domingo, 24 de febrero de 2013

ÚLTIMO TREN A KATANGA, de Jack Cardiff

Esta tarde, después de ver al Chelsea perder con el Manchester City por 2-1, lo cual le pone ya imposible pelear por la Premier, he repartido el tiempo entre devorar unas cuantas páginas de una novela de la que tarde o temprano hablaré en este blog si el planeta no choca antes con un meteorito, y ver Último tren a Katanga, dirigida por Jack Cardiff en 1968 adaptando una novela de Wilbur Smith.
Siempre que veo esta película me pasa lo mismo: así, vista desde fuera, tiene buena pinta. Un argumento interesante: mercenario blanco al mando de unos soldadso del Congo lanzados al rescate de unos diamantes en tren frente a nos rebeldes que matan, descuartizan e incluso devoran todo aquello que les sale al paso. Misión imposible al canto. Tiene también un reparto curioso, con  Rod Taylor y Jim Brown al frente del asunto secundados por Kenneth Moore.

Y el caso es que durante casi todo su metraje funciona más o menos bien. Pero, amigos, llegados al desenlace, les arrea a los guionistas como una especie de ataque de buenrrollismo y se marcan un tercer acto que se carga todo lo anterior. Da la sensación de que les hubieran entrado las prisas por cerrar el asunto rapidito, eso sí, sin prescindir de subirse al púlpito y soltarnos una especie de discursito sobre lo mal que se ha portado el hombre blanco con África y sus gentes que es pura obviedad. Esa mala conciencia que les entra a última hora procederá de la novela o no, pero me da lo mismo. Tal como la resuelven resulta peor que no haber mencionado nada sobre el asunto, o montárselo de manera más sutil, sin ser tan machacones, algo que por ejemplo sí hicieron los guionistas de Patos salvajes.

El caso es que con el discursito y el lloriqueo final se cargan totalmente el personaje de Rod Taylor, y de paso se llevan por delante la propia película, porque no tienen un desenlace suficientemente potente para ponerse a la altura de las expectativas creadas en su primera hora y pico de metraje. 
Esa llorera de Rod Taylor con el sargento Rufo... que parece que fueran a casarse, coño. 
 
Ah, bueno, y no se dejen engañar por la pirotecnia cartelera ni la potencia de fuego promocional: la acción dosificada, más bien justita. Y la rubia no coje una pistola en toda la película, a pesar de que habría sido una gran idea. Ella, Yvette Mimieux, está ahí para decorar, más o menos. Así en plan fémina abnegada. Un coñado de personaje, vamos. 
 
Lo dicho: siempre me deja con el regusto amargo de lo que podría haber sido y no fue.
Quizá es que soy demasiado exigente y siempre estoy acordándome de maravillas como Los profesionales o Doce del patíbulo, pero vamos, que aquí me habría conformado con que se lo montaran tan bien como los responsables de Ha llegado el águila o Comando en el mar de China, por poner dos ejemplos. 
Ahí dejo el prometedor comienzo y el promtedor trailer... Promesas, promesas...
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