sábado, 4 de mayo de 2013

TRAMPA MORTAL, JOYA DEL CINE DE MAZMORRA dirigida por TOBE HOOPER



El otro día andaba  de caza como un dinosaurio ocioso buscando presas en los cajones de películas de un quiosco que Bilbao cuando me tropecé con una película a la que tenía ganas de meterle mano desde hace tiempo, Trampa mortal (Eaten Alive), de Tobe Hoooper, una pequeña joya del cine de mazmorra fechada en 1976 que no tiene desperdicio.

El argumento es sencillo: un psicópata regenta un motel perdido en un bosquecillo que incluye un zoo con sólo dos animales, un mono moribundo y un voraz y gigantesco cocodrilo…  

Obviamente el cocodrilo es una figura del caos, de lo imprevisible, de todo aquello que no podemos controlar y que nos controla, lo que convierte el aparentemente simple argumento de la película en algo más.

¿Y el mono? ¿Qué pasa con ese mono moribundo?
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Trampa mortal es perfectamente reivindicable como el Esperando a Godot del cine de terror de los setenta, una tragicomedia histriónica y narcisista que parodia la topografía del terror de los años setenta como si de repente a Valle-Inclán hubiera cambiado la pluma por un cuchillo jamonero para reescribir las normas del esperpento a ritmo de degollina. Tobe Hooper hace gala del hedonismo más impúdico y exhibicionista para pasar el género que le hizo famoso por el filtro de la sátira, y aunque la mayor parte de los espectadores puedan pensar que están viendo una chapuza en toda regla se equivocan.

No es que la película no sea una chapuza. Muy al contrario: es una chapuza en toda regla, pero perpetrada con alevosía y nocturnidad, esto es: a propósito.

Descarada y gamberra. Vocacionalmente chapucera, como bien indican esos cambios bruscos de tono en el color (la llegada de la primera víctima al motel), esa sombra del micro en la pared (en la entrada de la pareja con niña en la habitación), esos saltos de eje en la conversación entre el padre interpretado por Mel Ferrer y el sheriff al que da vida Stuart Whitman (imitando descaradamente al Duque, John Wayne, en esa actitud de padre protector de la rubiales desprotegida), o esa muerte con el cuello atravesado por la guadaña con la víctima sujetando torpemente los extremos de entrada y salida de la hoja del cuello para simular un efecto de decapitación a media asta, no del todo completado, chapucero, del todo a 1 euro… 
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¿Y qué decir de esa banda sonora con vetustas y polvorientas canciones country que casi acaba en corrido mejicano, huella de la identidad tejana de este esperpéntico viaje a las claves más peregrinas del género de terror que tanto nos recuerda los disparates del inefable Capitán Spaulding y sus muchachos en La casa de los mil cadáveres y Los renegados del diablo de Rob Zombie…?

¿Y qué pasa con ese mono enjaulado que aparece al principio de la película y se muere sin más, puro Esperando a Godot cruzado con el esperpento de Valle? Un mono que por cierto no tiene ni siquiera un lugar reservado en los créditos finales, al contrario que el perro Scuffy, lo cual debo decir me parece una inexplicable muestra de segregación contra los simios.

Esta pesadilla del etalonaje que responde por el título original de Comidos vivos, se come vivo el género de terror, lo mastica y lo escupe con la misma facilidad con la que el cocodrilo invitado al ágape de este disparate para comerse a casi todos sus protagonistas. Porque además estamos en un ejercicio de protagonismo coral que también me recuerda mucho los planteamientos de las dos películas dirigidas por Rob Zombie que he citado, tan dadas al protagonismo compartido.

Por si todo lo anterior se quedara corto, Hooper se permite además el lujo de hacer una parodia de Psicosis donde cambia al afectuoso Norman Bates de Anthony Perkins por un viejo cascarrabias con pata de palo que parece escapado de las viñetas de los cómics de terror que nos hicieron a muchos adictos al género. Interpretado por Neville Brand, un tipo con cara de malo inevitablemente encasillado como villano en el Hollywood dorado, interpreta a esta criatura digna de las viñetas truculentas de la E.C. Comics o de las revistas Eeerie (que en España conocimos como Rufus), o Creepy (que tuvo su mejor adaptación española en Vampus, sin duda), Dossier Negro, etcétera. 
 Dicho sea de paso, este referente de las publicaciones de terror en viñetas es esencial para entender por qué creo que Trampa mortal es mucho más que la chapuza que puede parecer a simple vista y si la miramos sólo desde la superficie.

