martes, 24 de abril de 2012

HALLOWEEN: EL ORIGEN, de Rob Zombie


  En los últimos días he estado haciendo un ciclo de películas de Rob Zombie y he llegado a la conclusión de que es el mejor director que ha aparecido en el cine de terror norteamericano en los últimos tiempos. ¿Por qué? Pues porque ha sido el director que mejor ha sabido leer y traducir con personalidad el giro de las preferencias del público de nuestros días, que ha sido quien le ha otorgado el protagonismo  al monstruo desentendiéndose de las víctimas, y rompiendo así la clave del funcionamiento del género según las cuales hemos de compartir al mismo tiempo el punto de vista de las víctimas y de su verdugo o verdugos. El público decidió que no le interesaba compartir el punto de vista de las víctimas, que su favorito para empatizar con él era el verdugo, y de ese modo se llegó a la banalización del cine de terror que ha acabado convirtiéndose en una especie de cita con la parodia involuntaria del género en tantos títulos de los ochenta y noventa empeñados en repetir las mismas fórumulas.
Desde su primera película, La casa de los mil cadáveres, Rob Zombie dejó clara su intención de hacer de los monstruos, los asesinos y los verdugos los verdaderos protagonistas de la película, pero con agallas, con todas las consecuencias, sin ahorrarle al espectador las más crudas consecuencias de las acciones de estas bestias. Lo que Zombie nos propone es un viaje al corazón en toda regla, y sus monstruos no tienen nada que ver con las domesticadas rarezas, esos peluches emocionales que nos propone Tim Burton en su propia versión del afecto por los monstruos, que nace de la seducción del Epresionismo alemán, especialmente los personajes del sonámbulo en El gabinete del doctor Caligari y el vampiro en Nosferatu, y encuentra su origen más americano en Freaks, la parada de los monstruos, de Tod Browning. Por el contrario, las bestias a las que Zombie convierte en protagonistas de sus historias son auténticas excrecencias sociales, lo peor de lo peor de la basura blanca que habita en las zonas más deprimidas de los Estados Unidos, los hijos bastardos de la sociedad de consumo que se engaña a sí misma borrando esas criaturas del caos de su geografía, convenciéndose de que no existen incluso cuando las páginas de sucesos dicen otra cosa.
Zombie no pacta con el público, y basta con recordar la evolución del personaje del Capitán Spaulding de la caricatura chistosa que conocemos en el arranque de La casa de los mil cadáveres hasta la bestia que sale a flote en Los renegados del diablo o pensar en la propia evolución del niño Michael Myers en el monstruo infantil y posteriormente adulto para entender la coherencia de Zombie al tratar con estos sangrientos creadores del caos.
Pero que sus monstruos no sean peluches emocionales domesticados como los de Tim Burton no impide en primer lugar que sus películas los muestren desde su lado más cercano al público, como criaturas con vida cotidiana, con algunos momentos hilarantes, algunos terroríficamente hilarantes, porque el sentido del humor es negro como la pez, intensamente oscuro, pero igualmente satìrico e incluso autoparódico. Una clave de esto la encontramos en ese guiño para el espectador con memoria que es la conferencia impartida por el doctor Loomes (Malcolm McDowell), en la que el personaje dice, refiriéndose a la mirada siniestra del niño Michael Myers: "Estos son los ojos de un psicópata", diálogo duarante el cual Zombie nos muestra en realidad los ojos del propio McDowell en un guiño a su pasado como psicópata protagonista de La naranja mecánica de Kubrick.
 
La película está repleta de guiños de ese tipo, como el fichaje para un pequeño papel de Adrienne Barbeau, ex-esposa de John Carpenter, director de la primera versión de La noche de Halloween, en un fragmento que posteriormente fue eliminado en el montaje comercial pero permanece en los extras del DVD. De hecho, los extras de la película incluyen también varios momentos que son partiularmente signficativos y ponen de manifiesto el control que tiene Rob Zombie del medio audiovisual, como en la escena de ataque de Myers al guardia de la garita, que  está viendo La noche de los muertos vivientes en la televisión, mientras a su espalda, en las pantallas de vigilancia, Myers se acerca a él anticipando la amenaza en un momento casi perfecto de metacine elevado a su máximo grado. No está en la edicíón final, pero es un ejemplo de la magia visual con la que Zombie baña sus películas.
Junto a esa magia visual, Halloween: el origen tiene una primera parte dedicada por entero a la infancia de Michael Myers que en algunos momentos bien podría haber pasado por un drama del cine independiente americano. De hecho, las escenas cotidianas, de familia, de los Myers y el posterior encierro del niño en el psiquíátrico consumen la mayor parte del metraje de la película. Buena prueba de lo bien narrados que están esos momentos y la solidez que aportan a toda la historia, sacándola del cículo vicioso de la repetición de las fórmulas más manidas del cine gore para añadir terror al conjunto haciéndolo mucho más real, es que no cansan ni despistan a los aficionados al buen  cine de terror, que en la segunda parte se ven además recompensados por su implicación en las mismas con el tradicional pero mucho mejor expuesto y dirigido huracán de violencia desatada, con sangre y asesinatos varios, en una especie de tobogán de terror, tensión y acción que nos conduce hasta el deselnace de la película.
 
Zombie le da además a su mujer, Sheri Moon Zombie, la posibilidad de lucirse como actriz en el papel de la torturada madre de Michael Myers. El director no sólo se muestra generoso con ella, sino que otorga papeles a lo que viene a ser la compañía de actores de Rob Zombie, un grupo de colaboradores delante de las cámaras que consiguen papeles para lucirse, como Danny Trejo en un personaje distintos a los que suele interpretar habitualmente, o Ken Foree, el protagonista de Zombie, de George A. Romero, al que recuperó en Los renegados del diablo, Bill Moseley, Tom Towes, William Forsythe...

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