martes, 21 de junio de 2011

EL COMISARIO DE LUCA, de Carlo Lucarelli

Normalmente en todos los géneros, ya sean literarios o cinematográficos, estamos algo copados por los modelos norteamericanos, de manera que siempre es buena idea buscar por otros sitios. Eso fue lo que me llevó a tropezarme en la biblioteca con una colección de relatos policíacos agrupada en el volumen titulado El comisario De Luca, escrito por Carlo Lucarelli y ambientado en la Italia de finales del fascismo de Mussolini, para posteriormente evolucionar a la Italia posterior a la Segunda Guerra Mundial, y a la que se enfrenta a unas elecciones competidas entre la Democracia Cristiana y los comunistas.

En principio me parecía interesante encontrarme en esa etapa histórica abordada en clave de novela negra. Me ofrecía la posibilidad de mirar en el pasado de Europa completando la imagen que nos ofrecen las aventuras del detective y policía Bernie Gunther creado por Phillip Kerr y ambientadas en la Alemania nazi y en la posguerra.

Recordando mis clases de cine reparé en que podría hacer un viaje similar al que en su momento hiciera Roberto Rossellini entre las ruinas de Europa con su trilogía de la guerra, primero en Italia, con Roma ciudad abierta y Paisá (Camarada), y luego en Alemania año cero. Salvo que en esta ocasión, el viaje sería en sentido inverso, geográficamente hablando, de la Alemania de Gunther a la Italia del comisario De Luca.

No sabía en el momento de coger el libro en la biblioteca que entre ambos personajes hay más diferencias que parecidos. Para empezar, Gunther es una recreación de un escritor británico, no de un escritor alemán. Ello hace que en definitiva la mirada sea distinta de la que llega a proponernos Lucarelli, italiano, sobre su muy italiano personaje, De Luca. Más intensa, más oscura, más vulnerable y menos sujeta al mito anglosajón del éxito. De Luca es un fracasado. Su primer fracaso es que ha perdido la capacidad para discernir entre su trabajo y la ideología que le rodea, lo que le convierte, unido a su miedo, porque es un hombre que pasa mucho miedo, sin duda, en una herramienta ejemplar para todo tipo de poder. Tal cosa sería impensable en Gunther, que en definitiva es una reinvención de los modelos anglosajones de héroe del cine negro y el relato policial en general, una variante de personajes como el Sam Spade creado por Dashiell Hammett o el Phillip Marlowe creado por Raymond Chandler. Una gran variante. Literariamente muy conseguida y recomendable. Un excelente ejercicio literario de renovación o al menos apertura del género hacia otros caminos, paisajes y propuestas. Estoy enganchado a las aventuras de Gunther, debo reconocer.

Pero lo que nos propone Lucarelli es otra cosa. Más dura, más descarnada. Más latina en muchos de sus aspectos. En el mediterráneo, lejos de los códigos narrativos anglosajones estamos dispuestos a admitir un tipo de heroísmo que se forja en el fracaso, y no en el éxito. El concepto de perdedor no tiene nada de romántico: es simplemente otra forma de mirar el mundo distinta a la anglosajona. Digamos que en la novela de Lucarelli perder no es otra forma de ganar, sino simplemente perder. Nada más. Y no hay héroes. Ni siquiera antihéroes. O mejor aún: el héroe es una víctima, primero de sí mismo, de su propia debilidad, y luego de los otros. El personaje que más me ha recordado el comisario De Luca es el protagonista de Ladrón de bicicletas, la película de Vittorio De Sica. El actor de aquella, Lamberto Maggiorani, habría hecho sin duda un De Luca ejemplar para el cine. La escena final de Ladrón de bicicletas es la mejor expresión de esa derrota de la que hablaba, una derrota que simboliza la de todo un país, porque algo tiene De Luca que el permite ser ejemplo y recipiente de todas las vivencias por las que pasó Italia durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Si el cine neorrealista tenía ya en su preludio, Obsesión, en la que Luchino Visconti adaptó la novela negra El cartero siempre llama dos veces, un primer gesto que mostraba la influencia del cine negro americano en las fábulas cinematográficas italianas, los relatos protagonizados por el comisario De Luca son el traslado de muchas claves del cine neorrealista a la novela policíaca. El comisario De Luca es así un perfecto ejemplo de novela, o mejor dicho, novelas neorrealistas.

