sábado, 14 de julio de 2012

ATRACO AL FURGÓN BLINDADO (ARMORED CAR ROBBERY, 1950), de Richard Fleischer



 Richard Fleischer no era precisamente santo de devoción de la crítica de cine, así que no le han elevado un altar como a otros de sus colegas, pero en cualquier caso demostró ser un tipo de singular pericia y notable astucia visual para contar historias en el cine.
Un ejemplo de ello es Atraco al furgón blindado, aparentemente una modesta película de serie B que se revela como una joya, un clásico del cine policíaco capaz de aunar en una misma trama las claves del cine negro clásico en su vertiente crook story, mostrando el argumento desde el punto de vista de los criminales, y el cine de procedural políticamente más conservador que se estableció como heredero de las claves estéticas del cine negro en la etapa de giro hacia la derecha de la política interior norteamericana, con la Caza de Brujas, McCarthy, etcétera. Los detalles como el empeño en mostrar el funcionamiento de las comunicaciones de la policía como ejemplo de competencia de la misma, el empeño en construir un héroe policial de una pieza, totalmente dedicado a su trabajo, sin vida privada fuera del mismo, duro como la piedra y capaz incluso de dejar tirado en el suelo con un balazo a su compañero con tal de perseguir a los atracadores, van por ese camino. En esa misma línea están también las curiosas incursiones de anticipo de series estilo CSI, que a modo de propaganda de los medios puestos al servicio de la imposición de la ley y el orden aparecen en el análisis de las pruebas científicas, el traje del atracador, el maquillaje teatral, la puesta en marcha de un dispositivo de escucha y vigilancia…
            Resultado de todo ello es una trepidante trama en la que el policía Cordell, interpretado por Charles McGraw, es un precursor de los tipos duros del cine que vendrá más tarde, en los años sesenta y setenta, y donde el maquiavélico y obsesivamente controlador jefe de los atracadores, Purvis, encarnado por  Willliam Talman, se destaca como personaje modélico del género.
            Interesa la película por su capacidad para mostrarnos una variedad de conflictos en lo que es básicamente una película de persecución, pero donde además el director consigue mantener un delicado equilibrio entre el procedural propiamente dicho, con la caza de los criminales, sin descuidar por ello el punto de vista de cazados de los propios delincuentes. Eso hace más interesante la historia que si únicamente la conociéramos a través de un punto de vista, sea cual fuere el mismo, policías o ladrones.  Es algo que también demostró con eficacia Michael Mann en Heat, pero que años antes se aplicó de manera más modesta pero igualmente competente en El atraco al furgón blindado.
            En cuanto al estilo y la pericia visual del director como continuador de la obra de los grandes del cine negro, una muestra ejemplar de ello la encontramos en las escenas de persecución y tiroteo en el puerto, con el juego de las luces y las sombras en la fotografía y ese sonido, o más bien lamento, de la campana otorgando un complemento a ese entorno onírico en el que se desarrollan las acciones.
            Luego está su duración. Todo un ejemplo de economía narrativa, de ir al grano, a lo que interesa, reforzando la valía de esta muestra de cine policíaco. En poco más de sesenta minutos se nos cuentan muchas cosas y se nos revela un cuadro de personajes muy interesante con un ritmo que es digno heredero de las historias de detectives de las revistas pulp en las que empezó a gestarse la novela negra. 
 
            Ya podrían aprender muchas películas actuales, sobradas de minutos y secuencias innecesarias, del cortante y trepidante ritmo que luce esta producción de los años cincuenta.
            Finalmente mención especial merece la utilización de los bailes de la cabaretera Yvonne LeDoux interpretada por Adele Jergens como entreactos que incorporan no sólo a la mujer fatal, elemento esencial del género, sino también una manera de hacer que el erotismo esencial para el género negro se manifieste incluso en los momentos más “castos” del siempre puritano relato procedural.
            Una joya de poco más de una hora de duración.

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