lo que se avecina, estamos atrapados en su pesadilla.
            Nuevamente se repite el tema de la mujer como problema, habitual en la narrativa de este autor para satisfacer a los consumidores de novela negra desde la misoginia fabulada e irreal presente en la construcción de la mujer fatal, si bien en esta ocasión, curiosamente, la mujer es el principio y el final, el arranque y la solución del problema. Finalmente, junto al relato de evasión y enfrentamiento con la fémina y los matones, que en líneas generales sigue la misma pauta de otras novelas de Thompson, lo que realmente resulta interesante y aporta la clave literaria del relato es esa relación de Dusty con su padre, que presumiblemente es donde realmente se vuelca el interés personal de Thompson como escritor, por mucho que siga las exigencias del relato pulp y la serie negra en el resto de su planteamiento, adornándolas, eso sí, con esta especie de segunda lectura del verdadero conflicto del personaje principal. Queda claro porque además esa relación de sacrificio con su padre oculta el pasado crimen del joven para con su familia, la característica desvinculación o desnaturalización del hijo frente a los padres, la quiebra de la institución matrimonial y familiar que brilla como una constante de autor en todas las obras de Jim Thomspon, configurándole como uno de los mejores y más personales cultivadores del género policial según sus propias reglas, obsesiones y preocupaciones, que le convierten además en una especie de forense empeñado en hurgar en los territorios más oscuros de la sociedad estadounidense de su época. Thompson rasga así el velo de esa imagen de postal del “american way of life”. Ese crimen implica nuevamente a una mujer y las tendencias incestuosas del protagonista, que como todos los antihéroes de Thompson vive entre el no saber de dónde viene y no tener ni la menor idea de hacia dónde va. Ese crimen compone el telón de fondo en el que Thompson pinta sus propias pesadillas, vividas siempre por sus personajes en aguas moralmente pantanosas. De ahí que siempre encontremos en sus novelas ese momento de tentación y revelación de la corrupción del personaje principal que revela la verdadera naturaleza ambigua del mismo y que constituye al mismo tiempo su maldición.
            “Tendría que continuar como hasta ahora, apenas sobreviviendo día tras día. Tambaleándose, a través de un vacío gris que se volvía más gris y más vacío con cada paso que daba”.
            “Comer, dormir y trabajar, la suma de su existencia. Tendría que haber existido algo más, pero esa era la suma de su existencia”.
            Publicada en 1954, la novela  permite a Thompson volver a mostrar su habilidad para manejar ese juego de complicidad y conversación con el lector mucho mejor de lo que algunos directores del cine actual son capaces de conseguir en sus películas. Nos manipula descaradamente siempre, pero nunca de una manera tan descarada como en esta novela, donde resulta más fácil pillarle las vueltas. Sobre todo en el reencuentro con Marcia, que es un buen ejemplo de las tramas de seducción y mujer fatal que presiden el relato de novela y cine negro clásico filmado en Hollywood una década antes de la publicación de esta novela. Y después, en la recogida del dinero en el hotel, nos encontramos con un momento de cine puro sin filmar un solo plano.
            Sin embargo, las verdaderas intenciones del escritor para con este relato no quedan claras hasta que llegamos a la página 166 y surje plenamente el asunto de la Caza de Brujas de McCarthy, introducida como telón de fondo apenas percibido en el comienzo, pero que se apropia del mismo finalmente a través del pasado de Dusty y de su padre, con una crítica clara de Thompson: “¿Por qué? ¿Por qué había sido seleccionado para aquella maldición, para aquella desgracia sin fondo? ¿Y por qué no alguno de aquellos payasos bocazas, altos ejecutivos y patriotas profesionales, que habían sacado provecho de arruinar al viejo? El señor Rhodes habría dicho entonces que la historia se encargaría de ellos, pero eso todavía no había sucedido; todavía seguían volando alto…”.
            Escrito en 1954, este alegato y la posterior tragedia de las delaciones, es toda una declaración de principios de Thompson sobre el asunto.
            “Un hombre suele olvidarse de las cosas que no desea recordar. Claro que, recordando, va derecho y sin mirar, hasta cometer idéntica torpeza una vez y más”.
            Lo mismo que los países, lo cual es todo un aviso para navegantes…
            “Como se suele decir, si el perro no llega a pararse para poderse rascar, habría acabado por atrapar al conejo”.

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