viernes, 30 de marzo de 2012

VALOR DE LEY (TRUE GRIT): LA VERSIÓN WAYNE/HATHAWAY Y LA VERSIÓN HERMANOS COEN


Dirigida por Henry Hathaway en 1969, Valor de ley (True Grit), fue la película con la que John Wayne consiguió el Oscar, aunque no fuera la mejor interpretación de su carrera.
Su trama asocia a una joven que busca venganza por la muerte de su padre y contrata a unmarshall que se dedica a cazar fugitivos a cambio de dinero. Mitad pistolero, borrachín y cazarrecompensas, tuerto y con malas pulgas, el personaje había llamado la atención de John Wayne, que hizo todo lo que estaba en su mano para conseguir el papel. Incluyendo aguantar a Kim Darby, la actriz elegida para encarnar a la jovencita, en la novela original de catorce años de edad, a pesar de que la actriz andaba ya por los 23 o 25 años. El estilo de interpretación de ella no encajaba bien con el de Wayne, que en muchos casos no conseguía entenderse con su compañera de reparto. Suerte para la película que en la ficción los personajes de ambos estuvieran igualmente enfrentados, aunque cabe preguntarse qué habría ocurrido si la elegida para el papel hubiera sido una de las candidatas que se barajaban en principio: Sally Field, Mia Farrow y Sondra Locke, la compañera sentimental de Clint Eastwood… además de la hija del propio Wayne, Aissa, a la que el actor quiso incorporar al reparto, sin conseguirlo, lo cual seguramente ya de partida no le puso en buenas relaciones con la actriz elegida finalmente.
La versión protagonizada por Wayne responde a una época, finales de los sesenta, en la que el western clásico está dando sus últimos suspiros, vencido por dos nuevas tendencias que han irrumpido en la cartelera, el western crepuscular representado sobre todo por las producciones dirigidas por Sam Peckimpah (Duelo en la alta sierra, Grupo salvaje, La balada de Cable Hogue, Pat Garret y Billy the Kid) y que John Ford había anticipado con El hombre que mató a Liberty Valance, protagonizada por el propio Wayne, y el western mediterráneo, o espagueti western lanzado por las producciones de Sergio Leone, Por un puñado de dólares, La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo.
Algo de ese aire crepuscular, de última gran aventura, se refleja en las imágenes y el personaje de Rooster Cogburn, un anciano borrachín y tuerto que se agarra a su propia leyenda y a su pasado como soldado en la guerra de secesión como el propio Wayne se agarraba a su mitificación como gran héroe del oeste.
A ello se debe ese aire de tristeza que se respira en toda la película, que es casi como un réquiem del género, empieza con un asesinato y acaba en un cementerio.
Sin embargo, prevalece la mitificación de los personajes principales, y el reparto maniqueo de buenos/malos, propio del western más tradicional.
Frente a esta muestra que podríamos calificar más de tardío ejemplo del western clásico que de western crepuscular propiamente dicho, con poca relación que la vincule a la manera de narrar las historias de los viejos mitos del oeste que aplica Sam Peckimpah a sus producciones, encontramos una versión completamente distinta de la misma novela en la película dirigida por los hermanos Coen y protagonizada por Jeff Bridges y Matt Damon en 2010.
Para empezar, cambia la protagonista. En la película protagonizada por Wayne encontramos a una muchacha más cercana a las claves de niños aventureros intrépidos habituales en la narrativa de Mark Twain, con Tom Sawyer y Huckleberry Finn como principales ejemplos. Por el contrario, la versión de los Coen, nos ofrece una paradoja inicial: aunque la actriz encargada de interpretar el papel principal, Hailee Steinfield, está más cercana en edad al personaje que la ya algo madura Kim Darby, resulta mucho más madura y oscura, menos infantil en sus planteamientos de venganza.
Digamos que, como vimos en la escena de reencuentro con los objetos del padre que proyectamos el otro día en clase, la muchacha de Kim Darby tiene todavía alguna posibilidad de redención, se redime a través de esa expresión de sentimientos y pérdida frente a la cual en el rostro de la chica vengativa encarnada para los Coen por lo que encontramos es una expresión adusta, seria, tajante, sin remisión. No es extraño que al final los directores le hagan pagar un precio a ese personaje, porque ella es la que inicia la sucesión de acontecimientos que va a saldarse con varias muertes. El empeño de la joven por encontrar justicia para su padre tiene más que ver en este caso con la necesidad de explicarse la tragedia de la muerte de éste, que debe encajar en su libro de ingresos y gastos como una cifra para que pueda pasar página. Por ello exige que el asesino sea colgado en su territorio, y no en Tejas y por otro crimen, como le propone el ranger interpretado por Matt Damon.
