sábado, 1 de octubre de 2011

EL BAILE DE LOS SICARIOS (PISUTORU OPERA, 2001), O CÓMO VOLVERSE LOCO CON EL CINE DE SEIJUN SUZUKI

Ayer noche, para completar la semana de pases de prensa de todo tipo que me habían caído encima, no todos buenos, las cosas como son, decidí poner punto final al viernes inyectándome en las córneas una de las locuras de Seijun Suzuki, maestro del cine japonés de yakuzas al que siempre he imaginado aburrido de la realidad y de estar encorsetado en el género de mafia japonesa hasta que le dio algo así como un episodio de ataque Hulk de corte plástico y decidió mandar todas las reglas y códigos narrativos a freír puñetas para rodar exactamente la película que le salía de los huevos. Lo digo así de claro para que nadie dude que lo que estuve viendo ayer es más un experimento cinematográfico que una película propiamente dicha. Esto es, que los aficionados a lo previsible o quienes quieren que se lo den todo masticado y ordenado como es debido para una narración cinematográfica coherente es mejor que se olviden de ver El baile de los sicarios, o lo que es lo mismo, La ópera de las pistolas. Ahora bien, si al personal le interesan los juegos visuales, le apetece ver algo diferente, tan osado que no hace concesiones al espectador y al final se despliega como un curioso ejercicio de musical con banda sonora a medio camino entre las formas de teatro japonesas, el jazz, el funky e incluso el reggae, y está dispuesto a ver una sucesión de composiciones visuales que experimentan con el color y el significado de los colores (el blanco para los muertos, víctimas de los asesinos, el amarillo como celebración del éxito en la muerte, el verde, el azul, etcétera), puede echarle un ojo a este puzzle. A fuerza de ser sincero he de reconocer que se corre el riesgo de tener que ver alguna que otra vez la película para acabar encontrándole un sentido narrativo que muy posiblemente luego no tendrá relación alguna con lo que pretendía contarnos el propio director.

Pero no se equivoquen, ese caos no es tal caos, aunque el director nos proponga un puzzle ciertamente exigente que a muchos les ganará la partida a mitad de película y les mandará a ver otra cosa. El que persista sacará como conclusión que esto es todo menos una película de yakuzas, que en realidad a Suzuki lo de los yakuzas le trae al pairo, que lo que realmente le interesa es violar la historia de asesinos a sueldo matándose entre sí para conseguir el puesto número uno en la organización, para darnos su propia versión cinematográfica de un anime y de paso organizar su propio tebeo japonés, o manga, su propia sesión de kabuki, o mejor de bunraku, porque sus personajes son marionetas y se portan como tales, especialmente cuando pasan al otro mundo, al río dorado, o en el caso de la niña Sayoko...

que es el puente entre los personajes de carne y hueso y las marionetas que se utilizan a sí mismos como juguetes en la competición de asesinos tan teatral, compuesto prácticamente por una sucesión de postales en las que la acción dinámica no tiene reservado lugar alguno, de manera que cuando vemos secuencias de acción, éstas parecen estar congeladas en viñetas...

como la de la pistola saliendo del agua en el asesinato de la piscina, o representadas teatralmente, como el enfrentamiento entre la asesina protagonista, Gato Callejero, número tres en la lista de asesinos a sueldo de la organización que se autodenomina el Congreso, y el asesino occidental conocido como Cirujano Sin Dolor, adicto al cuchillo. La teatralización de las escenas de acción y violencia alude a las formas de representación del teatro japonés, incluidas también en la trama, cuando el Cirujano Sin Dolor contempla una muestra de las mismas, y de paso aprovecha para asesinar a un tipo introduciéndole su cuchillo en una oreja hasta el cerebro.

Esa acción representada teatralmente o congelada se repetirá en el duelo de Gato Callejero (la muy atractiva Makiko Esumi, jugadora de voleibol) con Cien Ojos o con la Asesina de la Cara Azul.
Los nombres de los asesinos son también una forma de bautizar las piezas del puzzle: Cien Ojos, Hombre Inútil, Fiestero, Barriga de Serpiente, la Asesina de Cara Azul…

En la película no falta un haiku, para completar el puzzle de las formas de expresión japonesa que contiene:

Mi cara es la cara de una asesina

la cara de una mujer,

idéntica a la mía.

Si me detengo, el viento sopla.

Tal vez juntas podamos

dispararnos mutuamente

Y tampoco falta el fantasma histórico de Japón, el único país que hasta el momento ha recibido en su suelo dos bombas atómicas. El Japón violado está no sólo en la imagen del hongo atómico que forma parte de uno de los collages visuales de la película, sino también en esa historia de la coleccionista de banderas que lloró al ver en un clásico del cine japonés, El retorno de Carmen, la escena en la una bandera japonesa aparece tras las bailarinas mancilladas por dos solados japoneses.

Repleta de referencias y estímulos visuales, El baile de los sicarios es una estimulante experiencia audiovisual que liberada de las trabas de la narración más convencional juega consigo misma y luego con el espectador, si éste se deja seducir por su torrente de imágenes y juego coloristas.

El argumento es sólo un pretexto para el caos aparente que acaba siendo un ordenado puzzle plástico.

Adictos al cine de acción convencional abstenerse. Los aficionados al cine experimental y de vanguardia no se la pueden perder.

Y yo simplemente estoy aquí, intentando recomponer las piezas del puzzle de esta ópera de pistolas mientras escucho It´s a long way to the top de los AC/DC cantada por el gran Lemmy de Motörhead, a ver si me ilumina en el camino… (¡qué grande es Lemmy!).

video

No hay comentarios: