martes, 29 de mayo de 2012

EL TEJEDOR, de James Sallis


 De novela negra en novela negra. Así anda uno por la vida… y así me va. La semana pasada conseguí atender a todos mis asuntos y además leer El tejedor, de James Sallis, un ejercicio de novela negra de alta calidad literaria y capaz de evocar varias etapas en la vida de su personaje icónico, Lew Griffin, un detective peleando a la contra y propenso a caer en serias crisis de alcoholismo y olvido que le llevan a pasar por un infierno y buscar el olvido en las calles. 
            Si alguien duda de que pueda haber razones para aplicarse a la lectura de esta novela, le voy a dar varias.
            1.- Calidad literaria en un ejercicio impecable de narración de género policíaco con claves muy claras de novela negra.
            2.- Lejos, muy lejos de los tópicos o fórmulas que puedan darse en todo lo que figura en el punto uno.
            3.- “Es curioso cómo una persona puede vivir en medio de un campo de minas, caminar por encima de cadáveres y no ver nunca lo que sucede alrededor, mientras que otra va a la tienda de la esquina a comprar pan y en cien imágenes recónditas, sombras que acechan en un umbral, la luz que se filtra por el edificio abandonado, lo ve todo”. Más claro, el agua.
            4.- Un detective diferente, con todos los atavíos propios de este tipo de personajes, pero con mucho, mucho más: “Sentí que había perdido algo, que lo había perdido para siempre, y ni siquiera sabía qué era, ni siquiera podía nombrarlo. Ésas son las peores pérdidas que sufrimos siempre”.
            5.- Un mundo tan jodido como el nuestro. Podríamos aplicar en cualquier momento lo que dice Don, el amigo policía del protagonista: “Éste es un mundo bien jodido. Y lo mejor que podemos hacer es desplazar la mierda de un lugar a otro durante un tiempo”. ¿Acaso no es así como muchos acabamos viviendo nuestras vidas, desplazando la mierda de un lado a otro, de un día a otro, aplazando lo inaplazable?
            6.- Las mujeres, siempre las mujeres: “Estaba recordando a todas las mujeres que había querido o imaginado querer. Pensando en cómo me sentía al principio, cómo los sentimientos declinaban, cómo permanecían durante un tiempo como caparazones de saltamontes sobre un árbol y luego un buen día de desvanecían”. Ese “haber imaginado querer” es para pensárselo. Especialmente dedicado a los románticos, a ver si espabilan, leches.
            7.- “(…) somos misterios impenetrables los unos para los otros. Damos vueltas  alrededor, de vez en cuando, nos acercamos, con más frecuencia nos alejamos, al igual que damos vueltas alrededor de nuestros propios sentimientos confusos y conflictivos”. Me pregunto yo si somos un misterio, incluso para nosotros mismos, cómo puede haber tanto tonto suelto por ahí que aspira a saber más de nosotros que nosotros mismos; cómo es posible que haya tal congregación de imbéciles empeñados en aconsejarnos lo que más nos conviene cuando ni siquiera se conocen a sí mismos o saben lo que les conviene a ellos… y ya puestos, cuánta osadía hace falta para creerse líder de otros congéneres de la misma especie, elegido, profeta o similar, cuando todos nosotros andamos a ciegas en el misterio que somos para nosotros mismos.
            Total, que James Sallis destripa con un cuchillo de curtidor el alma de sus personajes y nos pone las vísceras de sus naturalezas en conflicto encima de las mesas para que podamos mirarnos en ellas como en un espejo.
            Una delicia de lectura.
            Por cierto, de James Sallis ya comenté en este mismo blog la novela El ojo del grillo.

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