lunes, 9 de enero de 2012

ZULÚ, LA BATALLA DE INSANDLWANA, de Carlos Roca

Me gusta leer libros de guerra no porque me guste la guerra, sino porque estamos en guerra. Todos y cada uno de los días de nuestra vida. Aunque esto suene drástico, paren un momento a pensar lo que significa. Nos pasamos el día peleando por una serie de cosas, muchas de ellas esenciales, otras no tanto. Y al final del día no tenemos nunca claro si hemos ganado o perdido, quizá porque, como dijo Wellington en Waterloo, contemplando un campo de batalla lleno de cadáveres: “Después de una batalla perdida, lo más terrible es una batalla ganada”.

La frase la he leído en el último libro de guerra que me ha acompañado estas navidades, Zulú, la batalla de Isandlwana, de Carlos Roca. Un amplio y pormenorizado repaso a uno de los enfrentamientos esenciales entre ejércitos coloniales y ejércitos nativos que marcó la era victoriana. Un miércoles, 22 de enero de 1879, el ejército zulú del rey Cetshwayo KaMpande (hijo de Mpande), le dio un repaso al ejército de la principal potencia colonial del momento, el Imperio Británico, demostrando que podían ser vencidas. Las consecuencias de dicho ejemplo no se hicieron esperar: ese mismo año estallaría la Primera Gran Guerra Boer con la proclamación de la independencia del Transvaal, y dos años más tarde, en 1881, El Mahdí, líder religioso, declaró la Guerra Santa para conseguir la independencia del Sudán, un asunto que los británicos tardaron 17 años en controlar y entre otras cosas le costó la vida a Gordon el Chino, defensor de Jartun.

En Insandlwana perdieron la vida más de 3.800 personas integrantes de las tropas implicadas en el choque. Importa poco el color de los que dejaron su pellejo en el lugar, pero el libro de Roca explica, en coherencia con el punto de vista de la era victoriana, que fueron 800 blancos y 3.000 negros entre tropas auxiliares nativas y guerreros zulúes.

Roca también aclara otros temas interesantes que explican la masacre: inutilidad de los mandos. Y dentro de esa parcela, aclara cómo lord Chelmsford, principal responsable del descalabro, se fue de rositas, como suele ocurrir, porque tenía enchufe: era uno de los favoritos de la reina Victoria. Hubo que buscar un cabeza de turco, y le tocó a Durnford, al mando de la Caballería Nativa de Natal. Adivinen: Chelsmford metió la pata hasta el fondo y vivió el asunto desde la distancia sin pegar un solo tiro, porque estaba en otro sitio, mientras Durnford murió luchando con sus hombres. Hasta la última bala. Suele suceder. La historia ha puesto las cosas en su sitio, explicando que la metida de pata fue del mando elegido por Chelsmford para dirigir el campamento de Isandlwana, Pulleine, que era un incompetente pero al menos dejó el pellejo en la batalla. Pulleine se negó a fortificar el campamento con un laager, tal como le habían recomendado los Boers que estaban presentes en Isandlwana. La posterior resistencia de un puñado de soldados británicos en Rorke´s Drift contra el ejército zulú de Dabulamanzi KaMpande, hermano del rey Cetshwayo, demuestra que de haber fortificado el campamento, los británicos podrían haber resistido el ataque zulú. Pero a Durnford le cabe el dudoso honor de haberse llevado la peor parte en el reparto de culpas, siendo comparado con el general George Armstrong Custer que pereció tiempo después en la batalla de Little Big Horn, guerreando contra los indios en Estados Unidos.

Como decía mi abuela: unos cardan la lana y otros se llevan la fama. Aunque la fama sea mala. Aquí la lana la cardó el enchufado de Chelmsford, al que al menos no le dejaron volver a acercarse a un mando en combate durante el resto de su vida.

Por cierto, de todo esto salieron dos películas. La primera, Zulú, muy buena, esencial, sobre la resistencia en Rorke´s Drift. La segunda, Amanecer zulú, no tan buena, posiblemente porque no se centró en los soldados y suboficiales tanto como debería, prefiriendo desarrollar la trama sobre los oficiales y altos mandos del asunto. Zulú trabajó sobre la concreción, mientras Amanecer Zulú mordía más de lo que podía masticar. Algo parecido le pasó a los ejércitos británicos en esa guerra con los zulúes, a los que menospreciaron como enemigos, pagando las consecuencias.

El libro de Roca: esencial.

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