Otros detalles que sirven para distinguir radicalmente la versión Hathaway/Wayne de la versión Coen los encontramos en la secuencia que muestra los ahorcamientos. En la primera versión el ahorcamiento es en sí mismo una fiesta en la que incluso hay niños vendiendo chucherías que anuncian a voz en cuello. Los reos están a la sombra, al fresco, y aunque nos muestran el rostro de uno de ellos, no hablan: están totalmente deshumanizados. Los colores son vivos, como en una mañana de primavera o verano en la que se estuviera celebrando una fiesta.
Por el contrario en la película de los Coen el ahorcamiento tiene lugar en un terreno mucho más árido y polvoriento en el que dominan los colores pardos en el vestuario, el sol parece quemarnos como a los tres ajusticiados y además éstos tienen rostro, hablan, se quejan, se lamentan, nos desafían como espectadores de la ejecución, e incluso hay lugar para un chiste sobre el racismo en relación al personaje del indio al que se le impide hablar.
Cuando los cuerpos caen por el agujero, el excelente uso del sonido nos pone un nudo en la garganta, poniendo fin a lo que claramente se nos presenta como un acto brutal, posicionándose así la película en contra de la pena de muerte.
Otro detalle que marca la diferencia entre ambas películas lo encontramos en la inversión que han llevado a cabo los Coen respecto a la versión anterior. En su película, los acontecimientos más violentos transcurren sobre todo por la noche… excepto cuando llegamos al desenlace. En la anterior adaptación el día marcaba una componente de aventura y viaje en esta historia que pasada por el noctambulismo de los coen acaba acercándose más al cine negro y la fantasmagoría siniestra. Son varios los analistas de la filmografía de los hermanos Coen que estiman que sus películas son siempre historias de cine negro, mezcladas con otras fórmulas genéricas. Eso se aplicaría plenamente a Valor de ley, en la que nuevamente encontramos una de las características esenciales de la manera en la que los Coen se aproximan a la figura de los delincuentes en sus fábulas de crook story. Si en el cine negro clásico los personajes fracasan en sus planes porque tienen mala suerte o se dejan enredar por la mujer fatal de turno, el fracaso de los criminales de poca monta que suelen habitar las fábula de los Coen se produce simplemente porque son estúpidos, como ejemplifica en Valor de ley el personaje de Tom Chaney interpreado por Josh Brolin.
El otro momento que nos sirve para diferenciar ambas versiones de la novela de Charles Portis es la presentación del propio personaje de Rooster Cogburn.
En la versión Hathaway/Wayne encontramos por primera vez al personaje trayendo apresados en un carro no a uno, sino a varios forajidos, a los que arrea como si fueran ganado, sin molestarse siquiera en quitarse la escopeta del hombro.
En la versión de los Coen no vemos a Rooster, sólo le escuchamos gritar y quejarse desde dentro de un retrete mientras la niña Matty golpea la puerta e intenta explicarle que quiere contratar sus servicios… sin éxito.
Posteriormente en ambas películas reencontramos a Rooster, pero mientras en la versión Wayne se nos ofrece una secuencia plenamente iluminada al estilo clásico en la que el pistolero se sienta en junto al juez para hacer su declaración, en la versión de los Coen interpretada por Jeff Bridges descubrimos a un Rooster con el rostro semioculto entre las sombras, iluminado con la clara intención de presentarle como un personaje ambiguo que habita entre las tinieblas, y declara enfrentándose en solitario, sin el respaldo del juez, al abogado defensor de uno de los forajidos que ha capturado.
En esa secuencia de presentación, la utilización de la luz, el espacio y la profundidad de campo establecen vínculos con la presentación de otro carismático personaje de la filmografía de los Coen, el gánster interpretado por Gabriel Byrne en Muerte entre las flores.

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