viernes, 4 de mayo de 2012

AMOR A QUEMARROPA (1993): TÓPICOS A CASCOPORRO


 Hay que jorobarse. Acabo de volver a ver Amor a quemarropa y alucino bastante con que Quentin Tarantino pusiera a caldo a Oliver Stone por, según él, estropear su guión de Asesinos natos y no le cortara la cabeza a un caballo para ponérsela en la cama a Tony Scott por perpetrar esta otra… a título de advertencia y guiño a la escena de El Padrino.
Vale que en su momento tuvo cierta gracia, pero ahora que ha pasado el tiempo, se ha quedado en eso: en que tiene gracia y Patricia Arquette está muy buena, quizá porque se pasa la mitad de la película enseñando las tetas, o casi. Imagino que en la retina de todo adolescente de los noventa se ha quedado grabada a fuego la imagen de Patri mosqueada escopeta corredera en mano, y supongo que generó el equivalente a una erupción volcánica de hormonas dejando que el retroceso anime su par de razones. Como decían en El jovencito Frankenstein: Vaya par de aldabas.
No es para menos.
Pero vayamos al grano.
Para empezar he confirmado que soy un tipo con algunas ideas fijas. No muchas. Las suficientes para poder seguir mirándome al espejo sin vomitar.
 Vamos que ha vuelto a pasarme lo mismo viendo esta noche Amor a quemarropa que cuando la vi la primera vez: el par de niñatos estos, los protas, me parecen unos gilipollas, y creo que se ganan a pulso todo lo que les va cayendo encima. Los que no se lo ganan son los pobres desgraciados que se cruzan en su camino.
A ver, me explico. No es que se me  haya pirado la pinza y de repente esté de parte de los matones que mandan a darles cera a este par de tarados. Es que no aguanto a estos dos soplagaitas comiéndose la boca en plan despreocupado, sembrando el caos a su alrededor sin percatarse de que la están liando parda, en plan inocentón, y actuando con esa increíble ingenuidad, charlando de Sonny Chiba, el ciclo de Streetfighter o de Elvis Presley, como si estuvieran camino de Disneylandia,  mientras llevan en la maleta cocaína suficiente para llenar de nieve un Belén viviente.
No sólo es que no me los crea. Es que me caen como una patada en mitad de la bolsa escrotal. Especialmente el niñato, dando la brasa con Elvis en un truco de guión nada original del amigo Tarantino, que simplemente ha copiado ese recurso de Sueños de un seductor (Play it Again, Sam), dirigida por Herbert Ross en 1972, y donde Woody Allen conversaba con un Humphrey Bogart que le aconsejaba sobre cómo ligarse a la churri de turno, Diane Keaton. Cambias a Boogie por Elvis la Pelvis y a la churri Diane por la choni pionera de las poligoneras que es la Alabama interpretada por Patricia Arquette en Amor a quemarropa y ya tienes el asunto clonado convenientemente al estilo Tarantino: vuelta y vuelta.
Lo dicho: Asesinos natos le da ochocientas vueltas porque, totalmente pirado de pinza, Oliver Stone sigue siendo como ochocientas veces mejor director de lo que nunca va a ser Tony Scott. Y además no puedo evitar pensar que esta Alabama tan poco creíble que parece un cruce obsceno entre Irma la Dulce de Shirley MacReina y la Pretty “Plástico” Woman de Julia Roberts, es la versión descafeinada y de calendario de camionero de la Mallory interpretada por Juliette Lewis en Asesinos natos.
¡Qué leches! Si Tarantino incluso se fagocita a sí mismo. Porque esto canta tela a que es lo mismo que Asesinos natos y de paso las dos son una fusilada en toda regla de Al final de la escapada con tropezones de Pierrot el loco y Banda a parte, todas ellas de Godard.
Luego hay momentos buenos, claro, como el de Dennis Hopper  enseñándole historia al mafioso Christopher Walken, explicándole cómo y por qué los sicilianos descienden de los negros, o ese papel totalmente colgado que interpreta Brad Pitt, con esa frase demoledora: “compra productos de limpieza”, cuando su personaje es el tío más guarro que aparece en toda la película. Incluso compro la pelea de Alabama con Tony Soprano, digo, perdón, con James Gandolfini, que por otra parte es una sobrada tan forzada y poco creíble como Tom Cruise paseando con su moto y la rubia en Top Gun (joder, y pensar que subió el número de voluntarios para alistarse en la fuerza aérea después de ver esa otra mierda de Tony Scott, manda huevos)…
Pero en general, ya digo: los dos niñatos, Clarence y Alabama, me caen gordos nada más echarles el ojo encima, y me van cayendo peor a medida que avanza la película. 
