miércoles, 18 de julio de 2012

FORT MASSACRE, de Joseph M. Newman



 Formado como asistente de dirección de pesos pesados como George Cukor y Ernst Lubitsch, Joseph M. Newman acumuló en su filmografía un puñado de títulos clave para entender el cine estadounidense de serie B de los años cuarenta y cincuenta. Entre ellos este Fort Massacre, que dirigió en 1958 y es especialmente interesante por varios asuntos. Es además un título ideal para convencer a los reticentes con el género de que el western puede ser un entorno muy interesante para crear personajes y desarrollar tramas con fundamento, aunque en muchas ocasiones sus fórmulas sean explotadas exclusivamente como recurso oportunista y con torpeza repetitiva se conviertan en tópicos en malas manos.
            No es el caso de esta película que ya de partida se plantea algo poco habitual en el paisaje del género del oeste y del cine norteamericano en general: la crítica al militarismo, al ejército. Una visión de la milicia que hay que traducir en este caso saltándose las fronteras del western, porque al ver la película no tardamos en darnos cuenta de que es más una historia bélica, salvo que los soldados en este caso son de la caballería y el enemigo son los indios. Una vez puestos en esa situación, resulta fácil relacionar este título con una práctica muy habitual en las manifestaciones de cultura popular norteamericana: si tienes que hablar de algo importante y conflictivo, potencialmente polémico, hazlo en la clave de los géneros, esto es: traslada el asunto a la ciencia ficción, el terror o el western, y si además puedes moverte con la libertad que otorga estar trabajando en la serie B y con presupuesto muy controlado, mejor para que brote en la película una naturaleza rebelde y contraria a la fórmula y lo previsible que resulta difícil, si no imposible, encontrarse en las producciones de serie A de los grandes estudios. 
 
            En este caso, Fort Massacre podemos estudiarla como reflejo de la Guerra de Corea, que dio lugar a una nutrida y también muy interesante producción en el seno del cine bélico. El personaje interpretado por Joel McCrea, un sargento vengativo y amargado, es doblemente interesante porque además de jugar a contracorriente de la tipificación del actor y su imagen cinematográfica como “buen tipo” en el cine del oeste, consigue mantenernos en vilo con su ambigüedad moral durante toda la película, casi hasta el final, lo que nos permite participar más intensamente en el relato.
            Otro punto interesante es la manera de mostrar al enemigo como víctima de las manipulaciones del ejército, que da una visión de los indios más rica y verosímil en lugar de convertirles simplemente en los villanos tradicionales de la trama. El western de los cincuenta con películas como Flecha rota y otras, empezaron a recuperar cierto equilibrio a la hora de mostrar a los indios como algo más que villanos simplones empeñados fundamentalmente en matar blancos, y comenzaron a preocuparse, quizá en un ejercicio de autoexamen o principio de complejo de culpa de la sociedad norteamericana por el expolio y el genocidio contra los nativos, a plantearse otras alternativas.
 
            En Fort Massacre encontramos además personajes que discrepan claramente de la visión del ejército, como el viejo comerciante que afirma: “Cada vez que me protege la caballería acaban quemándome el carro”, o el soldado que le dice a un compañero: “Los cobardes no existen. Lo único que hay son grados distintos de miedo”.
            Y junto a todo ello encontramos también un entorno de pesadilla que se materializa finalmente en la fortaleza abandonada que da título a la película pero está marcado por el paisaje agreste que atraviesan los protagonistas y por ese flashback verbal del sargento recordando el ataque de los indios contra su familia… y el terrible desenlace del mismo… dejando que sea el espectador el que construya esas imágenes en su mente, lo cual siempre resulta más efectivo que mostrarlo visualmente en la pantalla.

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