Es la capa más exterior de la cebolla lo que resulta chapucero. Porque en su interior lo que anida es una parodia del género de terror que enlaza perfectamente con el estilo de las revistas citadas, cuna de las tramas de miedo que han acompañado la infancia y la juventud de muchos aficionados al género, esas publicaciones que despertaron con su osadía de revulsivo social para el sueño americano las iras del psicólogo Frederick Wertham y las asociaciones de padres dispuestas a erradicar del ocio de los adolescentes norteamericanos las grotescas pesadillas de los cómics de terror de la E.C. 


Trampa mortal tiene ese mismo carácter de disparate rebelde y osado que en su afán por echarse unas risas y contar lo que le da gana no duda en prescindir incluso de las normas más esenciales del ritmo en el guión, la creación de intriga o la forja de sustos.

Es un espíritu libre que hace en todo momento lo que le da la gana y reta al espectador desde la primera secuencia de la fábula, con esa declaración de principios del personaje interpretado por Robert Englund en el burdel, que es toda una cínica sátira del director sobre la explotación del sexo en el cine de terror: 
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Y de ese modo se convierte en título de culto, una reina en el cine de mazmorra, ese cine que sólo se puede ver atado con cadenas a la pared de una profunda celda, rodeado de instrumentos de tortura y acusado de algún pecado inconfesable por la inquisición de la corrección política y la intelectualidad vigente.

Reos del terrible pecado de pensar lo que nos da la gana.  

Tobe Hooper parodia con alevosía y nocturnidad el género que contribuyó a cambiar con La matanza de Texas, y para ellos se sitúa en el extremo opuesto de las posibilidades del mismo, escapando al tono documental que caracterizara aquella terrible visita a la familia de caníbales para entregarse en los brazos de las convenciones del terror de serie B más corrosivo y el miedo de viñetas ya mencionado como si con ello pudiera zafarse de ese pasado terrible e inquietante tejido en su matanza tejana para entregarse al disfrute más gamberro y superficial del terror inofensivo, tal como demostrarían sus posteriores trabajos en los años setenta, pura explotación comercial del género que no obstante incluye algunos de los momentos más turbadores del género en películas como la spielbergiana Poltergeist, el homenaje a las producciones de la productora Hammer que fue Lifeforce o su remake del clásico de la ciencia ficción de los cincuenta Invasores de Marte.

El ingenio improvisado de esta farsa rodada con presupuesto irrisorio, unos 520.000 dólares, incluye algunos momentos que no dejan lugar a dudas sobre la intención satírica de la propuesta, como esos primeros planos del pecho y el trasero de la compañera de catre del macarra interpretado por Robert Englund, posteriormente célebre por su papel de Freddy Krueger en Pesadilla en Elm Street, o la broma de la hermana de la chica perdida que se quita la camisa, enseña los senos y se la vuelve a poner para asistir al desenlace de la trama entre gritos y carreras. Igualmente esa negación a crear suspense en los ataques del cocodrilo, apenas un año después de que Steven Spielberg revolucionara las taquillas arropado por la música de John Williams, anticipatoria de los ataques de su Tiburón… 
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Neville Brand deambula enajenado y hablando solo seguramente improvisando buena parte de su diálogo, cual si de un anticipo del coronel Kurtz de Marlon Brando para Apocalypse Now

Y en cada asesinato Tobe Hooper mantiene la mirada distante negándose a tirar de las herramientas del género para generar suspense en la persecución de la niña bajo la casa o en esa escena final de la niña gritando, la madre intentando soltarse de su trampa en la cama, Englund fornicando con su chica y Brand sentado en un sofá, mirado desde un plano en picado que completa el distanciamiento de todo lo que está ocurriendo…


Lo dicho: una reina del cine de mazmorra que esconde mucho más en su interior de lo que puede advertirse a primera vista, incluyendo un guiño de Hooper a la paleta de colores de su casi tocayo, el pintor Edward Hopper, por la vía del extremismo disparatado.









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