sábado, 23 de junio de 2012

EL HOMBRE, de Jean Rostand: SIMIOS, CHONIS, GENES Y MONSTRUOS



 Esta semana tropecé con un libro del biólogo francés Jean Rostand publicado por primera vez en Francia en 1941… Titulado El hombre, repasa el puesto de nuestra especie en la naturaleza, nuestro origen, etcétera… Pero sobre todo le mete caña al asunto de los genes y la herencia… Y por ahí la cosa acaba convirtiéndose en su última parte en un buen ejemplo de los riesgos del avance científico como la mejor pieza de ciencia ficción. Una ciencia ficción inquietante por lo que se refiere a conceptos como zootecnia científica, maternidad dirigida, genes excelentes, genes malos…
El autor, tan filósofo como científico, se las ingenia para poner sobre la mesa las posibilidades de la ciencia y hacer pensar al lector en sus consecuencias.
La fecha de edición del libro ya me parecía jugosa desde el punto de vista histórico, por cuanto a esas alturas los ejércitos de Hitler ya se paseaban por París. El armisticio firmado por Francia y Alemania en Compiègne el 22 de junio de 1940 dividió el país galo en la mitad norte y la costa atlántica, ocupadas por el ejército alemán, y el resto bajo el sometido Régimen de Vichy (sí, el de la botella que salía en Casablanca y el policía Renaud, con el que los más alucinados dicen que quería ligar el Rick de Humphrey Bogart cuando se quedó sin su churri Ingrid Bergman al final de la película…).
Había otros elementos curiosos en la vida de Rostand que me hacían atractiva esta lectura. Hijo de Gerard Rostand, el autor de Cyrano de Bergerac, Jean Rostand fue una figura destacada en el estudio y desarrollo de la partenogénesis artificial y en sus trabajos, como demuestra este libro, aúna la inquietud y curiosidad del científico con las prevenciones del filósofo sobre lo que puede llegar a conseguir la ciencia si se lo propone.
 El asunto se pone especialmente interesante en el libro cuando llegamos al capítulo 9, titulado El hombre y la civilización, que encabeza una cita de Ch. Richet: “La civilización desemboca en la degradación de la especie”.
Hoy eso debe provocar sarpullidos morales en los partidarios de la corrección política, pero lo cierto es que este libro pasa olímpicamente de corrección política y se mete en unos huertos muy curiosos que mal entendidos o torticeramente manejados por intereses políticos extremistas podrían servir como base a teorías de supremacía racial muy inquietantes.
Basta con extraer de su contexto frases como: “El débil, como el viejo, es un producto de la civilización”, o algunas citas de otros estudiosos del espinoso asunto para que nos salga al paso de la lectura el fantasma de la supremacía racial. Leemos por ejemplo la frase de Muller: “En nuestra civilización moderna la concurrencia social no determina de ninguna manera la supervivencia reproductora del plasma germinal más útil a la especie… La civilización ofrece excelentes posibilidades para reproducirse a toda clase de gente débil y estúpida… Debemos prever un desastroso procedimiento de deteriorización íntima…”. O bien otra de Lucien Cuénot: “La conservación de los menos aptos, que fue una de las metas de las sociedades humanas desde su comienzo, se paga con el empeoramiento de la raza”.
Y da algo de miedito. Especialmente si, como me ocurrió a mi cuando leía todo eso, te cae al lado en el autobús un trío de adolescentes gritonas vestidas con algo parecido a pijamas con motas de leopardo negras sobre fondo azul embutiendo inmensas moles de comedoras compulsivas de donuts atacadas por el sobrepeso desde la adolescencia, con las orejas pegadas a cualquier chisme electrónico que a pesar de su minúsculo tamaño puede reproducir a elevadísimo volumen una atroz mezcla de tecno y rap con letras muy obvias. Si además empiezan a hablar de su amiga “la” Jessy, o aseguran, todas convencidas y totalmente perdidas aquello de: “jo, tía, parezco una choni”, ya te dan calambres, y te dices a ti mismo, voz en offo:  No, cabrona, no. No pareces una choni. ¡ERES UNA CHONI!
“Y, por cierto, es una lástima que no lo sepas y no lo conviertas en una seña de identidad, en lugar de mirar por encima del hombro al resto de las integrantes de tu tribu o especie mutante urbana”.
Todo esto, como digo, voz en off, claro, para no herir la sensibilidad de la vacaburra en cuestión.  
Claro, entenderán ustedes que, en tales circunstancias, y leyendo esas cosas de “mejora de la especie” en el libro de Jean Rostand, de repente a uno le entre el miedo de sí mismo y de sus oscuros razonamientos mentales fruto del momento de zozobra social que siempre produce el contacto con nuestros prójimos más extremos y próximos a nuestros antepasados subidos en los árboles.
Los monos, sí, los  monos. Descendemos de los monos, por mucho que les pese a los creacionistas.
Basta mirar a nuestro alrededor para comprobarlo.
O ya puestos, irse a un campo de fútbol.
O mirarse al espejo, ¡qué leches!
Yo sin ir más lejos ya me estoy preparando para convertirme esta tarde en un entregado simio gritón a eso de las 8:45, cuando empiece el partido de la selección española de fútbol con nuestros vecinos los galos. 
 
