lunes, 11 de abril de 2011

SIDNEY LUMET: MUERTE DE UN MAESTRO

Nacido en junio de 1924 en Filadelfia y fallecido el pasado 9 de abril, Sidney Lumet era simplemente un maestro del cine, pero además, estaba habituado a pensar como un entrenador de fútbol, y afirmaba: “No me tomo a mi mismo demasiado en serio, y si soy despedido, tengo doce maneras de sobrevivir propias de judío de Nueva York. Puedo leer, puedo enseñar puedo cnovertirme en un fenómeno de festival…”

No necesitó hacer nada de eso porque pudo seguir dirigiendo hasta hace no mucho. Su última gran película fue Antes de que el diablo sepa que has muerto, y dejó claro que su talento estaba en un momento excelente para seguir trabajando. Tenía 86 años y un puñado de clásicos en su filmografía cuando un linfoma se lo ha llevado antes de tiempo, dejándonos con las ganas de ver más películas suyas.

Era posiblemente el director más propicio para adaptarse a distintos estilos de los escritores que adaptaba, de Agatha Christie a Chejov, su abanico de variantes y posibilidades era tan inagotable como variopinta la lista de géneros y maneras que encontramos en su filmografía, de De Piel de serpiente, El prestamista, La colina, El grupo, Supergolpe en Manhattan, La ofensa, a Serpico, Tarde de perros, Network, El príncipe de la ciudad…

Quien esto escribe recuerda que la primera película que vio en un pase de prensa y de la que tuvo que hacer crítica era suya, La trampa de la muerte. Luego me dejó con la mandíbula caída cuando vi Veredicto final. Y llegaron Distrito 34: corrupción total, La noche cae sobre Manhattan, Declaradme culpable o Antes que el diablo… Cierto es que hizo la nueva versión de Gloria, pero incluso eso se le podía perdonar.

Entre otras cosas fue el director que mejor entendió y con más respeto trató a Sean Connery, al que sacó un jugo que sólo otro grande, John Huston, pudo aprovechar en El hombre que pudo reinar. Lumet fue el tipo que creyó que había mucho más en Connery que simplemente 007.

Añadan a eso su capacidad para trabajar con la planificación de protagonismos en grupo dentro de la escena.

Fue también quien mejor supo adaptar las intrigas y los juegos de misterio con reparto coral de Agatha Christie al cine en Asesinato en el Orient Express.

Hijo de actor, había mamado cómo tratar con actores desde la infancia y éstos eran la principal arma y la columna vertebral de su cine.

No es extraño que James Coburn, otro grande del cine, dijera de él: “Sidney es el único director con el que he trabajado que me ha hecho sentir que trabajo para una totalidad, en lugar de hacerme sentir que soy un trozo de nada”.

No es mal epitafio para este maestro que debutó ejerciendo como actor a los cuatro años en un programa de radio y más tarde en los escenarios de Broadway y fue, como suele decirse, cocinero antes que fraile.

No olvidemos además que fue el tipo que llevó el lenguaje de la televisión al cine capitaneando a toda la generación de realizadores que saltaron de un medio a otro con la imprescindible y nunca suficientemente estudiada desde el punto de vista de filmación y planificación Doce hombres sin piedad.

Y además en sus manos las historias policíacas y de corrupción se convertían en una extraña forma de poesía urbanita, descarnada pero profundamente humana.

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