domingo, 13 de enero de 2013

TORMENTA DE HIERRO, de Graham McNeill

Mézclese la guerra de Troya con la resistencia espartana en las Termópilas y añádase el universo Warhammer 40.000. Agítese durante cinco minutos y sale una de las mejores integrantes de la colección de novelas de asedio que suelen estar habitualmente entre lo mejor que produce este tipo de narrativa de ciencia ficción mezclada con el terror y la fantasía.

            En Tormenta de hierro, Graham McNeill toma como protagonista de la trama a un grupo de personajes de ambos bandos. Sitiadores y sitiados se convierten así en el protagonista coral de esta novela que tiene la mejor característica de la que pueden presumir las novelas del universo Warhammer 40.000: no hace concesiones ni a las subtramas románticas (simplemente no existen, no están en la ecuación, lo cual, si me permiten decirlo, es un descanso: nadie se enrolla con nadie, estamos aquí para otra cosa, señores…), ni al reparto de protagonismo y antagonismo (los villanos pueden ser, y de hecho lo son en muchas novelas, tan protagonistas como los héroes, de hecho, leyendo estas novelas uno acaba por convencerse de que villanos son todos, tantos los que se dejan arrastrar por el caos y la disformidad como los que supuestamente defienden el orden a base de masacrar todo lo que se les ponga por delante, esto es, los guerreros que defienden el Imperio de Terra, liderado por un emperador cadáver al que mantienen apenas vivo artificialmente). Teniendo en cuenta estas características, lo único claro que debe tener el lector cuando empieza a leer una novela de Warhammer 40.000 es que cualquier cosa puede suceder y debe olvidarse de lo previsible y los finales felices.

Tormenta de hierro narra el asalto a Hydra Cordatus de los marines del caos del capítulo de los Guerreros de Hierro liderados por el Forjador de Armas.

En el otro bando, el de los defensores de la fortaleza, el castellano Vaubam, intentará resistir el asedio durante los 100 días necesarios para que puedan recibir ayuda.

Y en el centro de esa batalla, Hounsou, un mestizo del caos rechazado por sus propios compañeros; Julius Hawke, 25031971 Sigma, un guardia imperial de mala fama cuando se produce el primer ataque que podrá redimirse sirviendo a los defensores; Larana Utorian, una prisionera que intenta sobrevivir en la masa de esclavos controlados por las hordas del caos, entre los más de 5000 prisioneros que van camino de ser masacrados por los cañones de Tor Christo; Amaethon, el corazón latente de la ciudadela asediada, que ha pasado más de seis siglos conectado a la misma controlando sus escudos y el resto de sus funciones desde un cavernoso laboratorium subterráneo; el comandante Leonid (un eco del Leónidas espartano que resistió con sus hombres en las Termópilas, porque McNeill no sólo no reniega u oculta su fuente de inspiración, sino que incluso hace constantes guiños sobre la misma en los nombres de algunos personajes, situaciones, etcétera), que tendrá que liderar a los resistentes en el enfrentamiento final, cuando parezca que todo se les ha puesto ya en contra y toda esperanza de poder salvar el tesoro que esconde la fortaleza de Hydra Cordatus se ha perdido.

¿Qué cuál es ese tesoro?

Para eso hay que leer la novela. Y pasar unos cuantos buenos ratos siguiéndole la pista a éstos y otros personajes, en una lectura que nos llevará a ser espectadores de la última batalla del Dies Irae, un titán clase emperador contaminado por el caos y lanzado contra la fortaleza de Hydra Cordatus para masacrar a sus defensores.

Una novela épica con cualidades muy cinematográficas.

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