Novelas porque el libro se divide en tres casos de asesinato que el protagonista debe resolver, ocurridos en distintos momentos, lo que sirve a Lucarelli para trazar un dibujo literario muy interesante sobre la etapa de la caída de Mussolini y lo que ocurrió después. Pero esos tres casos no son relatos aislados, sino que forman parte de la mismas historia, que es la de un miembro de la policía del régimen de Mussolini enfrentado primero al miedo a ser asesinado por los partisanos, más tarde intentando huir una vez caída la República de Saló y finalmente enfrentado a las elecciones en la que los comunistas y la Democracia Cristiana se disputan el poder. Los tres casos, Carta blanca, El verano turbio y finalmente Vía delle Oche, permiten al autor situar a su personaje en distintos lugares geográficos ampliando ese dibujo de la realidad italiana del momento histórico que ha elegido para ambientar su historia, la fundación de una Italia democrática tras la dictadura, parada esencial en la historia de la Italia moderna. Además de cambiar de paisaje, ese viaje de De Luca por distintos casos y lugares permite también al escritor jugar con cambios de ritmo en su relato, construido con gran eficacia como una trilogía que se va acelerando hacia su final mediante el uso de titulares de periódico en el encabezamiento de cada capítulo, y en un momento dado incluso utilizados en solitario, con protagonismo absoluto en la narración, a modo de elipsis que hace avanzar no sólo la historia, sino también el tiempo dentro de la historia. Me recordó el trabajo realizado en el cine de género con los llamados elementos de verosimilitud sociocultural, titulares de periódico, emisiones de radio, etcétera, y más concretamente la aplicación de los mismos en Ciudadano Kane de Orson Welles.

Pero ello no significa que esta novela construida sobre tres novelas, cada una de la cuales, dicho sea de paso, con su propia mujer fatal, a saber, Sibila la bruja en la primera, la Alemanita represaliada y rapada por sus relaciones con un oficial alemán en la segunda y la prostituta Tripolina en la tercera. Estos tres personajes de mujer ya merecen por sí solos un estudio más detenido de la novela.

Pero De Luca es un personaje tan repleto de propuestas e interés como figura, o mejor, reinvención a modo de contracorriente, del héroe tradicional de la novela negra, que puede darse el caso de que eclipse a las interesantes compañeras femeninas de sus pasos por los crímenes que investiga.

No duerme, come poco, y cuando bebe le dan arcadas. Como le dice uno de los personajes: “sangra por la nariz, como un niño”. Es débil, triste, y está tan desorientado como muchos otros italianos que fueron literalmente atropellados por la historia.

De Luca se define bien a sí mismo cuando afirma: “Tú al menos sabes quién eres y qué quieres. Yo en cambio ya no lo sé. No sé nada. Ni siquiera sé si seguiré vivo mañana”.

O cuando la Alemanita le acusa de ser un cobarde y él replica: “No, no soy un cobarde, pero tengo miedo, un miedo bestial. Es diferente.”

A la misma mujer, Francesca, alias Alemanita (su manera de entenderse con y “descubrir” a las mujeres con las que se relaciona incluye apearles el apodo por las que las conoce todo el mundo que las rodeas y llamarlas por su verdadero nombre), le dirá más tarde: “Oye, Francesca, puedes llamarme como quieras, cobarde, capullo, fascista, maricón, pero yo ahora tengo una idea en la cabeza y es lo único que me interesa…”

Porque De Luca sólo sabe una cosa: que es policía. Eso lo resume todo. Por eso cuando le llaman “abogado” en la comisaría siempre contesta: “no soy abogado”. Él sólo es policía, y como todos los grandes personajes de la novela policíaca, lo que le impulsa es la curiosidad, saber qué ocurrió y quién perpetró el crimen. Y en esa misión es imparable, aunque parezca que sus aventuras se centran más en las trabas que le ponen los superiores que intenta convertirle en un títere entorpeciendo sus investigaciones.

Pero como digo, eso no le convierte en un héroe. Ni en un antihéroe. Simplemente es un tipo que hace su trabajo. Un tipo normal que quiere hacer bien su trabajo, aunque eso no satisfaga los intereses políticos de cada momento y así se convierta en víctima.

Su “Soy policía” es toda una declaración de principios. Como lo es la manera en la que Lucarelli señala su a veces desesperante humanidad cuando escribe: “Llegó a la comisaría cojeando porque había dado un puntapié a una piedra en el camino y se había hecho daño”.

Una joya entre las novelas policíacas.

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