miércoles, 29 de agosto de 2012

FUERZAS ACORAZADAS ALIADAS, de Kenneth Macksey


 Después de leer el libro Achtung –Panzer! de Heinz Guderian, que ya reseñé en este blog hace más o menos una semana, no he tenido más remedio que lanzarme como un lobo sobre este otro análisis de las fuerzas acorazadas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial publicado en 1970 por la editorial San Martín que hizo el número 31 de su colección de armas.
            Se trata de un repaso del desarrollo de las fuerzas acorazadas en el bando aliado durante un conflicto que lo cambió todo en ese aspecto y que en este campo empezaron ganando los alemanes, principalmente merced a Guderian y su empeño en poner al día un ejército moderno capaz de utilizar las ventajas de la nueva arma. El autor recorre las indecisiones, proyectos y prevenciones que acompañaron el desarrollo de las armas y estrategias acorazadas entre los ingleses, franceses y norteamericanos, a pesar de la evidencia de que los alemanes estaban prestando una atención muy especial a dicho aspecto. De hecho, los propios alemanes no podían dar crédito al poco interés del resto de los ejércitos por poner en marcha planes de desarrollo de este tipo de herramientas bélicas y al presentarse como observadores a algunas de las  pruebas que se realizaban con las fuerzas acorazadas creían estar siendo víctimas de un elaborado engaño.
            Sin embargo no era así. Por absurdo que pudiera parecer, Inglaterra y Francia, que habían sido los encargados de poner en el frente las primeras estrategias y carros blindados en la Primera Guerra Mundial, habían perdido todo el interés por desarrollar esa arma en tiempos de entreguerras, y se retrasaron hasta el punto de ponerse en un situación de clara inferioridad frente a los avances experimentados en ese mismo terreno por los ejércitos de Hitler. 
 
            En el ejército británico la caballería no estaba dispuesta a dejarse superar por  las fuerzas acorazadas, a pesar de que estaba claro que la Primera Guerra Mundial había dejado claro que la llegada al frente de las ametralladoras y la potenciación de la artillería además de los llamados tanques la habían dejado fuera de juego. Según explica el autor del libro, la reticencia de algunos oficiales de caballería a ceder ante la nueva arma estaba también en el miedo a perder la posibilidad de practicar el deporte de la equitación gratis a cuenta de los fondos públicos. Tal y como lo cuento.
            En Estados Unidos les faltaban oficiales y soldados. En 1920 el presupuesto para carros de combate en ese país era de 79.000 dólares, y éstos habían de ser absorbidos por la caballería, que además estaba en competencia con la infantería por este tema.
            En Francia la caballería se hizo cargo de los carros, pero imponiendo a los mismos tácticas anticuadas.
            Así las cosas, correspondió a visionarios como el mayor del ejército británico J.F.C. Fuller tomar la iniciativa de desarrollo incluso en un entorno hostil para el desarrollo de sus ideas, expuestas en el plan 1919, que adelantó e inspiró parte de las tácticas y medidas aplicadas al combate de la Guerra Relámpago de los alemanes, con el trabajo de la aviación junto a los tanques. 
 
            En Francia era Estienne quien pedía una fuerza acorazada de 100.000 hombres, aunque posteriormente se desinteresaría por el tema.
             El entonces todavía capitán D. Dwight Eisenhower y el todavía coronel Patton fueron los paladines del carro de combate en Estadso Unidos, publicando varios escritos sobre la táctica que debía aplicarse a los mismos. 
            A pesar de todo, al comenzar la Segunda Guerra Mundial los aliados tenían más carros que los alemanes: 3808 carros más reservas del lado aliado frente a los 2887 carros alemanes, 2060 ligeros y una reserva de 800. Además en lo referido a espesor de la coraza los franceses contaban con 55 milímetros, los ingleses con los 80 milímetros del Matilda II, frente a los 30 milímetros de los alemanes.
            Los carros aliados también tenían más potencia artillera. Pocos carros alemanes contaban con el cañón corto de 75 milímetros de baja velocidad o el cañón de 37 milímetros de alta velocidad, y la mayoría contaban sólo con el cañón de 20 milímetros. Los aliados tenían una colección de cañones de 75, 47, 40 y 37 milímetros.
            Pero la superioridad alemana estaba en las tripulaciones de sus carros, mejor entrenadas y con una mejor distribución interior. Las divisiones Panzer contaban con mayor destreza táctica y estratégica.
            Así que en el momento en que los alemanes decidieron atacar dejaron en evidencia el fallo de confiar en la guerra desde posiciones estáticas representado por la Línea Maginot francesa y pusieron de manifiesto nuevamente las claves de la guerra con carros: secreto, velocidad de realización del ataque y pura violencia. 
 
            Añadan a eso la puesta en marcha de nuevos modelos, como el Tiger, que, como se afirma en el libro: “Firme en un escondite, podía con su 88 y gruesa coraza, detener a un escuadrón completo de carros enemigos”.
            Mientras, el Ministerio de Armamento británico mareaba la perdiz echando abajo proyectos de mejora de los carros. 
 
            Macksey analiza además las distintas campañas en que se enfrentaron los carros aliados con los alemanes, empezando por la guerra en el norte de África, la batalla de El Alamein.
            Un libro esencial para reunirlo con el de Guderian, el segundo de una trilogía perfecta que se completa con División Panzer, también de Macksey, que voy a leerme en cuanto tenga un rato, porque son una excelente explicación de aspectos claves del desarrollo de los combates en la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo en relación a las batallas en el Boucage repleto de obstáculos tras el desembarco aliado en Normandía…

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