Y muy a gusto, porque hacer el simio de vez en cuando es muy relajante.
Pero, claro, si te falta ese ejercicio de autocrítica, te falta ese verte a ti mismo tan mono como tus congéneres, aunque vistas distinto y escuches otra música. Aunque por edad, falta de motivación o indiferencia hacia casi todo hayas dejado de expresarte con gritos y poner la música a toda pastilla, puedes caer en la trampa de sentirte menos mono y más elevado o elegido que los que te rodean.
En el fondo, si tu cabeza funciona como debe, eres perfectamente consciente de que somos todos jodidamente iguales en lo esencial, que es salir de una vagina y acabar el paseo en la rueda verbenera de los caballitos que es la vida metiéndote en un agujero en el suelo como bufet para gusanos o incinerándote.
Igualmente simios. 
 Así que, con todos los respetos para la ciencia, de “genes excelentes” nada de nada.
Y ustedes me disculparan, pero me da por pensar en cosas chungas después de leer párrafos como éste:
Bien entendido, la inseminación artificial, con el “fermento genético” de los grandes hombres, no se practicaría más que sobre mujeres que consintieran, voluntarias para esta maternidad dirigida. De creer al biólogo de Texas (Muller), bastaría un siglo de selección intensiva de los gérmenes masculinos  únicamente para que la mayoría de los individuos de la especie igualaran a los más altos genios del presente”.
Una nota al margen aclara luego: “Cincuenta mil, dice Muller, sería una estimación razonable con los métodos de que disponemos actualmente”.
Vamos que guárdense la eugenesia positiva para los comics porno de Hessa la diablesa y las novelas de Karl Von Vereiter sobre los burdeles de las SS y disculpen que yo prefiera quedarme con las chonis del planeta en plena efervescencia, que por ruidosas, desnortadas y gritonas que me parezcan, moralmente me resultan más saludables.
Y además me paso los “espermatozoides de ilustre origen” por mi propia fábrica de espermatozoides normalitos y corrientuchos, esto es: por el escroto. 
 
Lo de “los ovarios se tomarían de mujeres jóvenes y sanas, muertas en accidente”, me da también mal rollo. Suena a principio de novela de Stephen King a punto de ser adaptada por un seguidor incondicional de los zombis de George A. Romero.
Pero no me da tan mal rollo como un largo párrafo en las notas del capítulo 10, que ya directamente me mete en ganas de ir a comprarme un machete desbrozador para defenderme de la élite científica con “genes excelentes”:
Vacher de Lapouge escribía ya en el siglo último: Es probable que si, en la especie humana, la función de reproducir se reservase por privilegio exclusivo a los individuos de la élite de la raza superior, al cabo de un siglo o dos, se tropezaría uno con hombres geniales en la calle, y los equivalentes a nuestros más ilustres sabios se utilizarían para cavar; pero es muy dudoso que, incluso en un millón de años, la educación, por completa que sea de los individuos, pueda producir un resultado semejante… A razón de tres generaciones por siglo, bastarían algunos cientos de años (mediante el empleo de la selección) paras poblar la tierra con una humanidad morfológicamente perfecta… Este intervalo podría ser reducido a proporciones considerables empleando la fecundación artificial. Sería la sustitución de la reproducción bestial y espontánea por la reproducción zootécnica  y científica, disociación definitiva de tres cosas ya en vías de superarse: amor, voluptuosidad, fecundidad”.
¡Cómo! ¡Pero es que además se quieren cargar el sexo!
¡La voluptuosidad!
 
¡Quieren convertirnos en gallinas o moscas del vinagre!
¡En conejos y conejas!
Otro párrafo explica: “Puede uno preguntarse cuál sería la suerte que sufriría a la larga el sexo superfluo. Biólogos serios han profetizado su lento y gradual enrarecimiento, hasta la extinción completa, como en esas especies de Insectos y Crustáceos en los que la reproducción se prosigue indefinidamente mediante la partenogénesis de las hembras”.
¿Sexo supefluo? ¿Eso existe?
A ver, no me entiendan mal. Primero tengo muy claro que este libro está escrito desde una perspectiva de los años cuarenta del siglo pasado. Y además tengo muy claro que Jean Rostand nos pone todas estas posibilidades bajo los morros para espabilarnos y que también nosotros nos pongamos a pensar hasta qué punto es saludable que la ciencia haga todo lo que puede hacer (lean el último párrafo de este post).
Pero hay otro aspecto a tener en cuenta. Cuanto Jean Rostand publicó el libro evidentemente no existían las actuales posibilidades de la experimentación genética. En ese sentido, fue un afinado visionario capaz de anticipar teóricamente muchos de los logros posteriores.
Y lo que me llama la atención son las posibles consecuencias de todo este planteamiento de mejora de nuestra especie, desde el punto de vista ético, moral, filosófico. Es eso lo que me resulta inquietante.
No olvidemos lo que afirmó en otro momento Jean Rostand: “Todo aumento en el conocimiento y en las capacidades humanas complica la vida moral, porque nos impone la duda de elegir: entre aplicar lo que sabemos o abstenernos de ello”.
Yo lo tengo claro: prefiero quedarme con las chonis más gritonas y sus retoños, aunque a veces den ganas de meterlas en una jaula y tirarles plátanos.
En cuanto a mi propia involución de esta tarde hacia mi fase simia cuando esté viendo el partido, no me tiren plátanos, prefiero botes de cerveza, si puede ser.
Pero no apunten a la cabeza, no sean cabroncetes.
Gracias. 
 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gran y variado post.