sábado, 21 de abril de 2012

INFECTION (KANSEN), de Masayuki Ochiai

Acabo de ver una película de terror japonesa que tenía buena pinta al empezar. Ambientada en un hospital siniestro. Protagonizada por un equipo de médicos y enfermeras particularmente incompetentes o simplemente pasotas que parecían caricaturas calcadas de algunos de los impresentables con bata que para mi desgracia me he cruzado en los hospitales en los últimos tiempos…
Y de repente: ¡plaf! ¡Me quedo dormido en plena secuencia de miedo!
Y me digo: ¡coño, Miguel! ¡Estás hecho polvo, macho! Si la película esta tiene su miga, su gracia. Mira, mira el fantasmilla ése que se asoma con la manilla y saluda al respetable detrás de la enfermera. ¡Qué majo!
¡Ahí viene otra escena de choque! ¡Verás, verás cómo acaba la enfermera! Tiene mala pinta eso, va ser la bomba... pero ¡plaf!
¡Me quedo dormido por segunda vez!
Caray esto ya es preocupante. Te veo senil, Miguel, el tiempo no perdona y tal...
Ya, y mis cojones.
Mi hija se queda dormida como yo. Y no hemos madrugado. Y ahora estoy aquí dándole a la tecla con los ojos como un búho insomne y anfetamínico con tres litros de café puro paseándosele por las venas.
Nada, nada, excusas, excusas. La peli tiene buena pinta, hombre, ya verás cómo la cosa mejora… me dice la voz del niño interior que pretende seguir ilusionándose por cualquier gilipollez, el muy capullo.
Mejora por mis cojones. ¡Plaf! ¡Otra vez sobado como una marmota atiborrada de tranquilizantes para dormir camellos!
Pero, ¿qué pasa aquí? me pregunto alarmado. El personal del hospital se hace pulpa ante tus ojos, una enfermera se mutila clavándose jeringuillas… ¡Uf, eso tiene que doler! Sin duda lo recordaré la próxima vez que vayan a sacarme sangre… bueno, depende de lo maja que sea la enfermera, claro… Si tienes a un tío infectado en una camilla abandonada en un pasillo y a lo peor siempre te puedes hacer un montón de risas viendo como “aíslan” a una de las infectadas echándole un plástico por encima como si fuera un bocata de chorizo de los que te venden en la plaza de toros de Vista Alegre, Carabanchel, cuando vas a un concierto… Si uno de los enfermos acaba de convertirse en moco verde ante los ojos de unos médicos tan perplejos como aquel mamonazo de galeno cagón que hace años, cuando se me cayó una estufa en un pie, no tuvo los huevos de pincharme el dedo gordo para sacarme la sangre y evitar un coágulo que luego no me dejó dormir en toda la noche …
“Es que si te lo pincho ahora, te va a doler…”  me dijo el gilipuertas.
¡Pues claro que me iba a doler! ¡Si tenía el dedo como un condón inflado a soplidos! Pero, capullo, pínchame ahora, que lo tengo en caliente, y saca la sangre de ahí, coño, que luego cada vez que me atice una pulsación va parecerme que tengo una piraña haciéndole al dígito de los cojones una felación a dentelladas.
Pues nada, ni perdiéndome en tan infaustos recuerdos consigo que la película me mantenga despierto, así que me entrego, y ¡plaf! Otra cabezada.
Y el niño interior dando otra vez el coñazo.
¡Pero si una enfermera se ha pinchado a sí misma con dos jeringuillas y ha explotado como un yogur con tropezones pasado de fecha!
Pues nada. ¡plaf! ¡plaf! ¡plaf!
Tres cabezadas más en menos de diez minutos de proyección.
Eso debe ser un récord. Igual me dan puntos para comprar cerveza en los chinos de la esquina… 
Como comprenderán esto no es miedo, ni terror, ni nada de nada. Esto es un sopor reiterado, un festival de ronquidos.
¡Esto es un truño como un piano de cola!
Y los personajes hablan, y hablan, y vuelven a hablar. Y ponen caras de susto del todo a cien.
La madre que los parió, lo que hablan.
Debería haber sospechado por el título original.
Kansen se llama esta mala bestia.
Cansina es, eso fijo.
Y encima ahora me he desvelado con tanto sueño a trozos.
Puñetera película…

No hay comentarios: