lunes, 2 de septiembre de 2013

EL HIJO PRÓDIGO, de Richard Thorpe




      Estaba yo esta tarde tranquilamente intentando iniciar el mes de septiembre sin sobresaltos y me he tropezado con una copia de El hijo pródigo, película dirigida por Richard Thorpe en 1955.
            Bueno, en realidad no me he tropezado con el dvd propiamente dicho, sino que mis córneas han chocado frontalmente con la foto de Lana Turner vestida (es un decir) como Samarra, la suprema sacerdotisa del templo de Astarté en Damasco. 
 
            Y, claro, aún sabiendo que la película me iba a traer más bien al fresco, por ver a la fémina en cuestión se hacen los sacrificios que haga falta. Si al pobre protagonista, el serio Edmund Purdom, alias Micah, el hijo pródigo del título, la tal Samarra le pide que le regale la perla que Salomón le regaló a Saba a cambio de un revolcón, ¿quién soy yo para negarle algo más de hora y media de tiempo libre?
 
            Pues eso, que me puesto a verla y, tal como me temía, no me ha interesado lo más mínimo… excepto por Lana Turner.  Entran a saco en la parábola del Hijo Pródigo y la convierten en una especie de advertencia en contra del afeitado y la visita a las casas de lenocinio, más o menos. Todo eso, obviamente, sin privarse de mostrar numerosas féminas ligerillas de ropa al estilo de las fábulas bíblicas de Cecil B. De Mille, esos cuentecillos rijosos que bajo pretexto de estar difundiendo historia sagrada y mensajes morales no se privaban de exponer ante el ojo avizor de los espectadores todos los pecados por los que luego castigaban a sus sufridos protagonistas. 
 
            No quiero ni pensar lo que debía sufrir Cecil B. De Mille repasando el reparto femenino y el vestuario de estas peripecias bíblicas en las que Hollywood entraba a saco en el Antiguo y el Nuevo Testamento para reescribir a su mejor entender la historia sagrada. Me imagino que sufrió tanto como Richard Thorpe repasando la escena de Lana Turner desfilando camino del idolillo con un meneo de caderas poco pío pero sin duda notablemente estimulante para las córneas del respetable, que debieron de salir de la experiencia más mareadas que de un partido de tenis de Nadal contra Federer.
 
            Además he observado que en estas historias bíblicas de Hollywood casi siempre es posible sustituir judíos del Antiguo o Nuevo Testamento por colonos del lejano y salvaje oeste, de manera que a poco que nos descuidemos, fruto del localismo feroz imperante en la fábrica de sueños estadounidense ayer, hoy y mañana, la hacienda del padre del protagonista bien podría ser un rancho en la pradera y la ciudad de Damasco un equivalente de Dallas o cualquier otra ciudad fronteriza llena de fulanas, tahúres y pistoleros, a la cual llega el protagonista seducido por la protagonista, mujer fatal de la antigüedad interpretada con un estilo acorde al cartón piedra que la rodea por una Lana Turner que ni siquiera tenía que interpretar nada, porque a ella con aparecer delante de la cámara y entornar los ojos ya le valía para meterse al público en el bolsillo. Puro atractivo de animal cinematográfico, lo suyo.
            El diálogo tan ampuloso y sobrado como la propia historia, de cartón piedra como los decorados. Muy propio de esta especie de melodrama bíblico en el que el protagonista se pasa un 75 por ciento de la película más caliente que una estufa después de ver por primera vez a Lana/Samarra, y presa de priapismo mental se funde la herencia paterna intentando llevársela al catre. 
Esa intriga de corte erótico-festivo se les queda algo parca en elementos para una película de más de hora y media, se inventan un complot del sumo sacerdote de Baal y se sacan de la manga una rebelión popular que adereza con algo de acción la parte final del relato, construida de manera argumentalmente ridícula para incluir a toda prisa varias muertes, una fuga de prisión y una revolución, además del momento más hilarante y divertido de toda la película, la pelea del protagonista con un el muñecote de un buitre que canta la Traviata y, francamente, como efecto especial deja bastante que desear incluso para su época. Todo eso en un osario. 
 
            Dan ganas de ponerse a gritar: ¡Mata al pollo! ¡Mata al pollo!
 
            Me he reído un rato con ese momento mítico. Vamos que aquí nada de abrir las aguas del Mar Rojo como Moisés/Heston en Los diez mandamientos, y menos todavía tirar el templo impío en plan Sansón como hiciera Victor Mature en Sansón y Dalila. 
 
Eso sí, apuesto que el plumífero de pega de El hijo pródigo supera el león de peluche que le pusieron a Mature para pelearse con él cuando hizo de Sansón. 
He visto palomas más fieras  que ese buitre en mi barrio, ametrallando con sus excrementos al personal como auténticos Stuka de la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial.  
            ¡Memorable Purdom peleando con su pollo entre los huesos!
 

No hay comentarios: