miércoles, 5 de octubre de 2011

LOS HIJOS DEL DÍA Y DE LA NOCHE, de Sergio Corbucci

Dirigida por Sergio Corbucci en 1972, Los hijos del día y de la noche es un espagueti western bastante atípico. Curiosa muestra del subgénero que floreció en Europa de la mano del éxito de Por un puñado de dólares de Sergio Leone y de las producciones del género del salvaje oeste que se rodaban en Almería en régimen de coproducción entre Italia, España, Alemania, Francia, cuenta en su guión con otro nombre imprescindible del western mediterráneo, José María Forqué, director al que se debe más de una joya del género de la que iré hablando en alguna otra ocasión.

Además, en el reparto encontramos un trío protagonista particularmente significativo en las producciones de los años setenta. Tomás Milian interpreta a Jed Trigado, un bandido atípico del lejano oeste que parece escapado del paisaje rural italiano o español, un tipo que se pasa toda la película en un divertido monólogo, una forma de combatir la soledad que le llevará a “adoptar” una compañera, empieza hablando con un cerdo que ha robado. Eso le convierte en uno de los personajes más humanos interpretados por Milian, estrella imprescindible del género, quizá porque en el fondo responde más a la figura del pícaro que a las del forajido del salvaje y lejano oeste norteamericano que interpretara en películas como El halcón y la presa, Corre, Cuchillo, corre, Oro sangriento o Cara a cara.

Le acompaña Susan George, icono erótico para los adolescentes de la década, especialmente para los que teniendo menos de catorce años nos colamos en el cine a ver una versión censurada pero igualmente impactante de Perros de paja (1971), de Sam Peckimpah, que incluso con la escena de la violación cortada seguía siendo para mayores de dieciocho años. Susan George es Sonny, la testaruda compañera de hazañas criminales de Trigado, con el que mantiene una tensa relación de rechazo y afecto que es una de las muestras más logradas de guerra de sexos aplicada al territorio del western mediterráneo.

En tercer lugar tenemos a Telly Chavalas, que en los setenta era célebre por su papel como protagonista en la serie de televisión Kojak, aunque también tenía en su haber el papel de pirado de Doce del patíbulo, película mítica entre la chavalería del momento. Aquí interpreta a Franciscus, perseguidor incansable de la pareja protagonista.

Ojo a cómo quedan vinculados los tres personajes desde el primer momento en la película desde el primer momento.

A ellos se une la música de Ennio Morricone, como siempre genial, capaz de aportarle todo tipo de matices poéticos a las imágenes a través de un tema dedicado a la protagonista femenina de la misma, Sonny.

Hasta ahí, una comedia lograda de Corbucci tomando como referente elementos más o menos tópicos del espagueti western. Pero a medida que avanza la película queda claro que está construida como una especie de versión de Bonnie and Clyde de Arthur Penn para el western mediterráneo, y en su tono hay también algo de Dos cabalgan juntos. Jed y Sonny son los Bonnie y Clyde de esta historia, que a medida que avanza va construyendo su propio camino como variante del western mediterráneo más convencional y acaba convirtiéndose en un curioso ejercicio que demuestra que el subgénero a la europea tenía posibilidades para desarrollarse por otros caminos ajenos a los previsibles. Por ejemplo introduciendo el romanticismo en el subgénero, un elemento que raramente aparecía en el western mediterráneo, demasiado cínico para ocuparse de esas cosas. Tanto es así, que la película incluye uno de los momentos románticos más logrados en el cine que recuerdo: Sonny y Jed “leyendo” las nubes y discutiendo –guerra de sexos- por lo que cada uno de ellos ve en las mismas. Sonny insiste en ver una sartén y encima de la misma una trompeta donde Jed sólo ve una mujer pechugona. Al final, Jed consiente y se pliega a Sonny: “¡Una sartén sí, pero no una trompeta!” forjándose con esa frase definitivamente la alianza sentimental de la peculiar pareja, que al mismo tiempo permite que el relato entre en una nueva fase, apartándose definitivamente de las claves del espagueti western más convencional para seguir por otro camino. Tras ese momento sentimental, podría haberse desarrollado según un western europeo al uso simplemente desarrollando la idea de la recompensa, el perdón ofrecido por las autoridades a todos los forajidos del territorio, a cambio de que los entreguen o ayuden a capturarlos. Jed y Sonny empiezan a capturar a sus supuestos captores, que al ser delincuentes, están buscados igualmente por la justicia, de manera que, reconvertida en cazadores de recompensas, la alocada pareja los lleva al sheriff más próximo para cobrar. Ese giro, disparatado, es genial, si se hubiera desarrollado por ahí el tema habríamos entrado de lleno en el espagueti western más puro. Lo mismo ocurre con el personaje del perseguidor ciego. Pero en lugar de eso, el guión tira por otro camino que nos acaba haciendo que la fórmula de Bonnie and Clyde inicial alcance un nuevo nivel cuando Jed y Sonny empiezan a recordarnos más al Zampanó y la Gelsomina interpretados por Anthony Quinn y Giulietta Massina en La Strada, de Federico Fellini. De hecho, incluso Susan George, que es maltratada durante toda la primera parte de la trama, sometida a intentos de violación, golpeada, etcétera, en un claro intento por explotar su paso por Perros de paja, siendo algo así como una variante de la Bonnie Parker de Faye Dunaway en Bonnie and Clyde, empieza a interpretar su personaje con algunos gestos que inevitablemente nos recuerdan el personaje de Giulietta Massina en la película de Fellini, mostrando una vulnerabilidad que de una naturaleza distinta que la del personaje que interpretara para Sam Peckimpah (y que estuvo a punto de encarnar Helen Mirren)…

Por si alguien duda de la clave felliniana en ese tramo final de Los hijos del día y de la noche, aparece el personaje de Linda, interpretado por Rosanna Yanni, que con su alocada conducta, sus risas exageradas y su comportamiento en el pueblo abandonado, se desarrolla como un personaje muy felliniano…

Resultado de todo ello, uno de los espagueti western más curiosos, interesantes y originales del subgénero, con algunos momentos que lo llevan más allá de las limitaciones del western mediterráneo, o mejor dicho, exponen la capacidad del mismo para liberarse de todo tipo de trabas genéricas que puedan limitar o lastrar la originalidad de algunas de sus propuestas.

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