viernes, 6 de abril de 2012

EL MONSTRUO DE CRETA (TESEO CONTRO IL MINOTAURO, 1960), de Silvio Amadio

 Menos musculitos en los héroes de lo que era habitual cuando dejaban el protagonismo en manos de culturistas, más chicas y más ligeras de ropa con varios bailes sicalípticos visualmente interesantes, algo más de pasta invertida en el despliegue en decorados para meternos en ambiente y una música de Carlo Rusticelli que es más moderna de lo habitual en este tipo de producciones de péplum de los años sesentas son las claves que distinguen El monstruo de Creta de otras películas de espada y sandalia.
Mejor que muchas de sus compañeras de explotación de los fastos de la antigüedad y las adaptaciones de la mitología griega y romana, esta versión de la leyenda de Teseo y el Minotauro, asunto que hemos visto recreado también en Immortals, de Tarsem Singh en fecha más reciente, tiene algunos elementos que la convierten en un buen ejemplo de por qué este tipo de producción era especialmente taquillera en los programas dobles de sesión continua de los cines españoles en los años sesenta y setenta. 

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Ya en su comienzo, ese toque más propio del cine de terror que de las reconstrucciones épicas de aventuras del péplum, con esa imagen de fémina ligera de ropa amenazada tan propia del pulp, queda claro que la película va a tener por lo menos una personalidad propia aunque abunde en las fórmulas de adaptación de los personajes e historias de la mitología a las claves del melodrama tipo fotonovela de las que devoraban las clientas de las peluquerías en aquellos momentos , equivalente de los tebeos para los chavales de la época, con fotos, diálogos en bocadillo e historias desgarradoras tan intensas como las de un culebrón de nuestros días. 

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Pero lo que interesa de este ejercicio de péplum ejemplar es su forma de manejar esa melodramatización de la mitología y historia para llegar a todo tipo de público desde las claves más ingenuas mezclándola con algunos elementos propios de las novelas de aventuras de Emilio Salgari y no pocas claves de violencia y sadomasoquismo –los prisioneros tostados a la parrilla como Indiana Jones en el Templo Maldito, vuelta y vuelta-, que pasaban el filtro de la censura de milagro. La escena de la sala de torturas, las hienas, las consignas de la villana de turno: “¡Abrásale la cara!”… nos hablan de que algo más interesante y siniestro se oculta en la segunda lectura de todas esas escenas de corte melodramático más infantiloide. Éstas pueden expresarse por ejemplo en el encuentro de Ariadna con su padre moribundo, que con ese médico escondido que lo escucha todo e informa al villano, un personaje típico de las novelas de Salgari, o en las confusiones y enredos románticos con la dos hermanas gemelas y los héroes. 

Pero la subtrama sencilla de conspiración política por el poder entre Fedra y Ariadna, o esa idea de que el romance existe sistemáticamente sólo entre la pareja protagonista, no entre la pareja de antagonista que suele acompañarles en este tipo de películas, siempre como versión en negativo, como si finalmente todo fuera una especie de juego de damas de negras contra blancas, incluye también en el argumento de esta película una simplificación de un asunto más interesante, como es el enfrentamiento entre las potencias de Creta y Atenas. Además no es descabellado pensar en  este ciclo de aventuras míticas en la antigüedad y su reiterado argumento de lucha del pueblo por la liberación de malos gobernantes una especie de intento de catarsis de asuntos e inquietudes políticas contemporáneas que se daban en la sociedad italiana del momento. Especialmente si tenemos en cuenta que desde sus primeros pasos, el cine italiano encontró en el antecedente más remoto del péplum, el colosal, una manera de expresar su relativamente reciente identidad nacional unificada identificándose con los grandes fastos de la antigüedad.
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Naturalmente nada de eso nos importaba absolutamente un carajo a quienes acudíamos a ver estas películas en el cine en los años sesenta y setenta, buscando únicamente un rato de diversión, héroes y aventuras muy próximas a las de los cómics de la época, tipo Capitán Trueno o El Jabato (aunque como se apreciará en las siguientes imágenes el pobre prota no sepa dar un puñetazo en condiciones), traducciones de las novelas de Emilio Salgari en pantalla grande y jóvenes actrices más o menos ligeras de ropa o por lo menos con atuendo minifaldero... En todo ello El monstruo de Creta deja bastante satisfechos a los incondicionales del péplum. Digamos que este no era el tipo de peliculas "de romanos" que nos ponían en Semana Santa cuando éramos chavales...

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