martes, 19 de abril de 2011

SAMUEL FULLER: MUERTE DE UN PICHÓN (Tote Taube in der Beethovenstraße1973)

Integrada en la serie de películas producidas para la televisión Tatort (El lugar del crimen) en Alemania occidental, Muerte de un pichón (Tote Taube in der Beethovenstraße) fue dirigida por Samuel Fuller en 1973. El director había escrito también el guión en pocos días y más tarde éste pasaría a ser una novela que en España editó Fundamentos y actualmente puede encontrarse en algunas páginas de internet junto con El rifle, otra de sus novelas, a unos 8 euros cada una. La película se estrenó en cines en Estados Unidos como largometraje en 1974.
Acogida con cierta perplejidad por el público germano y norteamericano en general y calificada por la mayor parte de la crítica de su época como un experimento formal del director, Muerte de un pichón tiene vista desde la perspectiva actual muchas cosas curiosas que observar.

Rodada en Bonn y en Colonia, ciertamente puede resultar algo confusa, sobre todo en su principio, cuando no queda muy claro qué pinta el policía de aduanas en la investigación y toda esa parte de arranque está algo forzada. Lo cierto es que ese personaje venía impuesto por la propia inclusión de esta producción en la serie de televisión El lugar del crimen, de manera que el personaje del policía alemán Kressin, interpretado por Sieghardt Rupp, aparecía brevemente en ese arranque de la trama, si bien lo que realmente le interesaba a Fuller, y se nota, es la peripecia policial y de infiltración del detective norteamericano Sandy (Glenn Corbett) en la trama de chantaje contra políticos que dirige Mensur (Anton Diffring), así como la relación que se establece con la chica de la trama, una mujer fatal modernizada, Christa, que fue interpretada por la esposa del director, Christa Lang, que había aparecido en tramas criminales rodadas en Francia como El tigre, de Claude Chabrol, o Lemmy contra Alphaville, de Godard.

Fuller definía la película como “una intriga con algo de humor”, pero lo cierto es que después de verla esta noche he llegado a la conclusión de que en realidad es como un curioso experimento que juega con un montaje de ruptura desde el principio, que resulta incluso abrupta en su arranque, con cortes radicales, como el que muestra la persecución del asesino del hospital a la calle, sin que lleguemos a ver en qué momento coge el automóvil en el que le vemos siendo perseguido en la escena. No es elipsis, es un auténtico salto que llama la atención del espectador en la misma línea que algunas de las rupturas del montaje invisible tradicional de Hollywood llevadas a cabo por Jean-Luc Godard en sus películas. Estamos aquí más en el territorio de títulos de la Nouvelle Vague como Banda a parte que en el del cine policíaco más clásico rodad por el propio Fuller en Hollywood, títulos como La casa de bambú, aunque algo de otras películas del director como El kimono rojo, Una luz en el hampa o Manos peligrosas asome por distintas partes de la trama y los personajes y dilemas a que se enfrentan los protagonistas de Muerte de un pichón.

Y es que el experimento a que me refiero es el que lleva a un veterano de Hollywood acostumbrado a trabajar por encargo para el cine americano con eficacia, tardando poco tiempo, cumpliendo con las fechas de finalización de rodaje y dándole siempre un producto comercial a sus empleadores, si bien que indudablemente dotado de las maneras y el estilo de un maestro del cine que debe ser considerado también autor, a intentar la aventura de recoger el testigo o aceptar el reto que planteaban en los setenta las nuevas formas de expresión cinematográfica, y no sólo las nuevas olas o más concretamente la Nouvelle Vague de Godard y compañía, que tanto habían aplaudido y elogiado su western 40 pistolas.

Fuller además incorpora otras características que recuerdan las tramas de películas de intriga dirigidas por Fritz Lang en su etapa alemana. Tomemos por ejemplo las vertiginosas persecuciones del principio, además del protagonismo que da el director a los paisajes y localizaciones, ya sean éstas interiores o exteriores. Pensemos en ese villano jefe de la organización de chantajistas que interpreta Anton Driffing y nos recuerda criaturas siniestras de la filmografía de Fritz Lang como Mabuse o el villano de Spione, donde el chantaje también tiene por otra parte un papel fundamental en la intriga.

Y por si eso fuera poco, tenemos el personaje de Umlaut interpretado por Eric P. Caspar, que con sus cambios de apariencia y su disfraz final de payaso es un guiño al personaje de Hagui, el asesino experto en disfraces, interpretado por Rudolf Klein-Rogge en Spione de Lang.

A todo ello hay que añadir esa escena de duelo a espada enloquecido y finalmente brutal, que parece un guiño al cine de Lang en Alemania.

De manera que por un lado tenemos a Samuel Fuller, uno de los directores norteamericanos que mejor supo manejar los géneros y que además sacó el máximo partido a Cinemascope de la Fox, cuando la Fox no sabía casi qué hacer o cómo lucir el Cinemascope, dirigiendo una especie de experimento de vanguardia al estilo Nouvelle Vague, con los guiños de mitomanía de Hollywood típicos de dicho movimiento (la escena en el cine con los personajes viendo Río Bravo de Howard Hawks es muy esclarecedora), y al mismo tiempo rindiendo un homenaje a las tramas episódicas de las historias de intriga filmadas por Fritz Lang en Alemania a finales del cine mudo.

La propia Christa Lang está filmada como una de las féminas de la Nouvelle Vague, lo mismo que esas largas escenas de persecución de personajes por las calles, cámara al hombro, nos recuerdan, por ejemplo, Vivir su vida, de Godard.

El resultado es un curioso experimento en el que se advierte también algún que otro guiño a Blow-Up de Antonioni, lo cual, añadido al resto de los elementos expuestos en este comentario, dan como resultado una curiosa cita para el cinéfilo, para los seguidores incondicionales de Fuller, para los curiosos aficionados a descubrir películas que se salen de la norma. Genérica y experimental, Muerte de un pichón es la muestra de que la edad no tiene nada que ver con el talento. Fuller la dirigió cuando contaba ya 61 años y era un veterano cineasta aplaudido en todo el mundo con algunos títulos esenciales incorporados a su filmografía. Nada de eso le impidió arriesgarse con una forma distinta de abordar el género policiaco, en el que había filmado previamente joyas indiscutibles. En eso se mostró más joven que muchos de los realizadores que empezaban a rodar en esa época, y como demuestra el final de su carrera, con títulos como Uno rojo división de choque, Perro blanco, Ladrones en la noche y Calle sin retorno, estaba en plenitud de facultades y más dispuesto a evolucionar y probar cosas nuevas a pesar de haber pasado ya de los sesenta.

Lo dicho: más atrevido, más audaz, más provocador y más desinhibido que muchos de los realizadores más jóvenes de su época, pero con toda la experiencia y la astucia que le proporcionaban sus muchos años de trabajo para el cine. Todo un ejemplo para evitar ponerle etiquetas al personal según la edad que tenga, y toda una muestra de que sabe más el diablo por viejo que por diablo.

Y aceptando riesgos.

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