lunes, 18 de julio de 2011

HOMICIDIO, de David Simon: LECTURA IMPRESCINDIBLE

La última semana la he pasado devorando en los ratos libres que me dejaba el curro un libro adictivo, de esos que no puedes dejar de leer porque consiguen convertirse realmente en eso que anuncian algunas campañas de fomento de la lectura: una ventana abierta a otro mundo.

Se trata de Homicidio, de David Simon, que ha salido en España ahora aunque es una historia que el autor preparó en su etapa como periodista tras pasar un año acompañando a un grupo de investigadores de la unidad de homicidios del departamento de policía de Baltimore, a finales de la década de los ochenta. Ha pasado mucho tiempo, pero al final del libro nos ponen al día de lo que ha ocurrido no sólo con el propio autor sino con los policías reales que protagonizan su historia con sus propios nombres y apellidos, porque esto no es una novela policíaca, sino un libro de no ficción, un reportaje de casi 700 páginas que nos abre la puerta de las investigaciones de estos policías auténticos y nos descubre muchas cosas del trabajo policial de verdad, el que no aparece en la series de televisión de moda. Eso bastaría para convertirlo en un libro notablemente interesante, especialmente para los amigos de las novelas policíacas, que seguramente acabarán enganchándose a este viaje en algunos momentos muy cercano al de las novelas de Joseph Wambaugh o su discípulo, James Ellroy, pero que resulta ser un paseo por una realidad a ratos dantesca.

El libro, que en su momento fue la base para la serie de televisión Homicidio, sale a las estanterías ahora en España respaldado por el éxito de su autor como creador, guionista y productor de la serie The Wire, que está entre lo mejor que ha dado la televisión reciente en el entorno del relato policíaco, pero tiene méritos propios para ser lectura obligada que se devora con rapidez, a pesar de sus dimensiones de tocho intratable. De hecho cuando acaba la lectura uno empieza automáticamente a echar de menos a todos esos tipos, tal y como ocurre cuando acaba una serie de televisión que hemos seguido durante varias temporadas.

Y por otra parte, además de ser una especie de biblia para todo aficionado al género policíaco, es también un trabajo modélico para quienes se interesan por el periodismo y el trabajo de reportaje. Impecable, sabio, astuto ejemplo de libro-reportaje que nos demuestra que para contar algunas cosas es imprescindible haber estado allí, haber hablado directamente con la fuente de información, haber contrastado esa información con varias fuentes y otras máximas esenciales del periodismo que en estos tiempos de paseos por internet para recabar información viene muy bien recordar e intentar recuperar a la mayor brevedad posible, porque el asunto de la información electrónica se nos va de las manos, y más que informar de lo que ocurre en la realidad vamos a acabar informando de lo que ocurre en facebook, twitter, twenty, youtube y ese mundo paralelo que es internet.

Tomando como referencias esenciales dos casos cuya investigación se va extendiendo a lo largo de todo el libro ejerciendo como columna vertebral de todo lo demás que ocurre en un año de trabajo en el departamento de homicidios de Baltimore (la violación y asesinato de una niña, un tiroteo con muerte en el que están implicados varios agentes), Simon nos zambulle en ese mundo que define como “un purgatorio dominado por hombres en el que treinta y seis inspectores e inspectores jefes entran y salen de las vidas de los demás sin cesar”. Es, como afirma Terry McLarney, uno de los protagonistas del libro en unas palabras finales de actualización del mismo: “la comedia sin fin del crimen y el castigo urbano”, porque “Todo consiste en escenas del crimen, entrevistas e interrogatorios que se desarrollan con un paisaje de humanidad defectuosa al fondo”, y donde todo es posible, incluyendo la creación de una leyenda, la de Lenore “la puta de veinte dólares que desafía las leyes de la metafísica” y nadie parece poder encontrar para que sirva como testigo de uno de los casos.

Además se pueden aprender otras cosas esenciales que se nos están olvidando o que cada vez pasamos por alto con más facilidad, como el imprescindible reconocimiento de la experiencia como un valor esencial para desarrollar cualquier trabajo, y aún más el de investigador de homicidios, que tal como afirma Simon: “Va más allá de títulos académicos, formación especializada o estudios, porque toda la teoría del mundo no significa nada si no sabes leer la calle”.

Aprenderemos con el libro algo que cada vez más puede aplicarse a nuestra vida cotidiana, tal y como la estamos construyendo en torno a la tecnología desenfrenada y los paseos por la red: “Para un inspector de homicidios, la Tierra gira sobre un eje de negaciones a lo largo de una órbita de mentiras”.

Aprenderemos también el papel que ha tenido la ficción televisiva en cómo se percibe el crimen y el funcionamiento del sistema judicial estadounidense entre los jurados, ya que según nos cuenta el libro: “Los fiscales e inspectores de Baltimore opinan, como un solo hombre, que la televisión se ha cargado irremisiblemente el concepto de un jurado que reflexiona y pondera el caso; ha sido estrangulado por líneas argumentales que carecen de toda ambigüedad, en donde todas las preguntas encuentran una respuesta”.

No ocurre eso en este libro. Algunas preguntas no encontrarán respuesta, no llegarán a un final feliz, o a un final que nos señale al asesino. Y es bueno, porque así es la realidad.

Aunque los jurados sigan pensando en la ficción, como apunta McLarney al final del libro: “El trabajo ha cambiado un poco durante los últimos quince años. El llamado efecto CSI ha elevado las expectativas de los jurados a niveles absolutamente irracionales y eso se ha convertido en la pesadilla de los fiscales”.

Pero quizá sobre todo lo demás que nos enseña el libro, prevalece una idea: “Hay muy poco blanco y muy poco negro ahí fuera, y muchísimo gris”.

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