viernes, 23 de noviembre de 2012

LA CIUDAD DE LOS MUERTOS, de Brian Keene

Esta noche he visto dos capítulos más de la serie Magic City y no arranca. Bien podría titularse Magic Titis, o Magic Tetas, porque ahí no paran de salir tías desnudas dándole vida al catre con alguno de los protagonistas. Lo cual que al final el asunto, con subtrama mafiosa o sin ella, me está pareciendo ya con cinco capítulos vistos que se queda en culebrón visualmente copiado del estilo de Madmen y poco más. Así que me he puesto a terminar de leer la novela La ciudad de los muertos. Esta semana de momento han caído dos libros, y todavía falta el fin de semana, donde puede caer otro, así que no me quejo. Tres libros a la semana es lo que me puede mantener relajado y tranquilo, sospecho. Procuraré leerme por lo menos dos, para mantener la buena marcha del negocio.

Segunda entrega de la novela de zombis El Alzamiento, La ciudad de los muertos prosigue con las aventuras de los protagonistas supervivientes de la primera y desvela el final que dejó colgado en la misma: ¿encuentra o no encuentra Jim a su hijo?
            No voy a desvelarlo aquí para no hacer un spoiler, pero lo que sí puedo aclarar es que las carreras trepidantes para escapar de los muertos vivientes poseídos por unos demonios precristianos, los Siqqus, liderados por Ob. Demonios sacados del Antiguo Testamento, milenaristas y bíblicos, empeñados en vengarse contra Dios acabando con toda la especie humana y todos los animales y plantas del planeta.
            En esta segunda entrega, Keene profundiza algo más en el mecanismo de extinción de nuestro planeta que tienen planificados estos demonios que le permiten al autor darle otra vuelta de tuerca al cada vez más visitado tema de los zombis, haciendo que los muertos vivientes sean en realidad cadáveres poseídos por los siqqus, que inmediatamente después de revivirlos tienen acceso a toda su memoria, lo que permite a los temibles huésped no sólo hablar sino también manejar armas y maquinaria, conducir, organizarse en ejércitos, etcétera, incluso cuando poseen animales como perros o pájaros.
            Esa vuelta de tuerca inclina más aún el tema hacia el terror, aunque ciertamente en esta segunda entrega la característica principal de la primera se reafirma, y así encontramos que la narración es sobre todo acción, carreras, la fuga inacabable de los vivos huyendo de los muertos, hasta llegar a un edificio de Nueva York que presume de estar blindado ante todo tipo de catástrofes y ataques pero bien podría convertirse en una ratonera si el ejército de zombis convocado por Ob sigue  avanzando hacia la Gran Manzana.
            La cien primeras páginas de La ciudad de los muertos son persecución pura y dura. Poco o ningún desarrollo de personajes, todo acción, lo cual hace de la novela un libro relativamente fácil y entretenido de leer. Pero al mismo tiempo, lo limita.
            Quien a estas alturas crea que todo este subgénero de zombis nacido a la sombra de la película La noche de los muertos vivientes de George A. Romero sólo produce la misma fórmula con ligeros cambios una y otra vez es que ha leído pocas novelas sobre el asunto.
            Lo cierto es que los zombis, como personajes, están demostrando ser como mínimo tan interesantes y versátiles como otros monstruos clásicos del terror, los vampiros y los licántropos. De manera que al menos en lo referido a la literatura, aunque ciertamente quizá no tanto al cine, cada historia corta o novela de zombis es distinta. En realidad todas encuentran tarde o temprano su propia personalidad. Pero todas ellas comparten dos características: son interesantes para nosotros porque estimulan morbosamente el miedo ancestral del hombre a ser devorado, a convertirse en comida, y al mismo tiempo tienen como tema central el caos y sus consecuencias. Pocas fórmulas narrativas como las novelas de zombis pueden garantizarle al lector la ruptura absoluta de lo cotidiano y el triunfo del caos, de los monstruos en un tiempo de narración tan corto como el que necesita cualquier historia de zombis. De ese modo el lector puede jugar a imaginarse como un supervivencialista empeñado en el horror épico de conseguir seguir vivo tanto tiempo como le sea posible tras la gran hecatombe que supone ver a los muertos levantarse de sus tumbas.
            En esto La ciudad de los muertos no es una excepción y maneja con habilidad los mismos elementos que otras historias de zombis, añadiendo, eso sí, algunos momentos ciertamente escabrosos relacionados con el sexo que sospecho son una forma equivocada del autor para transmitir terror a sus lectores.
            De ritmo implacable, más cinematográfico que literario, el relato de Keene tiene un final que realmente no es el esperado y previsible en este tipo de historias, pero posiblemente era el único viable considerando hasta dónde había llevado a sus personajes en estas dos novelas que buscan, quizá con excesivo empeño, diferenciarse de sus compañeras de viaje en esta explotación de los muertos vivientes.
            No obstante el argumento sigue siendo el mismo: la huida, la supervivencia, la pérdida, la ruptura de la normalidad que de alguna manera faculta a los personajes para saltarse las normas y volver a una organización primitiva de sus relaciones con el prójimo.
            Más que un relato épico, La ciudad de los muertos es una especie de carrera trepidante, en ocasiones disparatada, que se acaba convirtiendo en una colección de lugares comunes de este tipo de historias. Con todo, es tremendamente entretenida, porque no para su ritmo y su tensión en ningún momento, hasta el puno de que uno casi se agota pensando en lo pateado que se tienen el camino los principales personajes de esta saga.
            Eso sí, el final me parece algo confuso y da pie a un desenlace que tiene más de coitus interruptus que de final del ciclo iniciado en El Alzamiento.

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