viernes, 5 de agosto de 2011

LA BATALLA DE LOS SIMIOS GIGANTES, de Inoshiro Honda

Tenía yo ganas de echarle otro ojo a esta película, La batalla de los simios gigantes, que dirigió en el año 1968 Inoshiro Honda. Recuerdo haberla visto con mi padre a principios de los años setenta en el cine Albéniz, y siempre me ha parecido uno de los mejores ejemplos de kaiju eiga, las películas de monstruos gigantes de la cinematografía japonesa, añadiendo además otros elementos curiosos, como por ejemplo ese arranque con horror digno de las historias de Lovecraft, con el ataque de un pulpo gigante a un barco, que la dota de una especial personalidad...

...o sus guiños y tributos a King Kong, que por otra parte fue la principal inspiración en las primeras aventuras del mítico Godzilla, máxima estrella de este género.

De hecho, la película es una especie de reconstrucción del mito de King Kong, duplicando al bicho para poder abordar más cómodamente un tema que entusiasma a los japoneses amigos de las películas de monstruos gigantes: el monstruo amistoso y el monstruo hostil.

Tiene además la película algunos momentos particularmente chispeantes y divertidos, como el hecho de que en su guión se incluya un experto en simios gigantes, el doctor Stewart (Russ Tamblyn, uno de los protagonistas de West Side Story), que nos lleva a pensar: ¡Joder, vaya carrerón que llevará el científico éste esperando que asomen el hocico King Kong, Konga o Mytek, el poderoso…!).

Es por otra parte todo un ejemplo de cómo sabían sacar el partido a las maquetas y las diferencias de tamaño los artesanos del cine japonés dedicado a narrar las aventuras de los monstruos gigantes. Se aprecia especialmente en las escenas en la península de Mihura, cuando el monstruo sale de las aguas frente a un puñado de pescadores, uno de los encuadres más logrados de toda la historia del kaiju eiga.

Lo mismo se repite en uno de los guiños a King Kong que incluye la película, cuando la cantante está soltando gorgoritos en el escenario y aparece tras ella el bicho…

Otro plano que remite al King Kong original es el de la científica protagonista (la atractiva Kumi Mizuno, que me quedó grabado el nombre cuando era chavalín…) que cae por un barranco y es rescatada por el simio.

Luego es curioso cómo a finales de los sesenta el cine japonés sigue copiando moldes del cine norteamericano de ciencia ficción de serie B de los años cincuenta, algo que se aprecia especialmente en el despliegue militar reiterado y con música marcial nipona que dan tanas de poner como politono en el móvil.

Y de repente salta otra chispa de frikismo ingenuo en el diálogo: “A partir de ahora los monstruos pasarán a llamarse de dos maneras, el de mar será el simio gigante verde, el de las montañas será el simio gigante marrón”. ¡Toma ya inteligencia militar, por si alguien se despista con los dos bichos!

¿En qué otro tipo de películas puede uno escuchar diálogos como éstos?

Atentos a la explicación del simio gigante verde, el chungo de la historia, el que tiene careto de máscara de villano de teatro kabuki después de que lo haya atropellado un camión, y que por cierto daba en su momento más mal rollo del que luego daría el King Kong norteamericano de los años setenta, fabricado más o menos sobre el mismo principio: un tío disfrazado y rodeado de miniaturas.

“Como sabrán, el simio marrón estuvo en el lago y tras marcharse del laboratorio se hizo alguna herida. Con una simple muestra de sangre podría haberse desarrollado otro simio gigante del primer simio, y que se hubiera dirigido hacia el mar. Eso no significa que sean hermanos, sino simplemente es una evolución del primero…”

¡Si Darwin levantara la cabeza! Macho, por esta explicación seguro que no te llevas el premio Nobel. Casi habría sido preferible una explicación sobrenatural, pero lo mejor de este diálogo viene después:

El avispado de la clase: “Doctor, si eso es cierto, ¿qué sucedería si los bombardeamos? Crecerían millones de simios. Sería peor el remedio que la enfermedad”.

Pues va a ser que sí, machote. Y aún va el jefazo militar y concluye, en un alarde de sabiduría: “Tendremos que utilizar otra táctica”…

Y empiezan a quemar el bosque donde están los bichos con napalm, y que viva la madre que parió a la ecología.

Hay otros temillas curiosos que le dan un aire siniestro a toda la película, como el canibalismo del simio, que se mete unos pinchos de humanos a modo de delicatesen cada vez que le apetece, o la idea de encender todas las luces de la ciudad para repeler al bicho… y al final, el tradicional volcán que pone punto final a todo el conflicto brotando oportunamente como cualquier otra catástrofe del subgénero de monstruos gigantes japonés.

Pero para poner punto final a la película (ojo que aquí hay spoiler), nada mejor que otro diálogo absurdo, digno del mejor cine de mazmorra:

- Todo ha terminado. Los simios gigantes han muerto.

- ¿Lo han confirmado?

- No. Los helicópteros no pudieron acercarse.

Igual estaban ya pensando en una secuela…

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