jueves, 6 de diciembre de 2012

EL MONSTRUO MAGNÉTICO, de Curt Siodmak

 “¡Los componentes de A-MEN son detectives licenciados en ciencias! Los criminales que perseguimos son a veces invisibles para el ojo humano, como las radiaciones del espacio exterior o las partículas que están prisioneras en las profundidades del corazón del átomo”. 
 A ver quién es capaz de dejar de ver una película después de que te suelten en las primeras frases del diálogo esa fricada.

            Pues nadie. Y yo tampoco.

            Jueves tarde. Día de Fiesta. La Constitución. Y me enchufo en el ordenata una película a la que tenía ganas de meterle un tiento de córnea desde hace tiempo: El monstruo magnético, dirigida por Curt Siodmak en 1953.

            La cosa empieza cuando descubren: ¡2280 desintegraciones por minuto en una muestra de aire!

            Ni la menor idea de lo que eso pueda significar, porque el día que explicaron ese asunto en la clase de ciencias yo debía estar ausente, mental o físicamente, vaya usted a saber, pero el caso es que dicho así, y tratándose de asuntos de ciencia en una película de terror y ciencia ficción de los años cincuenta, la cosa siempre nos hace temernos lo peor de lo peor.

            Para eso hemos pagado la entrada o el dvd, digo yo.

            Para que les pasen cosas malas a los pringados de los protagonistas. 
 

            Por ejemplo que al dueño de una tienda de electrodomésticos se le paren los relojes, se le magneticen las sartenes y se le pongan a bailar la conga las puertas de la lavadoras.

            ¡Y además la apiradora anda por su cuenta y riesgo!

            ¡Alguien ha cargado mi tienda de fuerza magnética! ¡Llamemos a la policía!
 
¡Terrorífico!
            Y ni siquiera te tienes que gastar mucha pasta en efectos visuales.

            Tampoco hace falta que el guionista se rompa mucho el cráneo, no le vaya a doler la cabeza.

            La caza de la materia radiactiva ha comenzado. Y como dice el protagonista, la policía disparará a matar.

            El pobre dueño de la tienda está convencido de que la culpa de las radiaciones que han invadido su establecimiento la tienen los “artículos modernos”, esos electrodomésticos tan caros. Si el pobre viviera en el mundo de hoy se quedaría pasmado de la cantidad de radiaciones que nos comemos cada día sin pestañear. 
 

            El guionistas tira de la Teoría de Newpol sobre el magnetismo unipolar (todos los elementos desequilibrados, sólo un polo, norte o sur, sin gravitación) y todos tan contentos.

            Además podemos ver tecnología de los cincuenta, que en aquel momento era casi elemento de ciencia ficción, como el cerebro electrónico que analiza las muestras de las partículas del elemento radiactivo descubierto por los científicos protagonistas.

            Y el sistema de análisis responde por el nombre de MANIAC… (Máquina Analizadora Númerica Integrada por Computador.

Y avisan de que emite sonidos extraños mientras trabaja.

            En serio,  esto tiene mala pinta. Se masca la tragedia.

            La descripción del proceso de análisis de las muestras me recuerda esas películas de cine negro en su vertiente procedural en la que se empeñan en demostrarte y explicarte los medios que tienen las fuerzas de seguridad del Estado para descubrir asesinos, amenazas o similar, y poner remedio a las mismas en plan paternalista, estilo el Gran Hermano te vigila.

            Casi dan ganas de ponerse del lado del elemento radiactivo fugitivo que están buscando con tanta maquinita de nombre rebuscado.

            Porque lo más curioso de la película es que tanto a las máquinas que buscan como al elemento que intentan localizar se les humaniza como héroes y villanos en el guión, que tiene todo el estilo de una intriga policial, antes que el de una peripecia de terror y ciencia ficción de las que hacían furor en el cine de esa época.

            Un ejemplo: “Una y quince de la madrugada. Se utilizaron todos los medios de comunicación para informar a la población de la ciudad de que un peligroso elemento radiactivo andaba suelto”.

            El elemento magnético responde por el nombre de cirinio.  Y como advierte el científico abuelete que ha manipulado el elemento, con la voz del señor Banks de Los Simpson doblado al castellano, dicho sea de paso: “está hambriento, necesita alimento a todas horas. Si no extenderá su brazo magnético, echará mano a lo que encuentre y lo matara. Es un monstruo. En la investigación nuclear no hay lugar para lobos solitarios”.

            ¡Toma ya!

            La mayor parte de todo eso contado en voz en off por el protagonista durante todo el metraje, en plan novela policíaca.

            Y con una explosión invertida: ¡una implosión!

            Nos lo cuenta un personaje, claro, porque no hay dinero en el presupuesto para enseñarlo.

            Cosas de la serie B, siempre tan sufrida. ¡Qué sería de ella sin los diálogos socorridos!

            Por eso después de 40 minutos de metraje seguimos sin ver al monstruo magnético del título, el elemento propiamente dicho. 


            Eso me hace pensar que en la mayor parte de los casos, esto de ver películas de serie B es en parte una cuestión de fé: tienes que creer en lo que no ves. Y ya de paso inventarte lo que no te enseñan.

            Hasta que ¡voilá!: nos enseñan al monstruo del título, una partícula microscópica… altamente implosiva, hambrienta y por lo que se ve asesina. 
 

            Demasiado verbo para mi gusto en toda la película. Demasiada voz en off. Mucha intención documental para explicar el miedo patológico a la ciencia, y al mismo tiempo la contradictoria confianza en los medios científicos para conjurar la amenaza.

            El monstruo magnético, la amenaza, come electrones o implosiona. Y cada vez que come, crece, sin límite. Como dice uno de los personajes, crecerá hasta que el elemento saque a la Tierra de su órbita, lanzándolas al espacio.

            La solución: el Deltatrón, un ingenio desarrollado en Canadá y capaz de producir 600 millones de voltios. 
 

            Es la parte final la que juga más con el cine de catástrofe, la que mejor funciona con este elemento de ciencia ficción, abandonando ese tonillo educativo de voz en off y tono documental que tiene el resto de la película. Así que en ese desenlace a 500 metros bajo el mar es donde la película encuentra el tono que debería haber tenido en el resto del metraje. 
 

            Es interesante por su valor como testimonio del miedo a la ciencia y a la energía nuclear en el cine de ciencia ficción estadounidense de los años 50, así que le doy:

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