sábado, 28 de julio de 2012

LOS MERCENARIOS 2: LOS ORÍGENES. HOY: HALCONES DE LA NOCHE, CON SYLVESTER STALLONE



 Para celebrar el próximo estreno de Los mercenarios 2, que llegaran a la cartelera en España a finales del mes de agosto, he decidido dedicarle al asunto una serie en el blog repasándome alguna de las películas clave en las carreras de sus protagonistas, empezando por una de las que definió un giro decisivo en la filmografía de Sylvester Stallone: Halcones de la noche (Nighthawks), dirigida en 1981 por Bruce Malmuth, que entró en el proyecto a última hora para sustituir al director inicialmente elegido para rodar la película, Gary Nelson. En el intervalo del traspaso de poderes, y para no perder un día de rodaje, el propio Sylvester Stallone se ocupó de dirigir la escena de persecución en el metro (no confundir con la del vídeo que subo con este texto, me refiero a la persecución del terrorista interpretado por Rutger Hauer). 
 
            He elegido esta película para iniciar este recorrido por los orígenes de Los mercenarios 2 porque marca un punto de inflexión en la carrera de Sylvester Stallone. En 1976 el actor había conseguido su primer éxito encarnando al boxeador Rocky Balboa en Rocky, película escrita por él mismo que le dijeron protagonizar pero no dirigir. Es primer estrellato iba a estar marcado por una imagen del actor en evolución, buscando su propio estilo. Volvió a triunfar en la taquilla con los guantes de boxeo en Rocky II en 1979, pero buscaba alternativas más próximas al cine de acción y las encontró en esta curiosa película que está a caballo entre los planteamientos visuales del cine de los años setenta pero al mismo tiempo fue un prólogo en toda regla del cine del blockbuster que hoy llena la cartelera.
            En lo referido al personaje del policía Da Silva al que da vida un Stallone inmediatamente anterior a convertirse en John Rambo en Acorralado, de 1982, el actor toma como referencia incluso visual el personaje interpretado por Al Pacino en Serpico, algo que se observa especialmente en esa subtrama argumental de su relación sentimental con su ex, interpretada por Lindsay Wagner, y que a pesar de haber sido mutilada en el montaje final que llegó a la cartelera, era un eco claro de los conflictos sentimentales vividos por el personaje de Pacino en Serpico.
            Del policía Da Silva que tiene tanto del Serpico de Pacino, dice el diálogo que tiene 52 muertes registradas en servicio de combate en Vietnam, lo que acabó convirtiéndose a posteriori en un guiño del personaje que al año siguiente iba a convertir a Stallone en la principal estrella del cine de acción de la conservadora y muy republicana Era Reagan: John Rambo.
            Además el arco de desarrollo de Da Silva durante la trama le sitúa inicialmente como un poli de tendencia liberal que pone pegas a ponerse a disparar en público y convertirse en asesino con placa para detener al villano encarnado por Rutger Hauer, que con esta película hizo su primer trabajo para el cine norteamericano incluso antes de convertirse en el replicante Roy Batty de Blade Runner. Su talento como actor le llevó a robarle todos los planos a Stallone, que como consecuencia quedó malparado en las críticas del duelo con el holandés. El duelo de miradas entre Hauer y Stallone en la escena del teleférido secuestrado y el helicóptero es buena prueba de ello. Hauer se hizo con la película sin problemas anticipando algunas de las características que iban a lanzarle como estrella tras comerse también con patatas a Harrison Ford en el clásico futurista dirigido por Ridley Scott. Basta ver al actor holandés acariciando al bebé que ha secuestrado para entender que Stallone se encontró inesperadamente con un hueso duro de roer que le robó parte del protagonismo de la película, y le hizo llevarse algunos palos de la crítica de la época.
            Rutger Hauer ha sido uno de los grandes desperdiciados del cine norteamericano, un todoterreno que aceptó el juego de servir como marioneta en todo tipo de producciones defenestrándose a sí mismo en papeles por debajo de sus posibilidades en los que siempre ha demostrado una clase y un talento por encima del material con el que tenía que trabajar.
            Por lo referido a la trama terrorista propiamente dicha, es un ejemplo de esa naturaleza de puente entre dos épocas del cine que tiene Halcones de la noche. En 1980 Dominique Lapierre y Larry Collins publicaron su best-seller El quinto jinete, que junto con las novelas de Frederick Forsyth (La alternativa del diablo) fue anticipo y clara inspiración de las posteriores novelas sobre terrorismo escritas por Tom Clancy.  Los autores de El quinto jinete jugaban con la hipótesis de que pudiera producirse un atentado instigado por Gadafi con un ingenio nuclear en la ciudad de Nueva York. En aquel tiempo, todavía muy lejano a la catástrofe de los atentados contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001, el terrorismo todavía se veía desde el punto de vista del cine norteamericano como un fenómeno que clavaba sus garras en otros países, si bien el cine norteamericano ya había jugado con la posibilidad de un atentado terrorista en el corazón de los Estados Unidos en Domingo negro (John Frankenheimer, 1977), basada en una novela de Thomas Harris, el autor de El silencio de los corderos, donde un comando palestino pretendía hacer volar un dirigible cargado de explosivos en plena celebración de la Superbowl.
            La mirada de Halcones de la noche sobre el terrorismo está marcada por esa visión de la amenaza como algo que puede ocurrir pero que todavía no ha ocurrido, y de ahí que por ejemplo en la llegada de los terroristas y los rehenes a los autobuses tome como referencia la masacre de los atletas judíos perpetrada por Septiembre Negro en la olimpiada de Munich de 1972, que sirvió como base a la película Munich, de Steven Spielberg y fue recreada por la película 21 horas en Munich (1976).
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