La musiquita buenrrollista me toca las narices desde que empieza a sonar. 
La voz en off de la chavala hablando del amor de su vida al principio me dan ganas de buscarme una cuerda de piano y ahorcar peluches. 
No me trago la fábula de la cenicienta que encontró a su príncipe color azul tarado en una tienda de cómics (hay que fastidiarse lo rápido que espabila el memo este, desde ser un pringado al que tienen que pagarle una prostituta para que moje a ser un pistolero audaz que trafica con drogas). 
Y cuando leo en el cartel francés que estos dos pringados descerebrados son los Bonnie and Clyde de los 90 casi me dan calambres de la risa.
Y  vuelvo a pensar en los peluches y la cuerda de piano.
El cruce entre Tony Scott y Quentin Tarantino es tan calamitoso como un choque de trenes de plástico a 2,50 euros comprados en los chinos de mi barrio.
Y me trae al fresco los premios que le hayan dado o lo mucho que le guste al personal esta peripecia.
El cine de postal playera de los Beach Boys pringada con pegotes de helado de fresa y vainilla del amigo Tony Scott (hizo una película curiosa, El ansia, y luego otra muy aceptable y que me gusta mucho aunque no sea excesivamente original, Marea Roja… y ahí se acaba su historia) cruza mal con los desvaríos de Tarantino guionista.
Al menos Tarantino director consigue que sus personajes, aún siendo botín de saqueo de todo lo que se le pone a tiro y puede copiar –se diría que sigue la consigna de “Si se mueven, mátalos” que le da Pike Bishop a uno de los suyos en el principio de Grupo salvaje, pero cambiando el “mátalos” por “cópialo”-, tengan una personalidad de la que carecen en manos de Tony Scott.  
Por eso lo que nos arroja al final Amor a quemarropa es una Alabama que queda superada en petardeo descerebrado por la Lulú que interpretara Melanie Griffith en Algo salvaje (1986), de Jonathan Demme, y está muy, pero que muy lejos de la Bonnie de Faye Dunaway en Bonnie and Clyde
Qué carajo, al lado del chulesco y siniestro Ray interpretado por Ray Liotta en Algo salvaje el Drexl al que da vida Gary Oldman en Amor a quemarropa es una novicia rezando en un convento, y además un chorras.
Y de Clarence no me creo nada como personaje, principalmente porque es una fantasía de autoafirmación megalómana y erótico-violenta de un falso friqui que está tan fuera de juego en esa tienda de cómics del principio soltándole a la pájara el discursillo de “vengo aquí cuando quiero porque tengo las llaves” que suena a Tarantino acordándose de cuando trabajaba en el videoclub.
En cuanto al puñado de personajes secundarios, viven y cogen aire merced al talento de los actores que los interpretan, y no tanto porque lo que sale de su boca, vía las teclas del tratamiento de textos de Quentin Tarantino, tenga ningún sentido.
Como no tiene sentido ese final con niño en la playa, o esa bajada de pantalones con lo que le ocurre al protagonista.
Una vez más: ¡si no vas a tener los huevos de mantener la muerte, no mates a tus personajes!
Es fácil. Lo contrario es engañar al espectador.
Tiemblo al pensar lo que puede llegar a hacer Tony Scott con Grupo salvaje después de haber visto uno de los tiroteos más tontos y absurdos de la historia del cine de acción en Amor a quemarropa. ¿No podría alguien convencer a este hombre de que abandone la nueva versión de Grupo salvaje y se haga un remake de la puñetera Sonrisas y lágrimas?
Mientras veía el tiroteo con tanta pluma y tanta leche me ha dado por pensar en el programa ese de la granja de Tele 5: poesía visual a la inversa, de florero de plástico del todo a cien, para entendernos.
¿Entretenida? Sí. ¿Para pasar el rato? También.
Pero desde que empieza estoy convencido de que estos dos niñatos se merecen todo lo que les pase. Y creo que esa no era la idea concebida por los artífices de la película, que más bien quieren que babeemos y nos emocionemos con esta historia de “amor fou” que personalmente me parece más “amor ¡plof!”
Si alguien se siente ofendido o discrepa furiosamente de lo que acabo de opinar aquí sobre esta película, puede mandarme un clon de Patricia Arquette para que me atice con la escopeta corredera. 
Ahí dejo un vídeo por si alguien necesita que le refresquen la memoria. 

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