viernes, 17 de mayo de 2013

LA CIENCIA DE SHERLOCK HOLMES, de E. J. Wagner

Algo más flojo de lo que me esperaba, y sobrándole en mi opinión los párrafos de las novelas de Sherlock Holmes por un lado, incluye algunos temas interesantes. A ver, tampoco esperaba un tratado de historia sobre criminología ni nada parecido, pero el título es tan prometedor y va tan sobrado que uno esperaba más despliegue de temas jugosos, cuando en realidad se queda en la mera anécdota narrada como con prisa, pasa muy por encima y por el exterior de algunos de los asuntos que aborda.

A pesar de todo eso, deja claro lo fácil que ha sido y me temo que todavía es que te acusen de un crimen que no has cometido, te juzguen por ello de forma deficiente y acabes condenado a muerte si el país en el que has tenido la mala suerte de ir a caer está todavía en la era de la barbarie que la pena de muerte significa.

Si algo me ha quedado claro después de leer el libro y ver cómo tipos expertos en balística o huellas, o consagrados como auténticas eminencias de la criminología o la medicina legal en un territorio concreto, se atreven a emitir juicio sobre grafología o cualquier otro aspecto que no dominan, con terribles consecuencias para los acusados, en algunos casos inocentes, lo más prudente y aconsejable es eliminar la pena de muerte de la panoplia de castigos que puede aplicar la sociedad a los delincuentes, porque es excesivamente fácil y sale demasiado barato meter la pata en un tribunal  y condenar a un inocente.

Otra cosa que me ha quedado clara es que la humana es una especie trágicamente hipócrita. Me ha hecho gracia por ejemplo que robar un cadáver fuera en su momento una falta mientras que robar ropa era un delito penado con castigos severos, lo cual que algunos de los traficantes de cadáveres que suministraban cuerpos para hacer prácticas médicas se preocupaban en primer lugar de quemar la ropa.

Otra de las curiosidades incluidas en el libro son la creencia en el Hueso de la Luz, según algunos autores situado en el coxis y que serviría según algunas creencias religiosas para reconstruir el cuerpo del fallecido en el Día del Juicio Final, el juicio por brujería a una mujer británica, Helen Duncan, en plena Segunda Guerra Mundial, las claves esenciales recomendadas por Conan Doyle a través de Sherlock Holmes para sacar adelante una investigación (Observación perspicaz, datos precisos, aplicación de un método reiguroso), la lista de médicos asesinos que demuestra que no hay profesiones elegidas y me confirma mi perplejidad ante esa pose de superioridad que tienen algunos galenos, totalmente incomprensible y que encaja mal con Hipócrates (la lista: Pritchard, Cream, Palmer, Warden, Waite, Crippen, pueden aprenderla de memoria para recitársela a cualquier matasanos que se ponga prepotente y sobradillo con ustedes o les trate como si fueran niños o gilipollas cuando van a preguntarle algo sobre algún pariente enfermo…), la interesante idea de que lo que no ocurre es tan interesante como lo que ha ocurrido a la hora de resolver un enigma, el Principio de Intercambio de Edmond Locard y el aviso incluido en su Tratado de Criminalística: “Resulta imposible para el malhechor actuar con la intensidad que entraña la acción criminal sin dejar rastros”…

Una lectura entretenida y en algunos párrafos incluso reveladora.

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