domingo, 11 de marzo de 2012

HOMELAND, capítulos 1 y 2


Homeland. Los dos primeros capítulos. ¿Por qué una serie potencialmente coñazo en la que en sus dos primeros capítulos aparentemente no pasa nada, o pasa poco (aunque en realidad están pasando un montón de cosas), acaba por enganchar y demuestra ser una de las más recomendables entre las que se pueden ver hoy en día en la tele?

Esta es la pregunta que me estoy haciendo tras levantarme de la cama a las 12:10 de un domingo en el que no tengo nada claro cómo voy a consumir el resto del día. Cosa esencial para disfrutar el tiempo libre, en mi opinión, porque si tienes que hacer planes para divertirte es que ya estás totalmente jodido. Planes se hacen para trabajar, divertirse debería ser algo espontáneo.

¿Se han preguntado ustedes cuánto tiempo hace que no son espontáneos a la hora de decidir a qué van a dedicar su tiempo de ocio? ¿O en cualquier otra actividad de nuestras alegres o miserables existencias (tachen la opción que no encaje con su manera de ver la vida, o dejen las dos, si como en el caso de la mayoría hay un poco de todo)?

Si hacemos planes para ir al cine, o para ir a un bar a tomar unas cañas, o para cualquier otra cosa, la mitad de la diversión, que es la que está ligada a la improvisación, se va a hacer puñetas.

Es una opinión que no espero compartan conmigo, como cualquier otra de las muchas que voy soltando aquí de vez en cuando. Pero si se están preguntando por qué este tipo tan pesado les está soltando este rollo de la improvisación cuando ustedes esperaban leer una opinión de Homeland, les aviso que ambas cosas están relacionadas.

Una de las claves de Homeland tiene mucho que ver con la manera en la que presentan las peripecias de sus personajes como trozos de vida real que supera las barreras de la ficción en algunas de las películas que están destacando en la cartelera cinematográfica en los últimos tiempos. Me refiero a esa capacidad para meternos de lleno en la vida y los momentos más íntimos de los personajes en películas como Somewhere, de Sofía Coppola, Drive, de Nicolas Winding Refn, y Shame, de Steve McQueen.

Obviamente, por tratarse de un producto para televisión, Homeland no puede aplicar las mismas fórmulas en cuanto a ritmo y medida del tiempo, pero en esencia el planteamiento es el mismo, eso sí, convenientemente adornado con elementos de La ventana indiscreta, de Alfred Hitchcock, aunque ya sospecho que algunos le verán más relación con la serie The Wire, que también tiene.

Hablo de dramatización invisible que hace creer al espectador en que todo es improvisación. De ahí el rollo que les he metido al principio. No hay nada de previsible en la manera en la que se desenvuelven lo acontecimientos que rodean la vida de los dos protagonistas principales, la agente de la CIA Carrie Matheson (Claire Danes, que ha pillado uno de esos papeles realmente raros en la ficción televisiva de hoy, adulto, sin tópicos a la vista, para lucirse como actriz de la misma manera que si estuviera protagonizando un drama cinematográfico… y lo aprovecha haciendo un gran trabajo de interpretación), y el sargento de marines Nicholas Brody (Damian Lewis, el protagonista de Hermanos de sangre y Life, no podía haber otro mejor para este papel rodeado de incógnitas del que en los dos primeros capítulos todavía no sabemos nada, pero que nos deja noqueados en el tramo final del segundo capítulo cuando revela una de las cosas que han cambiado con su cautividad que por supuesto no voy a destripar aquí, por si alguien se apunta a la serie después de leer esto, aunque asumo que quienes ya han visto los primeros doce capítulos saben de qué estoy hablando).

Un ejemplo: Carrie/Claire llega a casa, se quita el vestido apresuradamente y se refresca la entrepierna. Como se lo cuento. Un momento tan íntimo como ver mear a Michael Fassbender en Shame. Después de eso, te lo crees todo.

Otro ejemplo: el sargento está haciéndose el desayuno delante de su hijo, que lo está volviendo loco con un videojuego de guerra con el volumen a toda pastilla (¡De guerra! ¡Delante de un tipo que ha ido prisionero de guerra durante ocho años en Irak!), y encima le pregunta, con esa puñetera inocencia teñida de la gilipollez y el infantilismo que nos gastamos todos hoy en día en nuestra sociedad de juguetitos electrónicos, qué tal es eso de cepillarse a alguien en vivo y en directo, la cosa de matar y tal. Y entonces el sargento ve a un paparazzi audaz en su jardín, y se va para afuera. Y lo que ocurre a continuación es terrible, pero perfectamente lógico siguiendo la sucesión de acontecimientos.

Otro ejemplo: la manera en la que el sargento, con una sola mirada, informa de que ha pillado todo lo que ha estado ocurriendo con su parienta (interpretada por Morena Baccarin, que en mi opinión está mucho mejor como actriz en ésta que en V) en los ocho años que él ha pasado prisionero.

Una mirada. Sin diálogo. Sin voz en off. Sin música. Simple, sencillo, directamente a la yugular y empleando el primer plano, herramienta esencial del audiovisual.

De manera que, vale: no hay persecuciones, ni tiroteos, pero engancha. Monta una intriga que puede ser hija de películas como El mensajero del miedo (The Manchurian Candidate, John Frankenheimer, 1962), pero desarrolla su propia personalidad con otras claves más cercanas a productos de ficción audiovisual de nuestros días.

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