sábado, 30 de julio de 2011

EL HURACÁN, de James Lee Burke

James Lee Burke crea un puzle policíaco en torno a la devastación del Katrina en esta novela que nos lleva de paseo por una ciudad destrozada y unas vidas a medio demoler o en estado de descomposición tan avanzada como en el que queda la propia ciudad después de recibir la embestida de la naturaleza.

Más que una novela negra, más que un juego de caza del ratón y el gato al estilo de la novela policial más convencional, James Lee Burke levanta un edificio en el que los personajes se van despellejando a sí mismos con cada uno de sus nuevos pasos, sin excepciones, en un salvaje acto de confesión extrema donde sólo tiene una importancia tangencial la sucesión de delitos, crímenes y asesinatos que se van acumulando en su camino.

Desde el principio queda claro de Dave Robicheaux, el policía creado por Burke, que ha sido interpretado en la pantalla grande por Alec Baldwin en Prisioneros del cielo y por Tommy Lee Jones para En el centro de la tormenta (no se confundan, ésta última no es, a pesar de su título, la adaptación de la novela que aquí comento), está a punto de ver cambiar su vida y la de sus seres queridos una vez más, en otra vuelta de tuerca que conmoverá los cimientos de su apacible existencia rural con su trabajo como policía de pueblo y su tienda de cebos.

El huracán mete a Robicheaux de cabeza en el caos generado por el Katrina pero además le lleva a seguir la pista a un sacerdote enfermo de cáncer y drogadicto que intenta redimirse, a un padre que tropieza con los hombres que violaron y torturaron a su hija y a un grupo de saqueadores que cometen el tremendo error de ir a robarle a uno de los criminales más peligrosos del lugar aprovechando los ecos de la catástrofe. Todas esas piezas acaban encajando en un rompecabezas que parece ser capaz de superar la capacidad del ex alcohólico Robicheaux para lidiar con lo que se le viene encima, especialmente con la aparición de un siniestro individuo que no ha dejado rastros en el sistema pero tiene todas las papeletas para ser un peligroso asesino.

La pregunta clave de todo el asunto es la que se hace en un momento de la novela el propio Robicheaux: “¿Cómo se pilla a un criminal cuando no hay por dónde cogerlo?”.

Pero en realidad lo interesante, como suele suceder en las novelas de Burke, no es sólo lo que le ocurre o pasa por la cabeza del protagonista, sino el rico elenco de personajes aparentemente secundarios que cobran su propio protagonismo en distintos momentos de la trama, como demuestra el hecho de que al principio del relato el personaje realmente secundario sea Robicheaux, que no entra en clave protagonista hasta avanzado el relato, más allá de la página cien en un libro de cuatrocientas cincuenta páginas.

Ese paisaje de personajes es el que le permite a James Lee Burke poner en boca de los distintos personajes que participan en el relato no sólo una descripción del propio Robicheaux, el hombre del que su jefa dice: “Todo crimen que pasa por tu bandeja se te queda grabado en la cabeza. Si no fueras poli llevarías un alzacuello”, sino también un recorrido verbal por la destrucción que tiene lugar tanto en torno a los personajes como en su interior. Así el destrozo que se nos describe en la ciudad no es sino la manifestación externa del destrozo que se opera en el alma de la propia sociedad, y la utilización del término “alma” no es gratuita, porque hay un cierto eco religioso en las tramas de las novelas de Burke que acompaña a Robicheaux en todas sus aventuras. Casado con una monja misionera que dejó los hábitos, él mismo es un personaje que trabaja en su redención intensamente en cada página del relato, pero al mismo tiempo, como en el personaje del padre Jude o el joven asesino y violador de esta novela, nos encontramos a otros individuos que luchan por redimirse y purgar sus culpas, cada uno a su manera, con mayor o menor éxito y torpeza.

Ese paisaje destruido de una ciudad que ha dejado de existir para reconstruirse lenta y dolorosamente desde sus escombros revela el alma podrida de una sociedad violada y maltratada por la especulación, las apariencias y la hipocresía. Como afirma Robicheaux: “Se supone que vivimos en una sociedad cristiana, o al menos fundada por cristianos. Según el mito que nosotros mismos creamos, veneramos a Jesús, a la madre Teresa y a San Francisco de Asís. No obstante, creo que la realidad es diferente. Cuando nos sentimos amenazados o heridos colectivamente, queremos a los hermanos Earp y a Doc Holiday, queremos que los malos acaben muertos, secos, liquidados y triturados por buldóceres”.

No sólo está hablando del Katrina, sino de lo ocurrido en la sociedad norteamericana después del 11 de septiembre de 2001. Habla de la Guerra contra el Terror. Y la ciudad que destruyó el Katrina bien puede extrapolarse como un símbolo de todo lo ocurrido en nuestro mundo después de ver caer la Torres Gemelas de Nueva York: el mundo, como la ciudad, ha cambiado definitivamente, como las vidas de Robicheaux y los que le rodean cuando acaba la novela. Otra parte importante de la inocencia que pudiera quedarles hasta el momento en que se inicia la trama, ha desaparecido, les ha sido arrancada. Si alguien duda de esta interpretación de la novela como un fresco pintado para hablar de la corrupción de toda nuestra sociedad por el deseo de venganza, ajeno totalmente a poner la otra mejilla, que se piense a qué viene la cita en el relato de la célebre frase del general Patton: “las guerras no se ganan dando la vida por la patria sino haciendo que el enemigo de la vida por la suya”.

Naturalmente, en ese paisaje en el que la sociedad busca la venganza en colectivo, encontramos también unos párrafos muy significativos referidos a las cárceles, contempladas desde el punto de vista de los presos: “Pronto descubres que la cárcel no es un lugar, sino una circunstancia. Tienes que defecar a la vista de todos, tus compañeros de celda orina encima de la tapa del váter que tú debes usar después, la comida la preparan unos tipos que no se lavarían las manos ni aunque les apuntasen con un arma de fuego y tienes que ducharte junto con hombres cuyos ojos no paran de mirarte los genitales o con otros que te abrirían en canal con un hierro afilado y ni siquiera tendrían pesadillas”.

Toda la novela es un viaje a un mismo concepto: la facilidad con la que la violencia de los otros puede convertirnos en monstruos. Y eso sin apearse del relato policíaco ejemplar, interesante, repleto de personajes e intrigas que nos empujan a seguir leyendo en todo momento para ver qué ocurre a continuación.

Quizá todo se resume en esa reflexión de Robicheaux en otro párrafo de la novela, que bien podría aplicarse hoy a la crisis económica, o después del 11-S a los atentados terroristas, o tras el 11-M en España, o después de los atentados de Londres… etcétera, etcétera, etcétera….

“¿Para qué darle más vueltas? Es innegable que después del Katrina, fue obvio que la destrucción de Nueva Orleans iba a ser una tragedia nacional duradera y un hito en la historia del cinismo político”.

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