sábado, 28 de septiembre de 2013

WESTERN: EL RETORNO DEL FORAJIDO, de Allen H. Miner y Oscar Rudolph

Protagonizada por Anthony Quinn y William Conrad, que luego sería célebre protagonista de la serie Cannon y además había destacado como secundario de las producciones del Hollywood clásico desde los años cuarenta, esta película rodada en 1957 es una pequeña joya para el aficionado a las historias que transcurren en la frontera entre Estados Unidos y Méjico y se enmarcan en el universo del western.
            Por un lado tenemos a Conrad, ejerciendo también como productor y proporcionándose un papel de sheriff empeñado en perseguir a un forajido, el personaje interpretado por Quinn, que ha huido a Méjico.
            Por otro tenemos a Quinn en el papel que mejor refleja su identidad como hombre de la frontera incluso en la vida real, a medio camino entre Méjico y Estados Unidos.
            Liberada de las ataduras derivadas de las producciones con los grandes estudios, esta película independiente, en cuya producción está además implicado Robert Aldrich, que sin figurar en los créditos participó en este largometraje justo después de dirigir una de sus mejores películas, Ataque, tiene todas las ventajas de poder explorar el género al que pertenece de manera distinta a la aplicada por las producciones más comerciales. Estamos por tanto ante un western atípico. Sin el maniqueísmo fariseo que caracteriza a otras producciones del mismo género producidas por los grandes estudios.
            Lo más interesante es el desarrollo de sus personajes, ajenos al estereotipo, o mejor aún, habitando en el territorio de los estereotipos pero sin participar de ellos. Desde el principio, el sheriff y el forajido, los dos protagonistas de esta fábula que como muchas otras del western es una historia de viaje, de carretera, en la que los personajes buscan encontrarse a sí mismos, consiguen ser más interesantes y cercanos porque no apelan a los códigos de presentación más tradicionales. El sheriff tiene miedo incluso cuando empuña su arma ante el forajido. Es un pobre hombre, un don nadie muy lejano al sheriff heroico o villanesco de otras tramas del western. La épica le queda tan lejos como al forajido, que sólo quiere quedarse en un pueblecito de Méjico, emborracharse con sus compadres y retozar con una muchacha del lugar. Él también es un pobre hombre. El viaje es la revelación de esos personajes, los indios que hostigan a los dos viajeros son la escusa para hacer que revelen su verdadera personalidad evolucionando como personajes.
La épica del lejano y salvaje oeste no tiene nada que hacer en este relato más bien intimista, árido y adusto incluso, sin salidas fáciles para los personajes, sin alardes heroicos ni momentos míticos. Todo lo cual ha hecho que esta película resista mejor el paso del tiempo que otras muchas rodadas en el seno del mismo género y en su misma época. Su premisa, el abordaje de la historia y de los personajes, le ha permitido mantenerse más actual. Más interesante, trabajando con toda la libertad que otorgan los bajos presupuestos. 
Redescubrirla hoy es acercarse a una manera diferente de entender el género estrella de la mitología del cine norteamericano en unos parámetros que son menos locales y más universales. Dicho de otro modo, es el tipo de western que interesa incluso a quienes no suelen ver western. Y por otra parte a los aficionados a este género nos proporciona otra prueba más de que hay mucho más incluido en el mismo que las fórmulas más tópicas de indios y vaqueros.
            Lo dicho: una pequeña joya que se basa en un argumento escrito para un episodio del programa de radio Gunsmoke que protagonizó el propio William Conrad. Es además uno de los trabajos más interesantes de Quinn que incluso puede tener segunda lectura en su biografía personal de mejicano en Hollywood buscando liberarse de todos los estereotipos. Ahí dejo uno de sus momentos más curiosos de esta muestra interesante del cine de frontera. 
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