miércoles, 4 de mayo de 2011

NUEVA YORK AÑO 2012, de Robert Clouse

Si la memoria no me falla, ésta fue la última película que me llevó a ver mi padre cuando era chaval, o mejor dicho, la última que fuimos a ver juntos. Antes ya me había llevado a ver 55 días en Pekín, Yakuza, Terremoto… así que digamos que teníamos un buen acuerdo de entretenimiento ente los dos, y tengo claro que él se lo pasaba tan bien como yo. Ayer viendo Nueva York año 2012, cuyo título original es The Last Warrior, y que dirigió Robert Clouse en 1975, me hice una idea de cómo debió pasárselo porque yo tengo ahora más o menos la edad que tenía él cuando me llevó a verla (o incluso algunos años más) y ciertamente se ven las películas desde una perspectiva distinta según los años que uno calce, indiferentemente de la fecha en que se haya rodado la película. Es por eso que ayer descubrí una versión de Nueva York año 2012 que era totalmente distinta de la que recordaba haber visto cuando era adolescente.

En aquella primera ocasión, y francamente teniendo menos idea de cómo funciona el cine por dentro y de sus claves narrativas, lo que yo esperaba era básicamente leña al mono, que es de goma. Quería ver a Yul Brynner repartiendo cera limonera a diestro y siniestro, en plan Los siete magníficos del túnel, o algo similar. Con trece años me interesaba más la parte de intercambio de golpes y disparos que el resto de personajes y argumentos. La feliz adolescencia, ya me entenderán ustedes.

En aquella ocasión lo que más me impresionó fue lo que hace el luchador interpretado por Brynner con la mano cuando el macarrilla se le pone chulo y le dice que van a morir los dos juntos. Una manera de saltarse los chantajes que me sigue llamando la atención y cuyas aplicaciones me parecen muy interesantes.

El caso es que resulta curioso cómo la películas evolucionan dentro y fuera de nuestra memoria. Por ejemplo el principio es muy cercano al de El último hombre vivo, con las calles vacías, o mejor, abandonadas, como punto de arranque. Luego se va desplegando ese clarísimo antecedente de Mad Max 2, el guerrero de la carretera que es Nueva York año 2012.

Podríamos decir que la película se articula narrativamente en torno a sus tres protagonistas masculinos principales (recuerden, son mediados de los setenta, ellas todavía no operan en equilibrio e igualdad de protagonismo con ellos, al menos en el cine de ciencia ficción y evasión). Y no es casualidad que el relato comience reflejando el punto de vista de Max Von Sydow, que interpreta el papel del Barón, líder de una comuna amurallada en el centro de la ciudad que intenta resistir el empuje de las hordas de salvajes que los rodean. El segundo punto de vista es el de Yul Brynner, un guerrero mercenario que el Barón intenta reclutar para su bando. Y finalmente tenemos a William Smith, el Falconetti de la serie de televisión Hombre rico, hombre pobre, que más tarde invadiría los Estados Unidos al frente de las tropas de élite soviéticas en Amanecer rojo, de John Milius, quien también le reclutó para ser el padre de Conan. Smith interpreta a Carrot, no se han currado mucho el nombre, porque le tiñen el pelo de color zanahoria y todo solucionado. En realidad el tema central es el enfrentamiento entre los últimos retales de la civilización que intenta mantener vivo el Barón y la barbarie por la que apuesta Carrot, y en medio de ese duelo se encuentra el luchador Carson interpretado por Brynner, que tiene ya claro a primera vista de qué lado va a inclinarse la balanza cuando le dice al Barón: “Cada vez que veo a su gente presiento que no durarán mucho”.

Y como he escrito más arriba, a distintas edades valoramos de manera diferente algunas escenas, personajes, situaciones. Por ejemplo cuando vi la película por primera vez el tipo que se ocupa de sus plantas en la azotea del edificio me parecía un lastre secundario, imprescindible para explicar el tema de las semillas, pero no especialmente interesante. Sin embargo ahora aprecio mejor esas secuencias en el tejado en las que el tipo mira la puesta de sol entre los edificios, un ocaso premonitorio a la vista de lo que ocurre posteriormente, despidiéndose de los desfiladeros de rascacielos abandonados, paisaje al que le ha cobrado cierto afecto tras contemplarlo durante años, en un intento por prepararse para el viaje hacia lo desconocido. La música es en esa escena un buen complemento de lo que vemos en pantalla.

Tras ver esas escenas me di cuenta de que ahora me parece mucho más interesante el personaje del Barón, arreglando sus relojes y coleccionando las últimas huellas de la civilización, cuadros, libros, puros… en un fútil intento por resistir el avance de la barbarie. El tipo tiene su propia “Payáncueva” montada alrededor como una especie de capullo protector del exterior, es el último reducto de la cultura, pero también un eco moribundo de un pasado que se ha extinguido, como bien sabe el luchador interpretado por Brynner.

La tensión que precede al enfrentamiento del Barón con sus ciudadanos o protegidos, con las calles de la comuna vacía anticipando el estallido de violencia, son una buena muestra de suspense que además certifica la pericia de Clouse como director artesano, de encargo pero eficaz. Es en esas escenas donde se desencadena la idea central de la extinción de la civilización, porque comprobamos que la gente supuestamente más civilizada del interior no es tal, y nada les separa en su barbarie de los salvajes del exterior, excepto esa doble valla que les protege de las hordas de Carrot y sus muchachos, de las que ya se sospecha, como afirma el luchador, que han empezado a practicar el canibalismo.

Y luego, para cerrar la historia, llega el viaje del guerrero por el túnel, perseguido por las hordas de Carrot, pasando por los cimientos de la civilización extinta, reflejados de forma ejemplar en ese árbol de navidad artificial sin adornar que ha quedado abandonado en una esquina de un almacén.

Y el enfrentamiento final, y las ratas dándose un festín…

Es la parte más aventurera de la historia, sospecho que la que más me interesó en aquel primer visionado compartido con mi padre en el ya desaparecido cine Garden de Moratalaz (ahora un bingo y un gimnasio). Es la parte en la que Brynner pelea y reclama el verdadero protagonismo sobre la trama.

Hoy es una parte entretenida, pero me parece menos interesante que los otros asuntos mencionados.

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