viernes, 23 de noviembre de 2012

JOSÉ LUIS BORAU FALLECE A LOS 83 AÑOS

Acabo de enterarme del fallecimiento de José Luis Borau, el que fuera presidente de la Academia del Cine.

Yo tenía la ingenua intención de dedicarle unas palabrillas a su filmografía, pero veo que en el twitter hay ya personal dedicándose a debatir no sin algo de amargura lo mucho que nos gusta en este país gloriar a nuestros muertos especialmente cuando no les hicimos ni puñetero caso cuando estaban vivos.
            Así que en lugar de ponerme medallas y subirme al carro de elevar a Borau a los altares de la creación cinematográfica, cosa que por otra parte no necesita, especialmente viniendo de un plumilla asilvestrado como un servidor y porque además ahora ya no creo que le importen un comino asuntos tan mundanos, me voy a limitar a narrar brevemente mi experiencia personal con el cine de Borau.
            Y empiezo por decir que yo no he visto todas las películas de Borau porque algunas simplemente no me llamaron la atención y no tuve que cubrirlas por motivos profesionales.  
            Así de claro.
            No me voy a poner ahora a hacerme pajas con su filmografía en público para quedar bien, quedar culto y quedar  en plan comprometido con el cine español.  
            De todas sus películas a título personal sólo me impliqué con tres. La primera Furtivos, de 1975. Después de ver Furtivos en un cine de programa doble hoy ya desaparecido junto con otra película que he olvidado, empecé a caer en la cuenta de que había otro tipo de cine diferente al que estaba viendo cada fin de semana en la cartelera. Yo nunca he sido especialmente adicto al cine español simplemente porque sea español. Las historias que cuentan las películas tienen que interesarme. En la de Furtivos caí de rebote, lo digo claro. Seguramente iba buscando más la otra película del programa doble de la que ya no me acuerdo. Y seguramente, por la época que era y con 13 años, andaba con la hormona revuelta y como muchos otros adolescentes de ese momento me llevaba hasta allí la ilusión de ver algo de carne femenina, que era más habitual en el cine español que en las películas norteamericanas.
            Puede que no suene muy edificante para el personal, pero es la puta verdad: el destape tenía un tirón de tres pares de narices en la taquilla del cine español de los setenta. El que lo niegue es un miserable y un cagón. Yo a mis 13 o 14 años iba a ver algunas películas esperando que se escapara alguna teta por algún sitio. De hecho me quedé a ver dos veces El amor del Capitán Brando, de Jaime de Armiñán, no porque de repente me hubiera visitado el espíritu santo y hubiera tenido una epifanía con el cine hecho aquí, sino simplemente porque Ana Belén mostraba sus tetas frente a un espejo. Tuve que colarme en un cine del barrio de Lavapiés, el cine Olimpia, aunque estaba calificada para mayores de 18. Afortunadamente el Olimpia y el América eran dos coladeros para los chavales menores empeñados en ver películas para mayores, aunque a todos nos parecía muy absurdo que se empeñaran tanto en poner calificación por edades cuando luego a los mayores también les cortaban las películas, como por ejemplo en Perros de paja, otra que me quedé a ver dos veces, y no precisamente porque me encantara el cine de Sam Peckimpah, sino porque Susan George me traía loco.
            El caso es que me metí a ver Furtivos movido por el morbo, como muchos otros. Y me tropecé con algo distinto a lo que me esperaba. Aquello tenía una pinta estupenda como película de miedo. Hasta me recordaba algo a Psicosis de Hitchcock con ese Ovidi Montllor que uno no tenía muy claro si no iba a terminar sacando los pies del tiesto en plan Norman Bates.
             Y Lola Gaos estaba genial. Acojonaba.
            Así fue como la película se me quedó grabada. De la mejor manera que se te puede quedar grabada una película: porque te interesa. Además me hizo empezar a pensar en que igual me faltaban piezas en el puzle de mi afición al cine. Así que a Borau, con todos los respetos para el resto de su obra, siempre le recordaré como el director de Furtivos.
            Si eso jode a alguien, yo encantado de la vida. 
            Luego me apunté a ver Río abajo porque para esa época ya leía la revista que fundó Fernando Trueba, Casablanca, y el argumento y las vicisitudes que según contaba la prensa de la época acompañaron el rodaje, que protagonizó David Carradine, me parecían curiosas y quería ver el resultado. Me gustó bastante más que otra película fronteriza con Charles Bronson, A 20 millas de la justicia, y en mi opinión era bastante mejor que La frontera, con Jack Nicholson. Y también me tropecé en VHS con Hay que matar a B, me la puse en casa y me gustó porque demostraba que en España se podía hacer cine de género sin complejos.
 
            Ya ven, esta es mi triste historia con la filmografía de José Luis Borau. 
            Así de claro.
            Descanse en paz José Luis Borau. Supongo que eso sí puedo decirlo sin que me acusen de querer subirme al carro de los aplausos babosos frente a la tumba de nadie.

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