domingo, 14 de julio de 2013

CUCHILLADA EN LA OSCURIDAD, de Lawrence Block



Un asesino en serie que sembró el terror en Nueva York nueve años atrás matando con un piolet a varias mujeres se confiesa culpable de todos los crímenes, menos de uno, el asesinato de una joven casada que estaba embarazada, para el cual tiene una coartada infalible: estaba detenido en el momento en que se cometió el crimen. El padre de la muchacha pide ayuda a un ex policía alcohólico. Pero hay un problema: como afirma el propio Scudder:
“No me puede contratatar. No soy un investigador privado. Ellos rellenan impresos. Escriben sus informes por triplicado, entregan justificativos de sus gastos, declaran a Hacienda, hacen todas esas cosas y yo no”.
“Entonces, ¿qué es lo que hace, señor Scudder?”
“A veces le hago un favor a una persona, y a veces esa persona me da dinero . Como una manera de devolver el favor”.
Y así es cómo Scudder entra en la investigación del caso del Asesino del Piolet, o mejor dicho, del asesinato de la única mujer que no mató el asesino del piolet.
Siguendo las huellas de lo ocurrido 9 años antes, cuando las pistas ya se han enfriado y todo indica que será imposible esclarecer un caso que la policía ni siquiera se plantea reabrir.
De testigo en testigo. De bar en bar. De bourbon en bourbon.
Intentando convencerse de que está haciendo lo correcto.
Y de que no es un alcohólico.
Scudder es una de las mejores creaciones de la novela policíaca de uno de los principales escritores que, como explica el breve texto introductorio de la edición de Ediciones Júcar publicada en 1991 en su colección Etiqueta Negra, se encargó de continuar el trabajo de los grandes maestros del génro, Raymond Chandler, Ross McDonald, Jim Thompson. Lawrence Block consiguió ser uno de los más destacados cultivadores de la novela policíaca y trasladar la ciudad de Nueva York como un personaje más a sus páginas de intriga, investigación y pinceladas de serie negra.
Scudder tiene además la ventaja de ser una adaptación muy hábil de la fórmula del whodunit, las novelas de ¿quién lo hizo? que cultivaran autores como Agatha Christie, Conan Doyle o G.K. Chesterton, al entorno urbanita moderno norteamericano, otorgándole características de procedural y proporcionándole con el alchololismo de su protagonista una visión de la realidad que tiene la virtud de meter sus relatos de investigación en un nivel más alto de peripecia existencia truncada.
Sus novelas se leen como diálogos de un guión, saltando de un interrogatorio a otro, pero sin por ello privarnos de momentos descriptivos de alta literatura. Su clave esencial es una aparente sencillez, una verdad que late en cada frase de reflexión del protagonista en primera persona tanto como en los diálogos de algunos de los testigos a los que interroga haciendo esa reconstrucción del pasado que tan esencial es en todo relato de intriga policial, donde los personajes, tarde o temprano, han de hacer frente a lo que pasó y aceptar las consecuencias de sus actos.
Y sobre todo eso, la magia de las palabras que le permite a Block describir el estado de ánimo y todo el complicado rompecabezas mental y existencial que afronta su protagonista con tan sólo un puñado de líneas, como en al párrafo que abre el capítulo cinco:
Paré en recepción cuando llegué a mi hotel. Ningún correo, ningún mensaje. Arriba en mi habitación, rompí el sello de una botella de bourbon y eché unos dedos en un vaso. Me senté ahí un rato ojeando una edición rústica de Vida de Santos. Los martirios me tenían fascinado curiosamente. Habían encontrado una variedad tan rica de maneras de morirse”.
Scudder es un mártir moderno con mala suerte. Un mártir que intenta purgar las culpas de sus propios actos autodestruyéndose. Lo cual no le impide resolver algún enigma por el camino. Aunque las más de las veces su castigo por esa presunción sea no salvar a nadie, sino incluso  hundir la vida o crear más víctimas como consecuencia de sus intentos por recomponer el pasado.
Quienes tuvimos la suerte de ver una de las mejores películas policíacas de los ochenta, 8 millones de maneras de morir (Hal Ashby, 1986), sabemos que el cine ya encontró a su Matt Scudder perfecto en Jeff Bridges, aunque la película fuera una adaptación muy libre de la primera novela del personaje escrita por Block que incluso trasladó la trama original de Nueva York a Los Angeles, cambiando radicalmente todo, porque, como bien saben los aficionados a las historias policiales, las ciudades son un protagonista más de las mismas.
A pesar de esos cambios, la película de Asbhy era muy buena. Tanto como Bridges interpretando a Scudder, y por eso es imposible leer Puñalada en la oscuridad sin imaginar al actor recitando en voz en off las frases que mejor definen a este atípico detective con el que todo aficionado al relato policial debe cruzarse, líneas como: “Habia bebido lo justo, para cambiar. No tanto como para estar ciego o perder la memoria. Pero lo bastante como para dormir sin sueños”.

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