miércoles, 28 de agosto de 2013

NOCHE SALVAJE, de JIM THOMPSON

El Chaval, nuevamente un protagonista menguado, un pobre tipo, aunque sea uno de los asesinos más buscados del país, y también uno de los más enigmáticos. Nadie conoce su rostro, pero por sus descripciones bien podría haberlo interpretado en el cine Mickey Rooney. Con cara de niño, cuerpo de niño, tuberculoso y escupiendo sangre. Pero letal.
            Otro maltratado de la galería de antihéroes de Jim Thompson, alimentado por el rencor y por las cenizas de los sueños de sus semejantes.
            Todo eso acaba por convertirle en títere del Hombre, un depredador del crimen que está por encima de él en la cadena alimenticia y le ordena que acuda a una pequeña localidad para asesinar a un testigo molesto.
            Y la mujer. Siempre ella. O mejor: ellas. La mujer, o las mujeres. Cherchez la femme. Un tópico de la novela y el cine negro que Jim Thompson eleva a la categoría de reflexión existencial sobre el complejo de Edipo de sus protagonistas, pringados y con mala suerte, todos, incluso los peores asesinos, pobres tipos, incluso con sus arrebatos de violencia psicópata.
            En el caso del Chaval, esa voz en off en cursiva, esa primera persona que se impone en el relato, sobreponiéndose incluso a la narración en primera persona para situar al lector en la privilegiada y terrorífica posición de entrar realmente en los pensamientos del asesino y compartir su angustia al tiempo que tememos su cólera. Siendo así estos para nosotros muchos más humanos. Pero también mucho más inquietantes. Tememos esa comunión entre lector y asesino. Pero al mismo tiempo no podemos evitar sentirnos atraídos por ella. Es siempre esa la clave de las novelas de Jim Thompson. La manera en la que Thompson nos presenta al monstruo que todos llevamos dentro.
            La motivación es la misma que preside las acciones de todos sus personajes: “Tenía que trabajar en las minas. Y cuando un hombre tiene que hacer algo, lo hace. Pero no por eso le resulta más fácil. Incluso podría decirse que le resulta doblemente difícil. Uno no es valiente, noble, desprendido o cualquiera de esas cosas que todo hombre quiere creer que es. Uno no es más que una rata acorralada, y con el tiempo empieza a comportarse como tal”.
            Ese pesimismo social que corre por las venas de todas las novelas de Jim Thompson impregna también esta historia de intriga y asesinato en la que una vez má conocemos los hechos a través de la mirada del asesino, un tipo despiadado con buenos modales.
            Ojo a la repetición de una misma fórmula en todas las novelas de Jim Thompson. Porque en el fondo los grandes creadores siempre están contando la misma historia con variantes. Su historia. Una historia protagonizada siempre por la muerte: “Lo problemático de matar a alguien es que resulta muy fácil. Al final uno llega a hacerlo sin pensar. Uno lo hace en lugar de pensar”.
            Y así es como el asesino del relato empieza a acercarse a nosotros, y abusando de su papel como protagonista, incluso se gana nuestra simpatía, antes de convertir toda esa empatía en inquietud y rechazo cuando revela su verdadera naturaleza: “Una mujer iba a subir al vagón, y le di en los pechos con el codo, tan duro que a punto estuvo de caérsele el bebé que llevaba en brazos. Y ella tuvo suerte, también, pero quizá el niño no. Quizá hubiera sido mejor para él caer bajo las ruedas y punto final”.
            Añadan a todo eso una especie de cameo del propio escritor estilo Hitchcock, convertido en una especie de deidad creativa, geniecillo caprichoso o diosecillo que facilita el refugio final a su protagonista en unos párrafos finales alucinatorios, un ente perverso que crea a sus personajes y afirma: “Sí, existe el infierno, amigo, y no hace falta excavar para dar con él”.
            Añadan a eso una de las mejores y más sencillas del acoholismo o cualquier otra adicción, que quizá valga también para definir cómo viven algunos sus vidas: “uno va tomando de la botella. Pero al final es la botella la que manda”.
            Y finalmente añadan una pincelada de humor negro: el protagonista concibe la manera de cometer el asesinato mientras escucha misa dominical en la iglesia.
                Todo esto, y mucho, mucho más, en una de las mejores novelas de Jim Thompson. Noche salvaje.

1 comentario:

Carnivex dijo...

Maldita sea. Qué vida. Hace años fui un lector joven y fiel de Acción, hasta que el librero de mi pueblo decidió jubilarse y cerrar el chiringuito, dejándome sin carteles, fichas de películas y las respuestas de Payán a los lectores. Y aquí estoy ahora, buscando información sobre la última novela que acabo de leer de Thompson, Noche salvaje, y me doy de bruces con este blog, al que seguiré hincando el diente. Se despide:

Un nuevo lector.