sábado, 11 de junio de 2011

LA SOMBRA DE UNA DUDA, de Alfred Hitchcock

El otro día estaba repasando la filmografía de Hitchcock para preparar una clase y me tropecé al mismo tiempo con un trabajo de un alumno sobre David Lynch en el que se incluían secuencias de Terciopelo azul y el chispazo saltó de repente: en el fondo ambos directores nos están hablando de lo mismo, esto es, del camino hacia la madurez de un adolescente algo ingenuo y soñador, bastante despistado, en relación a la llegada a su vida perfecta de idílica familia americana, con sus casas con jardín y sus niños jugando sobre el césped, de un monstruo que llega desde el urbanita mundo criminal, el sustrato de pesadilla que habita en el subsuelo de nuestras sociedades y también, por qué no admitirlo de una puñetera vez, en lo más oculto de nuestra propia personalidad.

Lo que ambos directores y ambas películas vienen a decirnos es que los monstruos están siempre más cerca de lo que creemos y saben disfrazarse de normalidad casi aberrante. O que quizá nosotros mismos somos el monstruo.

Tomemos por ejemplo la película de Hitchcock, filmada en 1943. Arranca mostrándonos a Joseph Cotten, Charles, un tipo peligroso que inevitablemente oculta algo. Le vemos por primera vez sobre la cama en la habitación de la pensión en la que se refugia, casi como una araña en el centro de su telaraña, acosado por dos tipos. Cuando consigue huir de ellos en un laberinto urbano particularmente mugriento y solitario, pasamos al idílico paisaje de casas con jardín puestas en fila (prácticamente el mismo paisaje que nos muestra Lynch en el principio de su Terciopelo azul), y en una de esas casas descubrimos a la sobrina del anterior, también en la cama, casi en la misma postura, y llevando su mismo nombre: Charlie.