miércoles, 10 de agosto de 2011

CIENCIA FICCIÓN: LOS SEÑORES DE LA GUERRA, de Gérard Klein



El sábado pasado el amigo Telly Chavalas andaba paseando por uno de nuestros comederos de ocio habituales y se tropezó con una pequeña joya de la literatura de ciencia ficción en francés publicada en la colección J´AI LU: Los señores de la guerra. Afortunadamente, el amigo Telly Chavalas no lee francés, sino inglés, así que el libro me lo quedé yo por la cara y me lancé sobre él ansioso por tropezarme con una pieza de la literatura de ciencia ficción que se creaba a principios de los años setenta.
Viajes en el tiempo, guerras entre planetas y civilizaciones, mausoleos en los que descansan miles de féminas atractivas esperando ser reactivadas como un ejército, una ciudad flotando en el aire, Dyoto, donde la policía no ha detenido a nadie en 10 años, el idioma Pangal que es la lengua oficial entre planetas, pájaros inteligentes que pasan el día hablando de filosofía, alienígenas con aspecto de pájaro organizados en castas que siguen ciegamente a un líder nacido en un huevo azul, Aergistal, el mundo maqueta en el que se reproducen todas las variantes de las guerras libradas por los hombres y las especies alienígenas, enfrentando a caballeros con armadura con indios de las praderas norteamericanas y poniendo a drakars vikingos junto a extraterrestres aracnoides… y los hipprones, monstruos capaces de servir como cabalgaduras para atravesar las corrientes espaciotemporales.
Todo eso y mucho más constituye el paisaje y los personajes de que se adorna Los señores de la guerra, novela publicada en 1971, escrita por Gérard Klein, nacido en París en 1937, economista y figura destacada de la escuela francesa de literatura de ciencia ficción que además creó en 1969 la colección Ailleurs et Demain en el seno de Éditions Robert Laffont.
La novela es un viaje a una forma de entender la ciencia ficción como viaje e iniciación, y por ello tiene inicialmente el carácter de una space-opera que evoluciona posteriormente hacia asuntos de mayor enjundia relacionados con la propia naturaleza humana, incluyendo tanto los miedos propios de su época, como el exterminio atómico, que ocupa las pesadillas del protagonista, como las preguntas que proporcionaban mayor entidad reflexiva a este tipo de relatos en relación a la verdadera naturaleza humana, el lugar de dónde venimos y hacia dónde nos dirigimos, y lo que es aún más importante: qué lugar ocupamos en el momento de nuestra existencia. La propia existencia y la propia realidad son puestas en entredicho desde el momento en que comienza la novela y el personaje principal, Georges Corson, encargado de trasladar un Monstruo a territorio enemigo para soltarlo en el planeta de los Urianos como una bomba biológica capaz de reproducirse en miles de temibles criaturas capaces de exterminar toda la población de un planeta, sufre un accidente relacionado con la capacidad del Monstruo de trasladarse a voluntad en la corriente espacio-temporal.
Entramos a partir de ese momento en un juego con la realidad, el tiempo y el espacio en el que se desarrolla el relato que obliga al lector a jugar junto al protagonista enfrentándose tanto a las paradojas del viaje en el tiempo como a las preguntas de la existencia, e incluso al concepto de Dios (“según un biólogo los Monstruos eran la única prueba conocida de la existencia de Dios, o al menos de un Dios…”), hasta zambullirse en una reflexión sobre la guerra repleta de aventuras en un planeta del que uno de los personajes afirma: “No hay en este universo más que guerreros, soldados, gentes que han sido declarados criminales de guerra por una u otra razón”. Y de ahí a cuestionarse la continuidad del ser: “¿Un hombre que despierta por la mañana es el mismo que se acostó la noche anterior? ¿No es el sueño una discontinuidad absoluta?”
Toda la novela gira en torno a la idea de que, como dice el personaje de Cid: “Ignoramos lo esencial de lo que somos, Corson, y todavía lo ignoraremos por mucho tiempo, pero tenemos que vivir con lo que sabemos”.
En Los señores de la guerra percibimos ecos de la narrativa de Philip K. Dick como momentos y elementos que anticipan las reflexiones sobre lo humano y lo artificial en Blade Runner y sobre qué es real y qué no lo es en Matrix, además de muchas de las claves que definen las trepidantes aventuras de la serie Doctor Who. La novela tiene incluso sus propios señores del tiempo, y uno de sus personajes femeninos, Antonella, por la relación que la une a Corson, tiene un desarrollo caminando por el tiempo en dirección opuesta que recuerda el personaje de la doctora Song en Doctor Who
En una novela en la que, como dice el otro personaje femenino destacado del relato, Floria, “Nadie muere. Una vida es como una página de un libro. Hay otra a su lado. No digo después, sino a su lado”, la hipervida es la posibilidad de existir simultáneamente en varias líneas de probabilidad, y las vidas de los señores del tiempo no son infinitas, sino ilimitadas.
Pero lo mejor está en la explicación de la naturaleza del tiempo y la posibilidad de afectar o no al futuro si se cambia algo viajando a través del mismo afirmando: “El control del tiempo se parece un poco a la ecología…” ¿Qué ocurre si introducimos unos cuantos carnívoros en la ecuación?
La conclusión: “Cada universo posee su propio universo ecológico. No hay historia absoluta”.


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